CUANDO LA RIQUEZA MINERA APRENDE A VOLAR: POTOSÍ, ENTRE LA PROMESA DE UNA FLOTA DE AVIONES Y LA REALIDAD DE UNA ZONA DE SACRIFICIO AMBIENTAL

Por: Nulfo Yala

Potosí vuelve a mirar hacia el cielo mientras continúa atrapado en las entrañas de su propia riqueza: el capital minero puede convertirse en aviones, empresas y movilidad, pero la contaminación, los pasivos ambientales y la pobreza permanecen en el territorio. La promesa de una flota aérea puede ser una inversión legítima, pero no debe confundirse con desarrollo colectivo: que la riqueza extraída de Potosí pueda volar no significa que Potosí haya dejado de ser una zona de sacrificio. El avión representa la movilidad del capital; la montaña, la inmovilidad de sus costos. Mientras unos convierten la riqueza minera en poder y patrimonio, la mayoría continúa viviendo sobre el territorio que paga la factura. La riqueza despega; la contaminación se queda.

 

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La iniciativa privada que pretende devolver la aviación comercial a Potosí puede presentarse como una señal de recuperación económica: capitales provenientes de la actividad minera que ahora buscan convertirse en conectividad, inversión y nuevas oportunidades. Sobre el papel, no hay nada reprochable en ello. Potosí necesita transporte, inversión y mejores conexiones con el resto del país. Pero precisamente por eso la noticia merece una lectura menos complaciente. Porque en Potosí la palabra riqueza nunca es inocente: detrás de ella existe una historia de extracción, concentración y sacrificio que todavía permanece abierta.

La propuesta de comenzar con una aeronave de aproximadamente noventa pasajeros y proyectar una flota de cuatro aviones representa, en cierto sentido, una imagen perfecta de la economía potosina contemporánea. De la montaña se extrae mineral; el mineral se transforma en dinero; el dinero puede convertirse en empresas, propiedades, vehículos o aviones. La riqueza se vuelve móvil, sofisticada, capaz de desplazarse y multiplicarse. Pero existe algo que no sigue ese movimiento: la contaminación. Los residuos mineros, los pasivos ambientales, los desmontes y la degradación del territorio permanecen allí donde fueron producidos. La riqueza puede volar; el costo ambiental no.

Esta es una de las contradicciones fundamentales del capitalismo minero. No se limita a distribuir de manera desigual los beneficios económicos: también distribuye de manera desigual los riesgos, los daños y las posibilidades de futuro. El capital puede concentrarse en determinadas manos y desplazarse hacia nuevas actividades, mientras los costos de la extracción quedan territorializados y socializados. Quienes acumulan pueden abandonar el lugar de origen de la riqueza; quienes viven allí continúan habitando el paisaje que esa acumulación produjo.

Por eso sería demasiado sencillo convertir esta crítica en un ataque contra el empresario que pretende invertir en aviación. Una compañía aérea puede generar empleo, facilitar el transporte y contribuir a la economía regional. El problema aparece cuando la acumulación privada comienza a presentarse como equivalente al desarrollo colectivo. Que algunos capitales se enriquezcan en Potosí no significa necesariamente que Potosí se haya enriquecido.

La diferencia no es semántica. Una sociedad puede producir empresarios exitosos y continuar siendo profundamente pobre. Puede incrementar sus actividades económicas mientras mantiene comunidades sin condiciones adecuadas de vida. Puede construir nuevas formas de movilidad mientras permanece atrapada en problemas ambientales que llevan décadas sin resolverse. El crecimiento de determinados patrimonios privados no constituye, por sí mismo, una medida del bienestar de la población.

Y en Potosí esta discusión adquiere una gravedad particular porque el costo ambiental de la minería no pertenece al pasado. Investigaciones realizadas en zonas afectadas por la actividad minera han identificado presencia de metales potencialmente tóxicos como arsénico, antimonio, cadmio, plomo y zinc en polvo dentro de unidades educativas. No estamos, por tanto, ante una discusión abstracta sobre medio ambiente. Estamos hablando de territorios donde la riqueza mineral convive con riesgos que afectan incluso espacios destinados a la educación de niños y jóvenes.

Eso es lo que significa vivir en una zona de sacrificio: que un territorio termina soportando daños que son considerados aceptables porque la actividad económica que los produce es considerada necesaria. La montaña puede ser perforada, el suelo degradado, el agua comprometida y el aire contaminado mientras exista una justificación económica suficientemente poderosa. El territorio se convierte así en el lugar donde se deposita aquello que el mercado necesita producir pero que nadie quiere asumir como propio.

La paradoja resulta todavía más dura cuando esa misma riqueza comienza a expresarse en símbolos visibles de prosperidad. Un avión es movilidad, modernidad, capacidad empresarial. Pero también puede convertirse involuntariamente en el símbolo de una riqueza que abandona el territorio mientras sus consecuencias permanecen en él. Arriba se desplaza el capital; abajo queda la contaminación. Arriba circula el dinero; abajo permanecen los pasivos ambientales.

Lo que debe discutirse es qué entendemos por desarrollo. Porque si el desarrollo consiste simplemente en que el capital generado por la explotación minera encuentre nuevas formas de acumulación, entonces estamos ante una modernización del mismo modelo extractivo, no ante su superación.

El verdadero desafío sería otro: conseguir que la riqueza producida por el territorio regrese a la sociedad en proporción suficiente para transformar las condiciones de vida de quienes soportan sus costos. Que una parte sustancial de la renta minera se traduzca en recuperación ambiental, agua segura, salud, educación, infraestructura y oportunidades económicas que no dependan eternamente de seguir perforando la montaña.

Potosí conoce demasiado bien la historia de producir riqueza para otros. Lo verdaderamente novedoso no debería ser que ahora algunos de sus habitantes puedan convertir esa riqueza en aviones, sino que finalmente la riqueza extraída de su territorio pueda convertirse en bienestar para quienes permanecen en él.

Porque existe una diferencia fundamental entre la riqueza que genera un territorio y la riqueza que disfruta una sociedad. Confundir ambas cosas es precisamente la manera en que el poder consigue presentar la concentración como prosperidad.

Durante siglos, la riqueza de Potosí salió de la montaña hacia otros lugares. Hoy puede ocurrir algo aparentemente distinto: que una parte de esa riqueza permanezca, se transforme en empresas y vuelva a circular desde Potosí. Pero si la estructura social permanece intacta, si los beneficios continúan concentrándose y los costos siguen siendo soportados por la mayoría, solo habremos cambiado el destino del dinero, no la lógica que organiza su producción.

Por eso el avión puede ser una buena noticia para Potosí y, al mismo tiempo, una pregunta incómoda para Potosí.

Porque un avión puede conectar una ciudad con el mundo. Lo que todavía no hemos conseguido es conectar la riqueza de la minería con la dignidad de quienes viven sobre el territorio que la produce.

Y mientras la riqueza pueda despegar con facilidad pero la contaminación permanezca en tierra, la pregunta seguirá suspendida sobre Potosí: ¿quién está realmente volando y quién continúa pagando el precio de que otros puedan hacerlo?

LA CORRUPCIÓN COMO GOBIERNO DE LAS SOMBRAS: BOLIVIA ANTE EL PODER QUE NO FIRMA

Por: Nulfo Yala

Bolivia vuelve a mostrar que la corrupción no siempre necesita dinero sobre la mesa: a veces le basta con poder sin cargo, influencia sin nombre y decisiones tomadas fuera de la mirada pública. El caso Cerimedo y las denuncias de Nadia Beller no prueban por sí solos una trama, pero exponen algo más inquietante: un poder rodeado de silencios, intermediarios y explicaciones que no terminan de explicar nada. Mientras el Gobierno calla extrañamente, la sociedad se divide entre defensores y acusadores, y las redes fabrican trincheras para todos, las preguntas esenciales quedan intactas: ¿quién financia, quién decide, quién intermedia y quién se beneficia? Quizá esa sea la forma más eficaz de corrupción: no aquella que se descubre robando, sino aquella que consigue que nadie sepa exactamente quién está gobernando, desde dónde y para quién. Y mientras el país discute el escándalo, el poder aprende una vez más la vieja lección: cuando la sociedad pelea por los relatos, deja de mirar las manos que mueven los hilos.

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Hay algo más grave que la corrupción descubierta: la corrupción que consigue confundirse con la normalidad. En Bolivia hemos llegado a un punto en que el poder puede habitar zonas de penumbra y, cuando alguien pregunta quién decidió, quién pagó, quién ordenó o quién se benefició, la respuesta suele ser una variación burocrática del vacío: nadie sabe, nadie vio, nadie firmó. El poder, curiosamente, siempre parece tener responsables cuando se trata de inaugurar una obra y ninguna cuando aparece un escándalo.

El caso de Fernando Cerimedo ha vuelto a abrir esa herida. Su detención, vinculada a la investigación por el ataque contra Nadia Beller, ha quedado rodeada de denuncias sobre presuntas redes de corrupción que alcanzan al entorno del presidente Rodrigo Paz. Beller ha señalado negocios vinculados con combustible, seguros y otros intereses económicos, además de atribuir a Cerimedo una capacidad de influencia dentro de estructuras estatales. Son acusaciones que deben probarse, no convertirse en condenas por anticipado. Pero precisamente por eso deben investigarse hasta el final.

Lo inquietante no es solamente lo que Beller afirma. Es el lugar desde donde lo afirma y las preguntas que deja abiertas. Porque cuando una mujer sobrevive a un ataque armado y, desde una cama de hospital, comienza a señalar presuntos vínculos entre operadores políticos, negocios privados y estructuras del Estado, la respuesta de una democracia no puede ser simplemente desacreditarla o convertirla en protagonista de otra batalla mediática. Hay que abrir los archivos. Hay que seguir el dinero. Hay que reconstruir las relaciones. Hay que saber quién habló con quién, quién contrató a quién, quién recibió qué y por qué determinadas personas podían acercarse al poder sin que el poder pareciera reconocerlas formalmente.

Ahí aparece Cerimedo como algo más que un individuo. Aparece como síntoma de una transformación más profunda del poder. Un hombre que puede ser presentado como asesor, consultor, amigo o “profesor”, pero cuya influencia parece exceder cualquiera de esas categorías. El propio debate público ha oscilado entre reconocerlo como asesor personal y negar que exista formalmente tal cargo. Esa contradicción no es un detalle semántico: es precisamente el problema.

Porque el poder contemporáneo ya no necesita necesariamente un despacho. Puede ejercerse desde la cercanía. Desde el teléfono. Desde una base de datos. Desde una campaña digital. Desde un grupo de WhatsApp. Desde un empresario que conoce al ministro que conoce al asesor que conoce al Presidente. La autoridad formal continúa siendo visible, mientras la influencia real puede desplazarse hacia lugares donde no existe control público.

Y allí comienza la corrupción en su forma más sofisticada: no necesariamente cuando alguien recibe un soborno, sino cuando lo público empieza a ser administrado por relaciones que nadie puede fiscalizar.

Lo verdaderamente peligroso es que esa forma de poder puede producir una ilusión de democracia mientras vacía lentamente sus instituciones. Se vota, se posesiona un gobierno, se nombran ministros, se anuncian decretos. Todo parece estar en su sitio. Pero detrás de la escenografía institucional pueden operar intereses que no fueron elegidos, no responden ante nadie y no necesitan explicar sus decisiones.

El caso adquiere todavía mayor gravedad porque existen reportes recientes que atribuyen a Cerimedo participación como asesor externo en la redacción o modificación de decretos y una ley vinculados a decisiones estratégicas del Ejecutivo. Si ello se confirma, la cuestión deja de ser anecdótica: habría que preguntar bajo qué autoridad, con qué acceso y bajo qué mecanismos de control un extranjero sin cargo público habría intervenido en la elaboración de normas estatales.

Pero quizá el problema más profundo no sea Cerimedo. Somos nosotros.

Una sociedad sometida durante años a la polarización aprende una extraña pedagogía: cada gobierno enseña a sus adversarios a denunciar la corrupción y a sus propios seguidores a justificarla. Lo que ayer era escándalo hoy se convierte en “estrategia política”; lo que ayer exigía cárcel hoy necesita “contextualización”; lo que ayer era tráfico de influencias hoy es simplemente “asesoría”. Cambian los nombres, cambian los colores, cambian los discursos, pero permanece la misma maquinaria de indulgencia.

Así se fabrica una sociedad políticamente cansada y moralmente tolerante con el abuso. No hace falta censurarla. Basta con saturarla. Basta con dividirla hasta que cada ciudadano defienda una verdad distinta y nadie tenga tiempo para preguntarse quién está ganando mientras todos discuten.

Ese es quizá el poder más perverso: aquel que no obliga a callar, sino que consigue que la sociedad hable tanto que deje de escuchar lo esencial.

Por eso las denuncias de Beller no deberían convertirse en una bandera partidaria ni en una excusa para condenar anticipadamente a nadie. Deberían convertirse en preguntas. ¿Quién financió realmente la actividad de Cerimedo en Bolivia? ¿Qué relación económica existía entre operadores políticos y empresas privadas? ¿Quién intervino en decisiones sobre combustible, seguros u otros sectores estratégicos? ¿Qué funcionarios tuvieron contacto con esas operaciones? ¿Qué contratos existen? ¿Qué comunicaciones pueden verificarse? ¿Qué parte de las denuncias es cierta, qué parte es falsa y qué parte todavía permanece deliberadamente en la oscuridad?

Y hay una pregunta todavía más incómoda: si Cerimedo no tenía un cargo formal, ¿por qué parecía tener poder?

Tal vez allí esté el verdadero escándalo.

Porque la corrupción no necesita siempre una conspiración perfectamente organizada. A veces basta con una cultura política donde nadie pregunta demasiado, donde los amigos del poder consiguen acceso, donde los intermediarios se vuelven indispensables y donde las instituciones llegan siempre después de los hechos.

Entonces el Estado sigue existiendo, pero empieza a parecerse a una fachada.

La corrupción, en ese escenario, deja de ser solamente apropiación ilegal de recursos. Se convierte en una forma de gobierno de las relaciones, de los silencios y de las lealtades. El poder decide quién entra, quién sale, quién habla, quién es escuchado y quién debe ser desacreditado. Y cuando la sociedad intenta mirar detrás de esa arquitectura, encuentra una sucesión de puertas cerradas y explicaciones incompletas.

Quizá por eso este caso debería ser seguido con una atención que vaya mucho más allá de Cerimedo, Beller o Rodrigo Paz. Porque si las denuncias son falsas, corresponde demostrarlo. Si son verdaderas, corresponde desmantelar la red y establecer responsabilidades. Pero si existen zonas de poder que nadie puede explicar, entonces el problema es todavía mayor: significa que la corrupción no está solamente en aquello que se roba, sino en la posibilidad misma de gobernar sin rendir cuentas.

Y una sociedad que acepta eso termina viviendo bajo una forma particularmente triste de dominación: aquella en la que ya no necesita que le oculten el poder porque ha aprendido a mirar hacia otro lado.

Bolivia no necesita otra guerra de relatos. Necesita algo mucho más incómodo: saber quién manda cuando el poder dice que nadie manda.

Porque quizá el verdadero problema no sea descubrir al corrupto.

Sea descubrir el sistema que hace posible que el corrupto pueda gobernar sin parecerlo.

BOLIVIA ANTE EL ESPEJO DE SANTA CRUZ: RIQUEZA, APARIENCIA Y LA NORMALIZACIÓN DE LO INTOLERABLE

Por: Nulfo Yala

En la Bolivia que se mira en el espejo de Santa Cruz, hasta el escándalo parece haber encontrado pasarela: basta con cambiar el contexto, añadir belleza, modelaje, fiesta y una dosis suficiente de exposición pública para que aquello que antes habría provocado distancia pueda terminar convertido en reconocimiento. El reciente episodio de una figura vinculada familiarmente a un conocido entorno del narcotráfico, incorporada al circuito del modelaje y proyectada como figura de una comparsa carnavalera, resulta revelador no por establecer culpabilidades que corresponden a la justicia, sino por lo que deja al descubierto sobre los criterios sociales de prestigio. Mientras el narcotráfico continúa produciendo violencia, muerte y estructuras criminales, sus signos exteriores pueden aparecer convenientemente maquillados hasta adquirir la apariencia del éxito, y entonces la pregunta incómoda por el origen del dinero, del poder o de las relaciones parece perder importancia frente a una fotografía bien producida. La ironía es brutal: una sociedad que condena el crimen puede terminar ofreciendo pasarela a algunos de sus entornos, no porque haya decidido defender el delito, sino porque ha aprendido a admirar aquello que el delito consigue comprar. Cuando la belleza, la fama, el dinero y la visibilidad pesan más que la trayectoria y la legitimidad, quizá el problema ya no sea que lo intolerable haya dejado de existir, sino que ha aprendido a desfilar con suficiente elegancia como para que nadie quiera reconocerlo.

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Hay una forma silenciosa de decadencia social que resulta más peligrosa que la transgresión abierta: aquella en la que una sociedad conserva sus leyes, sus discursos morales y sus instituciones, pero comienza a perder la capacidad de distinguir aquello que merece respeto de aquello que debería provocar rechazo. No desaparecen las palabras bien y mal; desaparece, poco a poco, su capacidad de producir consecuencias. Entonces puede condenarse públicamente el narcotráfico y, al mismo tiempo, admirarse la riqueza, la influencia, el lujo y la visibilidad que determinadas estructuras criminales son capaces de producir. El delito continúa siendo condenado en abstracto, pero algunos de sus signos comienzan a ser aceptados en concreto.

Los acontecimientos conocidos públicamente en Santa Cruz ofrecen un episodio revelador de esta contradicción. La incorporación a espacios de reconocimiento social de personas pertenecientes al entorno de figuras investigadas por vínculos con el narcotráfico no permite, por sí misma, establecer responsabilidad penal alguna; hacerlo sería confundir sospecha con condena y desconocer principios elementales del Estado de derecho. Pero la cuestión social es otra y resulta mucho más incómoda: ¿por qué una proximidad públicamente conocida con un universo criminal puede dejar de ser un motivo de distancia y convertirse, incluso, en una circunstancia compatible con el prestigio, la celebración y la exposición pública?

La pregunta no debería dirigirse únicamente hacia quienes reciben ese reconocimiento, sino hacia la sociedad que lo concede. Allí aparece un fenómeno más profundo: la progresiva separación entre el valor de una persona y aquello que realmente representa. En determinados espacios, ya no parece importar demasiado cómo se obtuvo la riqueza, de dónde proviene el poder o qué trayectoria existe detrás de la imagen. Importa que exista riqueza, que exista poder y, sobre todo, que sean visibles. La apariencia comienza a funcionar como una forma de legitimidad. El dinero deja de ser una condición material y se transforma en argumento moral: si alguien tiene mucho, debe ser importante; si es importante, debe merecerlo; y si lo merece, preguntar por el origen de aquello que posee empieza a parecer una impertinencia.

Esta lógica resulta especialmente peligrosa en una sociedad donde el consumo y la exhibición del éxito ocupan un lugar central en la construcción de identidad. El dinero posee una capacidad extraordinaria para borrar las huellas de su procedencia. Una vez convertido en automóvil, propiedad, empresa, fiesta o prestigio, deja de mostrar la historia que lo produjo. El capital ilícito encuentra allí una posibilidad de integración particularmente eficaz: no necesita que todos aprueben su origen; necesita solamente que sus resultados sean admirados. La violencia puede quedar fuera de la fotografía, mientras dentro de ella permanecen el lujo, la belleza, la fiesta y la sensación de éxito.

Así, el problema del crimen organizado deja de ser exclusivamente policial. Una estructura criminal necesita armas y dinero, pero también necesita espacios donde ese dinero pueda circular sin producir demasiadas preguntas. Necesita relaciones, reconocimiento, aceptación y normalidad. Cuando consigue que sus signos exteriores sean percibidos como simples signos de éxito, ha avanzado mucho más allá de la clandestinidad. Ha conseguido penetrar en la cultura.

Santa Cruz no puede reducirse a esta realidad. Sería injusto y superficial desconocer su diversidad, su capacidad productiva, su dinamismo y el trabajo de miles de personas que construyen cotidianamente la ciudad desde condiciones completamente distintas. Pero precisamente por su peso económico y cultural, los fenómenos que allí se hacen visibles adquieren una importancia que excede lo local. La ciudad constituye un espacio donde pueden observarse con especial claridad las contradicciones de una modernización en la que el crecimiento material no siempre ha estado acompañado por una reflexión equivalente sobre aquello que se considera socialmente valioso.

El carnaval permite observar esa contradicción de manera casi simbólica. Una fiesta puede parecer solamente una fiesta, pero también representa aquello que una comunidad decide mostrar, celebrar y convertir en prestigio. Por eso el problema no está realmente en una corona ni en una comparsa. Está en lo que una sociedad comunica cuando concede reconocimiento. Cada elección pública contiene, aunque sea involuntariamente, una idea sobre aquello que merece ser admirado.

Y allí aparece una ironía difícil de ignorar: mientras la sociedad afirma rechazar el narcotráfico, puede terminar admirando algunos de los mismos atributos mediante los cuales el poder criminal busca legitimarse: riqueza ostentosa, capacidad económica, influencia, acceso privilegiado, apariencia de éxito. No se necesita defender el delito para contribuir a su normalización. Basta con admirar sus resultados y dejar de preguntar por sus causas.

La banalización comienza precisamente cuando aquello que debería producir inquietud deja de producirla. Primero provoca escándalo, después conversación, luego entretenimiento y finalmente indiferencia. El problema ya no es que alguien justifique el mal; es que el mal, cuando aparece vestido de prosperidad, belleza o poder, deja de ser reconocido como tal. La sociedad aprende a mirar la superficie porque la superficie resulta más cómoda que la historia que existe detrás.

Ese proceso tiene una consecuencia política profunda: una comunidad que mide el valor por la apariencia se vuelve extraordinariamente vulnerable frente a quienes controlan los recursos capaces de producir apariencia. Quien posee dinero puede comprar visibilidad; quien posee visibilidad puede adquirir reconocimiento; quien adquiere reconocimiento puede convertirlo nuevamente en poder. De ese modo, la riqueza produce legitimidad y la legitimidad produce más riqueza, en un circuito donde el origen comienza a importar cada vez menos.

No se trata de condenar la riqueza ni de sospechar de toda persona que la posea. Se trata de algo mucho más elemental: recuperar la capacidad de preguntar. Preguntar de dónde proviene el dinero, qué relaciones sostienen determinado poder, por qué una persona es reconocida, qué valores transmite una celebración y qué modelo de éxito se está ofreciendo a quienes observan. Una sociedad que abandona esas preguntas termina entregando su criterio a los mismos mecanismos que distribuyen prestigio.

Quizá el signo más preocupante de esta banalización no sea que existan personas dispuestas a enriquecerse mediante actividades criminales; eso ha ocurrido siempre. Lo verdaderamente grave es que puedan aparecer circunstancias en las que su mundo deje de parecer incompatible con el mundo respetable. Cuando las fronteras entre el dinero legítimo y el dinero de origen oscuro, entre la fama y el mérito, entre el poder y la dignidad comienzan a diluirse, la sociedad no necesariamente se convierte en criminal. Se convierte en algo más vulnerable: una sociedad que puede ser gobernada por la apariencia.

Y cuando una sociedad llega al punto en que importa más quién parece exitoso que aquello que hizo para serlo, el poder ya no necesita imponerse. Le basta con ser visible.

Porque una sociedad que ha dejado de preguntar de dónde viene el poder termina, tarde o temprano, aprendiendo a admirarlo por el simple hecho de tenerlo.

INVESTIGACIÓN DEVELA QUE COLEGIOS EN POTOSÍ CONVIVEN CON METALES TÓXICOS MINEROS Y EVIDENCIA DATOS ALARMANTES DE ELEMENTOS TÓXICOS MINEROS EN PLANTAS EN POTOSÍ, BOLIVIA

Por: Milenka Vanessa Almanza López

Potosí, territorio históricamente sacrificado por intereses económicos, mineros y de poder, enfrenta una contaminación ambiental que ya no puede ser ignorada: el monitoreo comunitario realizado por Acontravia junto a comunidades, estudiantes y mujeres de Cantumarca y Pailaviri evidenció la presencia de arsénico, antimonio, cadmio, plomo y zinc en el polvo de unidades educativas y en especies vegetales, además de signos visibles de deterioro de la flora y ausencia de líquenes, indicadores de alteración de la calidad ambiental. Los análisis revelan concentraciones tóxicas particularmente graves: el 100 % de las especies evaluadas en Pailaviri presentó niveles excesivos o tóxicos de arsénico, cadmio y zinc, mientras que en Cantumarca se registraron niveles preocupantes de arsénico, plomo y zinc; el caso más alarmante alcanzó 205,82 mg/kg de arsénico en una Kiswara, aproximadamente 121 veces el valor de referencia. Estos resultados no representan una anomalía aislada, sino una evidencia del deterioro ambiental acumulado por décadas de actividad minera y de la exposición cotidiana de comunidades y estudiantes a sustancias tóxicas. Potosí no enfrenta simplemente un problema ambiental: enfrenta la lenta degradación de su ecosistema y la normalización de un sacrificio que no puede seguir justificándose en nombre del dinero.

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Potosí, Bolivia es un territorio sacrificado históricamente por intereses antropocéntricos económicos, capitalistas y de poder. Muchas vidas transitan en ese escenario de no importismo de los gobernantes, el Estado y de propios y extraños.

En ese contexto el Colectivo Acontravia de Potosí, formado en su mayoría por hijos de mineros y habitantes de zonas de sacrificio ambiental, ha gestado juntamente con las comunidades afectadas tanto de la zona de Cantumarca como la zona de Pailaviri en la ciudad de Potosí, un proceso de Monitoreo Ambiental Comunitario de metales tóxicos que provienen de las actividades mineras, como: Arsénico, Antimonio, Cadmio, Plomo y Zinc. Esto se realizó junto a estudiantes de los Colegios: 6 de Junio B (Cantumarca), Manuel Ascencio Padilla (Pailaviri) y mujeres de la zona Campamento Pailaviri.

Parte del monitoreo comunitario ha consistido en identificar evidencias visuales y físicas de la presencia de contaminantes en las infraestructuras de los colegios; en ese sentido se  ha encontrado  en primera instancia al interior del Colegio Manuel Ascencio Padilla: en  ventanas, patios, barandas que a simple vista existen concentrados minerales depositados- esto considerando que a escasos metros de esta Unidad Educativa existe actividad minera de constante carguío y descarguío de minerales, también pasivos ambientales y comercializadora de minerales.

Por otro lado, tanto en la zona Cantumarca como Pailaviri, se ha evidenciado que las plantas (principalmente nativas) están presentado síntomas visibles de estrés por exposición crónica a contaminantes tóxicos, como: Clorosis en hojas, necrosis en hojas, sequedad y marchites, enanismo de las especies vegetales, aborto floral. Tampoco se pudo  observar presencia de especies de Líquenes, que por sus características biológicas son excelentes bioindicadores de la calidad del aire.

Eso no es todo, producto del análisis de muestras de polvo tomadas en el interior de los colegios mencionados, se evidenció la  presencia de todos los elementos tóxicos analizados; es decir, en las labores educativas, tanto: estudiantes, docentes, plantel administrativo y madres/padres de familia están conviviendo con: Arsénico, Antimonio, Cadmio, Plomo y Zinc. Las concentraciones de las muestras al exterior de los colegios y cerca  las fuentes de contaminación, que se encuentran a escasos metros de los colegios, tienden a aumentar, lo cual hace pensar que la calidad del aire en polvo de las zonas Cantumarca, como Pailaviri están igualmente afectadas por la toxicidad de estos elementos.

La investigación de Acontravia abarco además el muestreo de vegetación en estas zonas. Se analizó las concentraciones de: Arsénico, Antimonio, Cadmio, Plomo y Zinc en especies vegetales nativas de la región y una especie introducida. Los resultados muestran que las especies vegetales presentan niveles excesivos o tóxicos sobre todo de Arsénico en el cien por ciento de las especies muestreadas en la zona Pailaviri y en el 80 % de las especies muestreadas en la zona Cantumarca. El cien por ciento de las especies muestreadas en zona Cantumarca presentan concentraciones excesivas o toxicas de Plomo y Zinc. En  Pailaviri el cien por ciento de las especies vegetales evaluadas presenta concentraciones excesivas o toxicas de Cadmio y Zinc y el ochenta por ciento de estas, presentan concentraciones excesivas o toxicas de Plomo. (Valores de rangos en base a: Kabata-Pendias, A., & Pendias, H. 2001). Esto demuestra una afectación por contaminación histórica de estos elementos en las especies vegetales y se puede extrapolar a una evidencia histórica de la contaminación ambiental minera en la ciudad de Potosí.

Además es importante considerar que el dato más  alarmante del estudio, corresponde a 205, 82 mg/Kg de Arsénico en una muestra de Kiswara en la zona Pailaviri, siendo el valor de Concentraciones Aproximadas de Oligoelementos en Tejido Foliar Maduro Generalizadas  de 1.7 mg/Kg, lo cual evidencia que se supera este valor de referencia en 121 veces, esto es como imaginar  que el límite seguro de arsénico en una planta es 1 sola cucharadita de azúcar en una taza de café. Esta planta de Kiswara no tiene 1 cucharadita, sino 121 cucharaditas (es decir, más de media taza de azúcar llena de veneno) en esa misma taza. Es una sobredosis masiva, » Esto por supuesto no es un dato aislado, no es una rareza científica, es un grito de auxilio del ecosistema,  es una muerte lenta de la flora escasa y nativa en Potosí. El problema entonces no acaba ahí, pues estos datos ultra alarmantes son la punta del iceberg de la afectación y degradación ambiental por estos elementos tóxicos provenientes de la minería en estas zonas de la ciudad de Potosí. Bajo estos resultados las autoridades sobre todo: Ambientales, de salud y educación deberían accionar inmediatamente, pero además es un llamado urgente a la población a dejar de naturalizar la muerte lenta, a dejar de priorizar el dinero por sobre la vida!

DESGASTE SOCIAL Y PRODUCCIÓN POLÍTICA DEL CANSANCIO: CÓMO EL PODER DEL GOBIERNO CONVIERTE LA CRISIS PERMANENTE EN LA CONSOLIDACIÓN DEL PODER DE LAS ÉLITES ECONÓMICAS EN BOLIVIA

Por: Nulfo Yala

La estrategia de una deriva fascistizante no consiste en aplastar inmediatamente a la sociedad, sino en vaciarla lentamente de su capacidad de resistencia. Primero desarticula los movimientos sociales mediante la fragmentación, la cooptación y la persecución judicial; después administra el agotamiento colectivo hasta convertir el cansancio en resignación y el miedo en autocensura. Una vez debilitada la oposición, las medidas económicas más favorables a las élites empresariales y financieras pueden imponerse como si fueran inevitables, mientras el costo del ajuste recae sobre las mayorías empobrecidas. El resultado es una democracia que conserva sus formas, pero cuyo contenido se erosiona progresivamente: el poder económico amplía su influencia sobre el Estado, la pobreza se normaliza, la protesta se criminaliza y la ciudadanía termina aceptando como destino aquello que antes habría considerado intolerable. La dominación alcanza entonces su expresión más sofisticada, porque ya no necesita imponerse mediante la fuerza permanente; le basta con una sociedad exhausta que, convencida de que resistir es inútil, termina administrando su propia obediencia.

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Las formas más eficaces de dominación no irrumpen anunciando el fin de la democracia. Llegan proclamando exactamente lo contrario: orden, estabilidad, responsabilidad, unidad nacional y defensa del interés colectivo. Ningún proyecto autoritario comienza confesando su verdadera naturaleza. Su primer triunfo consiste en lograr que el lenguaje deje de nombrar la realidad para comenzar a ocultarla.

La historia política enseña que el fascismo no constituye únicamente un régimen histórico determinado, sino una racionalidad del poder que puede reaparecer bajo nuevas formas. Su esencia no reside exclusivamente en uniformes, desfiles o símbolos, sino en un conjunto de prácticas orientadas a vaciar progresivamente la capacidad de resistencia de la sociedad hasta convertir la obediencia en una condición aparentemente voluntaria. No necesita eliminar de inmediato las instituciones democráticas; le basta con conservarlas mientras desactiva el contenido político que les da sentido.

Toda estrategia de esta naturaleza responde a una secuencia reconocible.

El primer momento consiste en neutralizar a los sujetos capaces de organizar el conflicto social. Ningún poder dispuesto a transformar radicalmente el equilibrio entre Estado, mercado y sociedad puede avanzar mientras existan organizaciones con suficiente capacidad para movilizar a la población. Por ello, la fragmentación de los movimientos sociales, la pérdida de confianza en sus dirigencias, la cooptación de liderazgos, las disputas internas y la creciente judicialización de quienes mantienen posiciones críticas dejan de ser fenómenos aislados para convertirse en condiciones políticas indispensables para una posterior reestructuración del poder.

La derrota decisiva nunca ocurre cuando desaparece una organización. Ocurre cuando la sociedad deja de creer que organizarse todavía tiene sentido.

Una vez debilitada la capacidad colectiva de resistencia, aparece un segundo mecanismo mucho más sofisticado: la administración del agotamiento. El poder descubre que la población puede soportar niveles de sacrificio muy superiores a los imaginados siempre que ese sacrificio sea progresivo y permanente. No necesita resolver rápidamente las crisis; puede administrarlas. Cada semana de incertidumbre, cada jornada de filas interminables, cada incremento del costo de vida y cada dificultad para acceder a bienes esenciales producen un desgaste psicológico que reduce la capacidad de reacción política.

Los prolongados bloqueos que atravesó Bolivia constituyen, desde esta perspectiva, mucho más que un conflicto coyuntural. También revelaron el extraordinario nivel de resistencia pasiva que puede desarrollar una sociedad. Mientras el deterioro económico y social se profundizaba, el debate público tendía a concentrarse principalmente en los actores visibles del conflicto inmediato, desplazando hacia un segundo plano las decisiones estructurales del poder político. La frustración encontró un objeto inmediato; la estructura del poder permaneció relativamente protegida.

Allí reside uno de los mecanismos más refinados de dominación: convertir el sufrimiento colectivo en una fuente de información política. Cada día sin una reacción social capaz de modificar sustancialmente la correlación de fuerzas amplía el margen de acción del poder. El cansancio deja de ser una consecuencia de la crisis para transformarse en una tecnología de gobierno. Una sociedad que soporta cincuenta días de privaciones termina revelando, sin proponérselo, cuáles son los límites de su capacidad de resistencia.

Cuando el umbral de tolerancia ha sido medido, comienza la siguiente etapa.

Las medidas que anteriormente habrían encontrado una fuerte oposición empiezan a aparecer como inevitables. La flexibilización del régimen cambiario, los anuncios sobre la eliminación de subsidios a los combustibles y el recurso al endeudamiento externo mediante organismos financieros internacionales dejan de presentarse como decisiones políticas discutibles para convertirse en supuestas exigencias técnicas de la realidad. El mercado aparece como una ley natural y no como una construcción política.

Toda ideología dominante procura exactamente ese efecto: hacer creer que sus decisiones no son decisiones, sino inevitabilidades.

El resultado consiste en desplazar el costo de la crisis hacia quienes poseen menor capacidad económica para soportarlo, mientras los beneficios estructurales tienden a concentrarse en los sectores con mayor influencia sobre el Estado. Bajo el lenguaje de la eficiencia económica, la política deja de orientarse prioritariamente por el bienestar colectivo para aproximarse crecientemente a las necesidades del capital financiero, de los grandes grupos empresariales y de las élites propietarias. El Estado comienza a redefinir silenciosamente a quién protege y para quién gobierna.

La expansión de la pobreza constituye el síntoma más visible de esa transformación. Según estimaciones difundidas por la Fundación Jubileo, la pobreza alcanzaría al 47,7 % de la población boliviana, cerca de seis millones de personas, situación vinculada, entre otros factores, al fuerte incremento del costo de los alimentos. La paradoja resulta evidente: mientras se promete estabilidad futura, el presente se vuelve cada vez más precario para amplios sectores de la población.

Pero ninguna reorganización económica de esta magnitud puede sostenerse únicamente mediante argumentos técnicos. Necesita producir también una nueva subjetividad política.

Por ello aparece la judicialización de dirigentes, la amenaza permanente contra quienes cuestionan al poder y la instalación de un clima donde disentir comienza a percibirse como una actividad potencialmente peligrosa. El objetivo trasciende el castigo individual. Lo que se busca es que el resto de la sociedad incorpore espontáneamente la autocensura. Cuando el miedo logra instalarse como hábito cotidiano, la represión abierta pierde protagonismo porque cada ciudadano comienza a vigilar sus propias palabras.

La forma contemporánea del autoritarismo no necesita encarcelar a todos; le basta con convencer a la mayoría de que hablar demasiado puede resultar inconveniente.

En este punto aparece uno de los rasgos más inquietantes de los procesos de fascistización: la convergencia entre el poder político y los sectores económicos dominantes. La frontera entre interés público e interés privado comienza a desdibujarse. Las prioridades estatales coinciden crecientemente con las demandas de grupos que concentran capital, tierra e influencia. La democracia conserva sus procedimientos formales, pero disminuye progresivamente su capacidad para alterar las relaciones reales de poder.

El ciudadano continúa votando, aunque descubre que las decisiones fundamentales parecen responder cada vez menos a las mayorías sociales y cada vez más a quienes controlan los principales recursos económicos. La política deja entonces de disputar proyectos de sociedad para administrar los límites previamente definidos por el poder económico.

La consecuencia más grave no es únicamente el deterioro material. Es la transformación moral de la sociedad. El miedo reemplaza a la solidaridad. El cansancio sustituye a la organización. La resignación ocupa el lugar de la esperanza. La pobreza deja de interpretarse como una injusticia para convertirse en una condición normal de existencia. La obediencia ya no necesita imponerse; termina siendo interiorizada.

Ése constituye el mayor triunfo de cualquier deriva autoritaria. No conquistar el Estado, sino conquistar la imaginación política de la sociedad. Una ciudadanía que deja de creer en la posibilidad de transformar su realidad termina aceptando como destino aquello que, en otro momento histórico, habría reconocido como una forma de dominación. Cuando el poder logra que la resignación parezca sentido común y que la crítica aparezca como irresponsabilidad, la victoria ya no pertenece únicamente a un gobierno. Pertenece a una estructura de poder que ha conseguido convertir la obediencia en la forma cotidiana de vivir la política.

NARCOMADERA, BOLIVIA Y EL SILENCIO DE ESTADOS UNIDOS: CUANDO MÁS DE CIEN TONELADAS DE DROGA VALEN MENOS QUE UNA SOSPECHA EN UN PAÍS ENEMIGO

Por: Nulfo Yala

El caso Narcomadera ha puesto al descubierto una contradicción difícil de ocultar: mientras Estados Unidos convirtió durante años a Venezuela en símbolo mundial del narcotráfico a partir de acusaciones, sanciones, recompensas y una intensa campaña de estigmatización internacional, hoy guarda un llamativo silencio frente a uno de los mayores decomisos de droga vinculados a exportaciones bolivianas registrados en América Latina, más de cien toneladas ocultas en cargamentos de madera que revelan la existencia de una estructura criminal de enorme capacidad logística y operativa. Lejos de responder cómo semejante operación pudo desarrollarse bajo la vigilancia de las instituciones estatales, el gobierno boliviano intentó inicialmente desplazar el debate hacia cuestiones temporales que posteriormente fueron desmentidas por las autoridades chilenas. Sin embargo, lo más revelador no es la reacción oficial boliviana, sino la ausencia de indignación de Washington. Allí donde antes bastaban sospechas para construir la imagen de un narcoestado, hoy la evidencia material parece insuficiente para despertar la misma severidad. La conclusión resulta incómoda pero inevitable: la llamada guerra contra las drogas parece depender menos de la magnitud de los hechos que de la utilidad política del gobierno involucrado, confirmando una vez más que los principios imperiales suelen ser universales para los adversarios y excepcionalmente flexibles para los aliados.

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Hay silencios que dicen más que mil discursos. Y hay silencios que, además, desnudan una hipocresía tan evidente que resulta imposible ignorarla. El caso Narcomadera parece pertenecer a esta última categoría.

Durante décadas, Estados Unidos se ha presentado como el sheriff planetario de la lucha contra el narcotráfico. Desde Washington se ha repetido hasta el cansancio que la droga constituye una amenaza global, que ningún gobierno puede ser tolerante con las organizaciones criminales y que cualquier indicio de complicidad estatal debe ser perseguido con todo el peso de la ley internacional. La retórica ha sido siempre la misma: tolerancia cero, firmeza absoluta y compromiso inquebrantable con la justicia.

Sin embargo, la experiencia latinoamericana ha enseñado que esas nobles convicciones suelen aplicarse con una elasticidad sorprendente. Cuando el gobierno señalado es un adversario geopolítico, las sospechas adquieren categoría de verdad revelada. Cuando el gobierno señalado es un aliado, las certezas más contundentes se transforman milagrosamente en asuntos que requieren prudencia, paciencia y serenidad institucional.

Venezuela fue durante años el laboratorio perfecto de esta lógica. Desde Washington se construyó una narrativa permanente que vinculaba al gobierno de Nicolás Maduro con el narcotráfico internacional. Las acusaciones ocuparon titulares durante años. Las sanciones se multiplicaron. Las recompensas por información sobre Maduro alcanzaron cifras extraordinarias. El mensaje era inequívoco: Venezuela no era simplemente un país con problemas de narcotráfico, sino una amenaza para la seguridad hemisférica. La sospecha bastaba para justificar una ofensiva política, diplomática y mediática de alcance global.

Ahora bien, resulta inevitable preguntarse qué ocurre cuando los reflectores apuntan hacia otro lado.

El denominado caso Narcomadera ha revelado algo más que un hecho policial. Según las investigaciones desarrolladas por las autoridades chilenas, más de cien toneladas de cocaína, pasta base y ketamina fueron detectadas ocultas en cargamentos de madera procedentes de Bolivia. No se trata de una maleta abandonada en un aeropuerto ni de una banda improvisada operando desde un galpón clandestino. Estamos hablando de una estructura que habría utilizado empresas exportadoras, contenedores internacionales, procesos industriales y complejas cadenas logísticas para mover droga a escala global.

Más de cien toneladas.

Conviene detenerse un instante en la cifra.

Cien toneladas no son un accidente administrativo. Cien toneladas no son un error burocrático. Cien toneladas no son la travesura de un puñado de delincuentes ingeniosos. Cien toneladas sugieren infraestructura, financiamiento, planificación, protección, logística y una capacidad operativa extraordinaria. Sugieren, en otras palabras, la existencia de una economía criminal de gran escala funcionando dentro del territorio nacional.

Y es precisamente allí donde la reacción oficial comenzó a adquirir tintes llamativos.

En lugar de responder inmediatamente a la pregunta fundamental, cómo una operación de semejante magnitud pudo desarrollarse sin ser detectada oportunamente por los sistemas de control estatales, desde sectores gubernamentales se intentó inicialmente desplazar el debate hacia el calendario. La discusión parecía orientarse menos a esclarecer responsabilidades que a determinar si los cargamentos correspondían a periodos anteriores. Era una maniobra curiosa: el problema ya no parecía ser la existencia de más de cien toneladas de droga vinculadas a exportaciones bolivianas, sino la fecha exacta en que habían salido los contenedores.

La situación se volvió todavía más incómoda cuando las autoridades chilenas precisaron que los decomisos correspondían a operaciones detectadas durante 2026. De pronto, el refugio temporal comenzó a derrumbarse. La pregunta regresó con más fuerza que antes: ¿cómo pudo funcionar una estructura de semejante dimensión sin que el Estado advirtiera lo que estaba ocurriendo?

Pero quizás el aspecto más revelador del caso no se encuentra en La Paz ni en Santiago.

Se encuentra en Washington.

Porque mientras uno de los mayores decomisos de droga vinculados a exportaciones bolivianas sacude la región, la autoproclamada potencia líder de la guerra mundial contra el narcotráfico parece haber descubierto las virtudes del silencio contemplativo. No hay discursos encendidos. No hay advertencias dramáticas. No hay informes especiales describiendo una amenaza continental. No hay conferencias de prensa denunciando la captura criminal de las instituciones bolivianas. No hay llamados urgentes a la comunidad internacional.

Nada.

Absolutamente nada.

Y es aquí donde la ironía alcanza niveles casi artísticos.

Durante años, Washington sostuvo que incluso indicios o sospechas de conexiones entre poder político y narcotráfico justificaban campañas internacionales de presión. Hoy existe un caso que involucra decomisos masivos, investigaciones binacionales, allanamientos, empresas bajo sospecha y evidencia material concreta. Sin embargo, la indignación parece haberse extraviado en algún despacho diplomático.

La diferencia, al parecer, no está en la magnitud del problema.

La diferencia está en quién gobierna.

Cuando el país señalado desafía los intereses geopolíticos estadounidenses, el narcotráfico se convierte en una amenaza civilizatoria. Cuando el país señalado forma parte del círculo de aliados, el mismo fenómeno se transforma en un asunto técnico que debe resolverse con calma y sin sobresaltos. Los principios permanecen intactos; únicamente cambia el destinatario de su aplicación.

Es la vieja historia del imperio que se proclama árbitro universal mientras modifica las reglas según la identidad de los jugadores.

Por eso el caso Narcomadera no solamente pone bajo la lupa a las organizaciones criminales que puedan estar detrás de esta operación. También coloca bajo escrutinio la credibilidad de quienes han construido durante décadas una narrativa moral sobre la lucha antidrogas. Porque si más de cien toneladas de droga no provocan la misma alarma que en otros países provocaban simples acusaciones, entonces la conclusión resulta difícil de evitar.

Tal vez la guerra contra las drogas nunca fue únicamente una guerra contra las drogas.

Tal vez siempre fue también una guerra por definir quién merece ser acusado y quién merece ser disculpado.

Y si eso es cierto, el escándalo más grande no se encuentra escondido en la madera.

Se encuentra escondido en el doble rasero.

LAS CONTRADICCIONES OPORTUNISTAS DE COMCIPO: CABILDOS PARA BLOQUEAR AYER, CABILDOS PARA CONDENAR LOS BLOQUEOS HOY

Por: Nulfo Yala

Resulta difícil tomar en serio el cabildo convocado por COMCIPO contra los bloqueos cuando fue la propia institución la que, durante años, convocó cabildos para legitimar bloqueos maratónicos que aislaron a Potosí durante semanas, exigiendo entonces sacrificio, disciplina y resistencia a una población que hoy dice defender. La contradicción es evidente: lo que ayer era presentado como una herramienta legítima de lucha regional, hoy es denunciado como una amenaza a la democracia y la economía. Esta repentina conversión revela menos un cambio de principios que un cambio de posición política. La experiencia además obliga a desconfiar de quienes pretenden hablar en nombre de todo el pueblo potosino, pues ya se vio cómo dirigentes surgidos bajo el discurso cívico terminaron ocupando espacios de poder municipal con resultados ampliamente cuestionados, dejando tras de sí denuncias, escándalos y un profundo desencanto ciudadano. Por ello, más que un acto de defensa de la población, el cabildo corre el riesgo de convertirse en una nueva instrumentalización de la ciudadanía para fines políticos coyunturales, apelando a una memoria selectiva que espera que los potosinos olviden que quienes hoy condenan los bloqueos fueron ayer algunos de sus más fervientes promotores.

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La convocatoria de COMCIPO (Comité Cívico Potosinista) a un cabildo contra los bloqueos constituye uno de los episodios más paradójicos de la historia política reciente de Potosí. No porque los bloqueos actuales no generen perjuicios reales para la población, sino porque quienes hoy convocan a la ciudadanía para rechazar esa medida fueron precisamente quienes, durante años, promovieron cabildos destinados a legitimar extensos bloqueos que paralizaron al propio departamento. La contradicción es tan evidente que resulta imposible ignorarla.

Durante los grandes conflictos regionales, COMCIPO apeló reiteradamente al discurso del sacrificio colectivo. Se pidió a la población soportar semanas de aislamiento, escasez, perjuicios económicos y restricciones a la circulación bajo la premisa de que los intereses superiores de la región justificaban cualquier costo. En aquellos momentos, los cabildos eran presentados como la máxima expresión de la voluntad popular y los bloqueos como instrumentos legítimos de lucha. El sufrimiento de la población era interpretado como una contribución necesaria a una causa mayor. Sin embargo, cuando la misma herramienta es utilizada por otros actores políticos y sociales, el discurso cambia radicalmente. Lo que antes era heroísmo cívico se convierte en atentado contra la democracia. Lo que antes era resistencia legítima ahora aparece como amenaza al estado de derecho.

La pregunta que surge naturalmente es por qué COMCIPO descubre recién ahora los daños que provocan los bloqueos. ¿Acaso las familias potosinas no sufrieron durante los bloqueos impulsados y respaldados por los cabildos del pasado? ¿Acaso no existieron entonces pérdidas económicas, desabastecimiento y afectaciones a la vida cotidiana? ¿Acaso los sectores más vulnerables no fueron también perjudicados? Si los bloqueos son condenables por sus consecuencias sobre la población, la condena debería alcanzar tanto a los actuales como a los promovidos anteriormente desde el propio espacio cívico. De lo contrario, la defensa de principios se convierte simplemente en una defensa de conveniencias.

Lo que se observa es una preocupante tendencia a redefinir los valores democráticos según la posición que se ocupa dentro de la disputa política. Cuando COMCIPO dirigía o respaldaba medidas de presión, el bloqueo era presentado como una expresión legítima de la voluntad popular. Cuando la iniciativa proviene de otros sectores, el mismo mecanismo pasa a ser descrito como una amenaza que incluso justificaría medidas excepcionales del Estado. No parece cambiar el método. Lo que cambia es quién tiene el control del método.

Esta situación obliga también a reflexionar sobre el papel que ha desempeñado COMCIPO en la construcción de determinadas narrativas políticas. Históricamente, la institución se ha presentado como la voz del pueblo potosino, como si existiera una identidad automática entre las decisiones de sus dirigentes y la voluntad de toda la ciudadanía. Sin embargo, la experiencia demuestra que ninguna institución posee un mandato permanente para hablar en nombre de todos. Menos aún cuando sus posicionamientos terminan coincidiendo de manera recurrente con determinados intereses políticos coyunturales.

La historia reciente de Potosí ofrece suficientes razones para observar con cautela esta situación. Diversos dirigentes que construyeron liderazgo y legitimidad desde COMCIPO terminaron posteriormente ocupando espacios de poder institucional, particularmente en el gobierno municipal. Aquellas figuras que se presentaban como representantes desinteresados de los intereses regionales pasaron a administrar recursos públicos y a participar directamente en la lucha política. El problema no fue únicamente ese tránsito desde el activismo cívico hacia la función pública, sino el profundo desencanto que siguió posteriormente.

Gran parte de la ciudadanía recuerda que varias de esas experiencias terminaron rodeadas de denuncias, controversias y cuestionamientos que deterioraron severamente la credibilidad de quienes habían construido su liderazgo bajo el discurso de la moralización de la política. El contraste entre las promesas de renovación y los resultados obtenidos generó una profunda desconfianza social. Aquellos que habían pedido sacrificios al pueblo en nombre de la transparencia y la defensa regional terminaron enfrentando severos cuestionamientos públicos durante sus gestiones. La distancia entre el discurso y la práctica se volvió demasiado evidente para ser ignorada.

Por eso resulta legítimo sospechar cuando COMCIPO intenta presentar el actual cabildo como una expresión puramente cívica y desinteresada. La experiencia histórica demuestra que detrás de los discursos sobre democracia, unidad y defensa del pueblo suelen coexistir proyectos de influencia política, disputas por espacios de poder y estrategias destinadas a fortalecer determinadas posiciones dentro del escenario nacional y local. No se trata de negar la existencia de problemas reales ocasionados por los bloqueos actuales. Se trata de cuestionar la autoridad moral de quienes denuncian hoy prácticas que ayer promovieron y legitimaron.

La mayor ironía de toda esta situación es que COMCIPO parece haber convocado un cabildo contra aquello que durante años ayudó a convertir en una herramienta política normalizada. En otras palabras, el cabildo actual no solamente cuestiona a quienes bloquean hoy; también cuestiona involuntariamente a quienes enseñaron durante décadas que bloquear era una forma legítima de hacer política. El resultado es un espectáculo político singular: una institución que parece enfrentarse no tanto a sus adversarios como a su propia historia.

La memoria colectiva constituye un obstáculo incómodo para este tipo de operaciones discursivas. Porque mientras COMCIPO denuncia los daños de los bloqueos actuales, muchos potosinos recuerdan que esos mismos argumentos habrían podido formularse durante los largos bloqueos promovidos desde los cabildos del pasado. Y esa memoria revela una verdad difícil de ocultar: cuando los principios cambian según quién ejerce la presión política, lo que está en juego no es la defensa de la democracia, sino la disputa por el poder de definir qué intereses merecen ser considerados legítimos y cuáles deben ser condenados.

LA MADRE DE LAS BATALLAS: DESGASTE, CRIMINALIZACIÓN Y ESTADO DE EXCEPCIÓN EN BOLIVIA

Por: Nulfo Yala

Las declaraciones del gobierno revelan una estrategia política orientada a desplazar el conflicto social del terreno de las demandas y reivindicaciones hacia el terreno de la seguridad y la criminalidad, construyendo una narrativa en la que los sectores movilizados dejan de aparecer como actores políticos para convertirse en amenazas contra el Estado y la democracia. La constante asociación entre protesta, narcotráfico, terrorismo y desestabilización permite justificar el endurecimiento de las medidas de control, la creciente participación de las fuerzas de seguridad, la judicialización de la disidencia y la aceptación social de mecanismos extraordinarios de poder presentados como necesarios para restablecer el orden. En ese contexto, la creación de enemigos internos, la personalización del conflicto en determinadas figuras políticas y el uso sistemático del miedo operan como herramientas destinadas a legitimar decisiones que en circunstancias normales encontrarían una mayor resistencia ciudadana. La mayor paradoja es que, en nombre de la defensa de la democracia, puede terminar debilitándose el espacio mismo donde la democracia existe: el disenso, la crítica, la pluralidad política y el derecho de los sectores sociales a cuestionar al poder sin ser automáticamente identificados como enemigos del Estado.

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Las declaraciones del ministro de Defensa y del presidente permiten observar un fenómeno que trasciende ampliamente los acontecimientos concretos de San Julián. Lo que emerge en sus palabras no es únicamente una interpretación de determinados hechos violentos, sino una estrategia discursiva mediante la cual un conflicto político y social es progresivamente trasladado al terreno de la seguridad nacional. Este desplazamiento constituye una de las operaciones fundamentales del poder moderno: transformar la protesta en amenaza, la disidencia en peligro y el conflicto político en problema de seguridad.

El poder no gobierna solamente mediante la coerción física. Su eficacia depende de su capacidad para producir discursos, clasificaciones y verdades socialmente aceptadas. Antes de movilizar tropas, desplegar policías o activar mecanismos judiciales, el poder debe construir una narrativa capaz de legitimar esas acciones. Debe convencer a la sociedad de que aquello que enfrenta no es un adversario político, sino un enemigo.

Resulta revelador que las autoridades no recurran prioritariamente a categorías como protesta social, movilización, reivindicación sectorial o conflicto político. En su lugar aparecen conceptos como «alzamiento armado», «ataque al Estado», «terrorismo», «grupos irregulares» y «narcoterrorismo». Estas expresiones no son neutrales. Funcionan como tecnologías de poder. Quien controla el lenguaje controla parcialmente la percepción de la realidad. Cuando una movilización es definida como una demanda política, la respuesta esperada es el diálogo. Cuando es redefinida como terrorismo, la respuesta legítima pasa a ser la fuerza.

La construcción discursiva del narcoterrorismo constituye probablemente el elemento más significativo de esta estrategia. Desde hace décadas, esta categoría ha desempeñado un papel central en diversos dispositivos de seguridad hemisférica. Su eficacia radica en que fusiona dos figuras particularmente temidas por la opinión pública: el narcotraficante y el terrorista. Una vez establecida esa asociación, desaparecen los matices. El conflicto deja de ser político y se convierte en una amenaza existencial para el Estado. En ese momento, cualquier cuestionamiento a la respuesta gubernamental puede ser interpretado como una forma de complicidad con el enemigo.

La coincidencia entre este discurso y las declaraciones emitidas por altos funcionarios estadounidenses merece una reflexión particular. El respaldo expresado por el secretario de Guerra de Estados Unidos no constituye necesariamente una prueba de coordinación operativa ni de intervención directa. Sin embargo, sí revela la convergencia de marcos interpretativos. Cuando desde Washington se habla de «narcoterroristas» que buscan desestabilizar Bolivia y desde La Paz se utilizan categorías similares para explicar el conflicto interno, se observa la circulación de una racionalidad política compartida. Se trata de una visión según la cual los problemas sociales dejan de ser cuestiones políticas susceptibles de negociación para convertirse en amenazas que deben ser neutralizadas.

La historia latinoamericana demuestra que esta lógica no es nueva. A lo largo de distintas épocas, múltiples gobiernos han recurrido a la figura del enemigo interno para justificar la ampliación de facultades extraordinarias. Lo que cambia son los nombres. Ayer fue el comunista, después el subversivo, más tarde el insurgente, posteriormente el narcotraficante y hoy el narcoterrorista. La estructura del discurso permanece sorprendentemente intacta. Siempre existe una amenaza excepcional que exige respuestas excepcionales.

Quizás el aspecto más sofisticado de esta estrategia sea la forma en que prepara culturalmente a la sociedad para aceptar medidas que, en circunstancias normales, generarían resistencia. El estado de excepción no aparece de manera repentina. Antes debe ser imaginado, discutido y normalizado. La población debe ser convencida de que ciertas restricciones de derechos constituyen sacrificios necesarios para preservar bienes superiores como la seguridad, el orden o la democracia. La genialidad política consiste en lograr que la demanda de excepcionalidad surja desde la propia sociedad. El poder ya no aparece imponiendo restricciones. Aparece respondiendo a una necesidad colectiva.

En este punto emerge una de las ironías más profundas del momento político boliviano. El gobierno insiste en presentarse como defensor de la democracia, el diálogo y las instituciones, mientras simultáneamente construye un escenario donde la militarización creciente, la expansión de facultades coercitivas y la excepcionalidad jurídica aparecen como respuestas inevitables. Cuanto más se invoca el diálogo, más se amplían las condiciones para justificar el uso de la fuerza. Cuanto más se habla de democracia, más se despliega un lenguaje propio de la guerra interna.

La expresión utilizada por el propio presidente al referirse al conflicto como «la madre de las batallas» resulta particularmente reveladora. Las palabras nunca son inocentes. Quien habla de batallas no está pensando en negociación. Quien imagina un campo de batalla no busca interlocutores, sino adversarios. Y quien concibe la política como guerra inevitablemente termina organizando sus instituciones en función de la victoria y no de la deliberación.

La dimensión judicial de este proceso merece una atención especial. El poder moderno ha aprendido que la fuerza física suele generar resistencia, mientras que la legalidad produce obediencia. Allí donde los fusiles pueden crear mártires, los expedientes generan desgaste. Allí donde la represión abierta provoca indignación, la persecución judicial aparece revestida de formalidad institucional. Por ello, numerosos analistas contemporáneos han advertido cómo los sistemas judiciales pueden convertirse en instrumentos privilegiados de disciplinamiento político.

Lo que diversos sectores denominan terrorismo judicial no consiste necesariamente en la fabricación burda de acusaciones falsas. Su funcionamiento es mucho más sofisticado. Opera mediante investigaciones selectivas, procesos prolongados, amenazas permanentes de imputación, incertidumbre jurídica y desgaste psicológico. El objetivo no siempre es encarcelar. Muchas veces basta con convertir la actividad política en una práctica de alto riesgo. El mensaje es simple: quien desafíe determinadas estructuras de poder deberá asumir costos crecientes.

La eficacia de este mecanismo reside en su capacidad pedagógica. No es necesario perseguir a todos. Basta con algunos casos emblemáticos para que el resto comprenda los límites de lo permitido. El castigo deja de actuar exclusivamente sobre los cuerpos y comienza a operar sobre las expectativas, los cálculos y las decisiones futuras de los individuos. Se gobierna mediante el miedo anticipado.

En este contexto, la Asamblea Legislativa adquiere un papel fundamental. Foucault observó que el poder moderno rara vez gobierna contra la ley. Prefiere gobernar mediante la ley. Las instituciones legislativas permiten transformar decisiones políticas en normas dotadas de legitimidad formal. De esta manera, herramientas extraordinarias pueden adquirir apariencia de normalidad jurídica. Lo que podría percibirse como expansión del poder coercitivo es presentado como fortalecimiento institucional. Lo que podría interpretarse como concentración de poder aparece como defensa de la democracia.

La figura de Evo Morales cumple una función política que trasciende su eventual responsabilidad en los acontecimientos. En períodos de crisis prolongada, los sistemas políticos suelen producir chivos expiatorios capaces de condensar múltiples tensiones sociales en una sola figura. La complejidad estructural desaparece y es sustituida por una explicación personalizada. El problema ya no es económico, institucional o político. El problema tiene un nombre propio. Una vez construida esa narrativa, la neutralización de esa figura puede ser presentada como la solución del conflicto.

Desde esta perspectiva, la eventual captura o neutralización política de Morales tendría un valor simbólico que supera ampliamente las cuestiones jurídicas involucradas. Permitirá afirmar que el origen del problema ha sido eliminado y que, por tanto, cualquier persistencia del conflicto carecería de justificación. El enemigo se convierte así en un recurso narrativo indispensable para restaurar la legitimidad del poder.

Todo este proceso se desarrolla sobre un trasfondo geopolítico que no puede ser ignorado. Bolivia posee recursos estratégicos, una institucionalidad históricamente vulnerable y una posición relevante dentro de los equilibrios regionales. En consecuencia, las disputas internas inevitablemente generan interés en actores internacionales. Sin embargo, el problema central no radica únicamente en la influencia externa. La verdadera cuestión es la convergencia entre intereses económicos, sectores empresariales, élites políticas, grupos de poder regionales y discursos de seguridad que encuentran beneficios comunes en la estabilización de un determinado orden político.

Lo más inquietante de este fenómeno es que no requiere necesariamente una conspiración perfecta. Los distintos actores pueden actuar por motivaciones diferentes y aun así reforzar mutuamente la misma racionalidad de poder. El resultado es una estructura donde la seguridad desplaza a la política, el miedo reemplaza al debate y la obediencia comienza a presentarse como virtud democrática.

La ironía final es quizás la más amarga. Los gobiernos suelen afirmar que actúan para salvar la democracia precisamente cuando comienzan a restringir las condiciones que hacen posible una democracia auténtica. El poder raramente se presenta como dominación. Se presenta como responsabilidad. Se presenta como necesidad. Se presenta como protección. Y es precisamente por ello que debe ser examinado críticamente.

Cuando la protesta se convierte en terrorismo, cuando la oposición se convierte en amenaza existencial, cuando la excepción comienza a transformarse en normalidad y cuando el miedo se convierte en principio organizador de la vida política, la pregunta ya no es quién gobierna. La verdadera pregunta es qué tipo de sociedad está siendo producida por ese gobierno y cuánto de la libertad colectiva se está sacrificando en nombre de su propia defensa.

LA EMBESTIDA DEL TORO: REPRESIÓN, DESGASTE SOCIAL Y RADICALIZACIÓN POLÍTICA BAJO RODRIGO PAZ EN BOLIVIA

Por: Nulfo Yala

Lo que se perfila en Bolivia no es simplemente un conflicto político, sino una estrategia calculada de desgaste social donde el gobierno de Rodrigo Paz parece apostar al cansancio, al miedo y a la militarización para quebrar la capacidad de resistencia de los movimientos sociales y consolidar un modelo subordinado a empresarios y terratenientes. Bajo discursos de “orden” y “pacificación”, se normaliza la posibilidad de un estado de excepción mientras sectores de extrema derecha celebran desde el extranjero la represión como mecanismo de control. El problema es que la historia demuestra que humillar y silenciar al pueblo nunca garantiza estabilidad duradera: solo acumula rabia, radicalización y fractura social. Subestimar a un líder con rasgos autoritarios, dispuesto a embestir sin medir consecuencias, puede ser un error histórico, porque cuando un gobierno convierte a la protesta en enemigo interno y reemplaza el diálogo por la fuerza, deja de gobernar una democracia y comienza a administrar el miedo.

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La estrategia de Rodrigo Paz no parece improvisada ni producto del nerviosismo político de un gobierno acorralado. Tiene más bien la lógica fría de quien entiende que el desgaste social no siempre se derrota con argumentos, sino con agotamiento, miedo y fragmentación. Primero se deja que la crisis madure hasta pudrirse; luego se permite que los conflictos se acumulen, que las organizaciones populares se desgasten entre bloqueos interminables, divisiones internas y hambre cotidiana; finalmente, cuando el cansancio colectivo ya ha erosionado la capacidad de resistencia, aparece la amenaza de un estado de excepción como si fuera un acto inevitable de “orden”. La vieja fórmula latinoamericana vuelve a desfilar con traje nuevo: fabricar caos para justificar disciplina. Y mientras los voceros empresariales hablan de estabilidad económica desde oficinas climatizadas, miles de familias cargan sobre la espalda el costo real de esa estabilidad, una estabilidad que curiosamente siempre exige sacrificios de abajo hacia arriba y nunca al revés.

Lo más inquietante es que el discurso oficial intenta vender esta operación como un acto de responsabilidad histórica. Se habla de “pacificación”, de “recuperar el país”, de “poner límites a la violencia”, como si las élites económicas fueran monjes tibetanos obligados a defenderse de hordas irracionales. La ironía grotesca: quienes controlan bancos, agroindustrias, exportaciones y grandes medios aparecen representándose a sí mismos como víctimas indefensas frente a campesinos, obreros y sectores populares que apenas poseen la capacidad de movilizar sus cuerpos en las calles. El lenguaje político se invierte de manera obscena. El rico se disfraza de perseguido y el pobre termina convertido en amenaza nacional. No es casualidad que ciertos operadores políticos bolivianos de extrema derecha, instalados cómodamente en Estados Unidos mientras juegan a dirigir la patria por redes sociales y programas digitales, hablen abiertamente del respaldo del llamado “escudo de las Américas”, casi como si anunciaran con orgullo que Bolivia debe administrarse bajo tutela ideológica extranjera. Resulta curioso ver a quienes se llenan la boca con soberanía nacional celebrando cualquier guiño geopolítico proveniente del norte continental.

El problema es que sacar militares a reprimir no es un videojuego táctico ni una fotografía heroica para redes sociales. La historia latinoamericana está llena de gobiernos que creyeron poder controlar la violencia una vez abierta la puerta de los cuarteles, y casi todos terminaron descubriendo demasiado tarde que el miedo puede disciplinar momentáneamente, pero también radicaliza. Un estado de excepción no neutraliza necesariamente el conflicto; muchas veces lo profundiza, lo desplaza y lo vuelve más impredecible. Cuando una población percibe que las vías políticas tradicionales dejan de servir, el resentimiento se acumula debajo de la superficie institucional como presión tectónica. La aparente calma puede ser simplemente silencio forzado. Y los silencios impuestos suelen incubar explosiones mucho más peligrosas que las protestas originales. Un gobierno que apuesta a humillar movimientos sociales en lugar de comprenderlos termina sembrando generaciones enteras de desconfianza hacia cualquier forma de institucionalidad.

Hay además un componente simbólico particularmente perturbador en la figura presidencial. Los artículos anteriores ya habíamos advertido ciertos guiños autoritarios, ciertas obsesiones con el enemigo interno, cierta fascinación por el orden entendido como obediencia absoluta. No se trata únicamente de decisiones concretas, sino de una forma de concebir la política como confrontación permanente donde el adversario deja de ser interlocutor para convertirse en obstáculo a destruir. La frase pronunciada por su padre, aquella donde lo define como “un toro”, termina funcionando casi como una confesión involuntaria de carácter. El toro no dialoga; embiste. El toro no mide consecuencias; avanza. Y el problema aparece cuando un país entero queda atrapado dentro de esa psicología de confrontación. Gobernar como si toda crítica fuera una amenaza existencial puede conducir a escenarios extremadamente peligrosos, porque la administración del Estado termina reducida a una lógica de enemigos y castigos.

Subestimarlo sería ingenuo. Existe una tendencia cómoda dentro de ciertos sectores progresistas a caricaturizar a figuras de derecha como simples incompetentes o productos pasajeros del marketing electoral. Pero las experiencias históricas muestran que los proyectos más peligrosos suelen crecer precisamente cuando sus adversarios los toman a la ligera. Mientras algunos todavía creen estar frente a un político tradicional preocupado únicamente por encuestas, el aparato ideológico alrededor suyo parece operar con una visión mucho más profunda: desmontar lentamente la capacidad de presión social (utilizando estrategias de ataque legal como la reciente abrogación de la ley 1341 de Estados de Excepción), criminalizar la protesta y consolidar un modelo económico completamente subordinado a grupos empresariales y terratenientes. No es únicamente una disputa electoral; es una disputa sobre qué sectores tendrán derecho a existir políticamente en Bolivia y cuáles deberán aceptar obediencia silenciosa como condición de supervivencia.

Las consecuencias económicas y sociales de ese escenario podrían ser devastadoras. Una represión prolongada no traerá inversión milagrosa ni estabilidad automática. Lo más probable es que produzca fuga de capitales pequeños, deterioro del consumo interno, mayor polarización regional y una fractura irreversible entre el Estado y amplios sectores populares. Los empresarios que hoy celebran mano dura desde sus círculos privados olvidan que ningún mercado funciona sanamente sobre cadáveres políticos permanentes. La violencia institucional termina contaminándolo todo: destruye legitimidad, paraliza diálogo y convierte cada conflicto cotidiano en una posible detonación nacional. La aparente victoria inmediata puede terminar siendo el inicio de una larga decadencia política.

Bolivia ya conoce demasiado bien el costo histórico de los gobiernos que creen que la fuerza puede reemplazar indefinidamente al consenso. El país arrastra memorias de masacres, persecuciones y militarizaciones que nunca desaparecieron del todo de la conciencia colectiva. Pensar que una nueva generación aceptará dócilmente un modelo de disciplinamiento permanente es no entender la estructura profunda de la sociedad boliviana. Aquí las derrotas nunca son definitivas; se acumulan como memoria social. Y cuando esa memoria encuentra nuevamente condiciones para organizarse, suele regresar con mucha más intensidad. Por eso el escenario actual no debería analizarse únicamente como una coyuntura de “unos pocos vándalos” como el gobierno trata de hacer ver, sino como el posible ingreso a una etapa de radicalización política donde el gobierno, obsesionado con aplastar toda resistencia, podría terminar alimentando exactamente aquello que pretende destruir.

EL AGOTAMIENTO DEL GOBIERNO DE RODRIGO PAZ Y LA TRAGEDIA DE UN PAÍS QUE COMIENZA A NORMALIZAR EL HAMBRE, LA ESCASEZ Y EL DESGASTE POLÍTICO- SOCIAL

Por: Nulfo Yala

Bolivia atraviesa una de las horas más oscuras de su historia reciente: un país agotado, atrapado entre la escasez, la inflación y el miedo, mientras un gobierno sin rumbo intenta sobrevivir administrando la miseria cotidiana como si todavía gobernara. Las filas por combustible, el encarecimiento de los alimentos, el hambre silenciosa y la pérdida del poder adquisitivo ya no son episodios aislados, sino señales de un colapso estructural que el poder pretende ocultar entre discursos vacíos, persecuciones judiciales y falsas mesas de diálogo. Incapaz de conectar con la población y subordinado a intereses empresariales, terratenientes y agroexportadores, el gobierno de Rodrigo Paz parece avanzar hacia una deriva peligrosa donde la desesperación social, el desgaste político y la fragilidad institucional podrían abrir paso a escenarios extremos, desde estados de excepción hasta intentos de ruptura democrática impulsados por sectores conservadores y militares. Lo más inquietante no es solamente la crisis económica, sino la sensación creciente de que Bolivia ha comenzado a perder la certeza de tener todavía un futuro.

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La escena política boliviana atraviesa uno de esos momentos donde el poder ya no gobierna, apenas administra el deterioro. El lenguaje oficial continúa hablando de estabilidad, coordinación y diálogo, mientras las calles hablan otro idioma: filas interminables por combustible, alimentos cada vez más caros, salarios pulverizados, mercados vacíos y una población que empieza a comprender que el problema ya no es coyuntural sino estructural. Allí aparece el verdadero drama del gobierno de Rodrigo Paz: no solamente su incapacidad para resolver la crisis, sino su absoluta imposibilidad de comprenderla.

El síntoma más revelador no es la escasez de gasolina. Tampoco la inflación. Mucho menos el deterioro de carreteras o el colapso del abastecimiento. El síntoma más inquietante es otro: un gobierno obligado a negociar la supervivencia cotidiana como si administrar la precariedad fuese una política pública. El acuerdo firmado con algunos sectores no transmite fortaleza estatal, transmite agotamiento. Cuando el Estado empieza a reunirse para discutir horarios de surtidores, mecanismos de distribución de diésel y estrategias de contención social, el problema deja de ser económico y se convierte en una cuestión de legitimidad. El poder ya no organiza el país, apenas intenta retrasar el momento de su descomposición.

Durante años, Bolivia vivió sostenida por la ilusión de abundancia derivada del gas, los subsidios y el gasto público expansivo. El modelo permitía alimentar la narrativa de crecimiento mientras el excedente energético cubría ineficiencias estructurales, corrupción administrativa y dependencia importadora. Pero toda maquinaria clientelar necesita recursos para sostener fidelidades. Cuando esos recursos comienzan a desaparecer, el discurso revolucionario muta rápidamente en administración policial de la escasez. Entonces aparecen los controles, las amenazas judiciales, las campañas de disciplinamiento mediático y el viejo reflejo latinoamericano de convertir el conflicto social en problema de orden público.

El gobierno de Rodrigo Paz parece atrapado exactamente en ese punto histórico: demasiado débil para resolver la crisis y demasiado comprometido con grupos de poder para transformarla. La pretendida “concertación política” terminó convertida en una alianza funcional con sectores empresariales agroexportadores y élites terratenientes, particularmente vinculadas al eje económico cruceño, donde la lógica del mercado se volvió más importante que cualquier horizonte nacional. El resultado es grotesco: un gobierno que habla en nombre del pueblo mientras gobierna para quienes jamás harán fila por gasolina, jamás sentirán el aumento del aceite y jamás calcularán si alcanza el salario para llegar a fin de mes.

La ironía es brutal. Durante décadas el discurso político boliviano denunció a las oligarquías, al neoliberalismo y a las élites empresariales como responsables históricos de la desigualdad. Hoy el mismo aparato estatal termina subordinado a las exigencias de esos sectores bajo el elegante nombre de “estabilidad económica”. Se gobierna para tranquilizar mercados mientras la población aprende a sobrevivir en mercados vacíos. El ciudadano común ya no escucha proyectos históricos, escucha recomendaciones para madrugar más temprano si quiere encontrar combustible.

Y allí emerge otro elemento decisivo: la ruptura simbólica entre el poder y la vida cotidiana. El gobierno ya no logra interpretar el malestar social porque vive encapsulado en la lógica burocrática del informe, la conferencia y el acuerdo institucional. Mientras la población experimenta hambre, incertidumbre y desgaste psicológico, la respuesta oficial continúa reducida a mesas de diálogo, actas y anuncios técnicos. Es la política convertida en simulacro administrativo. El poder ya no produce esperanza; produce comunicados.

La situación se vuelve aún más peligrosa cuando el desgaste comienza a derivar en mecanismos autoritarios de conservación. Todo gobierno incapaz de reconstruir legitimidad termina tentado por la coerción. Primero aparecen las acusaciones de desestabilización. Después la judicialización de opositores, dirigentes y críticos. Finalmente surge el fantasma del estado de excepción como herramienta para administrar el descontento. Pero la paradoja es evidente: cuanto más intenta endurecerse un gobierno débil, más expone su fragilidad. La represión puede contener temporalmente el conflicto, pero jamás resolver la crisis material que lo origina.

Bolivia entra así en una zona históricamente peligrosa. Porque cuando la institucionalidad pierde legitimidad y la economía pierde estabilidad, el sistema político entero comienza a abrir espacios para salidas extraordinarias. La historia latinoamericana conoce demasiado bien ese libreto. Las élites económicas que hoy sostienen al gobierno podrían mañana abandonarlo si consideran que dejó de ser funcional a sus intereses. El empresariado jamás tiene lealtades ideológicas permanentes; tiene correlaciones de utilidad. Y si la figura de Rodrigo Paz termina siendo percibida como un obstáculo para la estabilización del capital y el control social, sectores conservadores podrían empezar a reorganizar alternativas más agresivas.

Allí aparece el escenario más delicado: la posibilidad de articulaciones golpistas impulsadas desde sectores de derecha con participación o presión sobre las fuerzas armadas. No sería una anomalía histórica. Sería, precisamente, la repetición de una tradición continental donde las crisis económicas profundas suelen convertirse en oportunidades para reconfigurar el poder mediante mecanismos extrademocráticos. Cuando las clases dominantes sienten amenazada la estabilidad de acumulación, la democracia suele convertirse en un lujo secundario.

El problema es que el gobierno tampoco puede retirarse fácilmente. Hay demasiados intereses económicos, redes clientelares y estructuras políticas comprometidas en la preservación del aparato estatal. El poder ya no se conserva únicamente por convicción ideológica, sino por necesidad material. Perder el gobierno implicaría perder contratos, protección judicial, espacios burocráticos, privilegios económicos y capacidad de negociación. Por eso el oficialismo parece jugar al desgaste, esperando que la población se acostumbre gradualmente a vivir peor. Una pedagogía de la resignación nacional.

Pero existe un límite para toda normalización de la precariedad. La gente puede tolerar discursos vacíos durante un tiempo. Puede incluso soportar corrupción, incompetencia o cinismo. Lo que rara vez soporta indefinidamente es el deterioro simultáneo de la vida cotidiana. Cuando el combustible falta, la comida se encarece, el salario pierde valor y el horizonte desaparece, el malestar deja de ser ideológico y se vuelve existencial. Allí las sociedades entran en estados de volatilidad impredecible.

Lo verdaderamente inquietante es que Bolivia parece haber perdido no solo estabilidad económica, sino dirección histórica. Ya no existe un horizonte político reconocible. El gobierno improvisa, la oposición especula y las élites calculan costos. Mientras tanto, la población observa cómo el país empieza a acostumbrarse a negociar la escasez como si fuese una condición natural. Y quizá esa sea la señal más clara de la crisis: cuando la decadencia deja de percibirse como excepción y empieza a administrarse como normalidad.