CUANDO EL MERCADO SE DISFRAZA DE SALVACIÓN NACIONAL: EL NUEVO PAQUETE DE LEYES Y LA RESTAURACIÓN SILENCIOSA DEL PODER DE LAS ÉLITES EN BOLIVIA

Por Nulfo Yala

Bajo el discurso aparentemente incuestionable de “reactivar la economía” y “modernizar el Estado”, el nuevo paquete de leyes impulsado por el gobierno boliviano revela una reconfiguración silenciosa del poder orientada a fortalecer a sectores empresariales, agroindustriales, terratenientes y grupos económicos históricamente privilegiados, convirtiendo la crisis en un mecanismo de legitimación para flexibilizar derechos, concentrar poder y disciplinar socialmente a la población mediante el miedo económico. Mientras se habla en nombre del pueblo y del desarrollo nacional, el Estado parece desplazarse progresivamente desde una lógica de protección colectiva hacia una función técnica de administración de intereses corporativos, donde la eficiencia, la inversión y la seguridad jurídica terminan funcionando como eufemismos de subordinación política al capital. La ironía más brutal reside en que este proceso avanza envuelto en una narrativa popular y soberanista, mientras consolida precisamente aquello que durante décadas se prometió combatir: la restauración de un orden conservador donde las élites económicas recuperan capacidad de conducción sobre el Estado y la sociedad, y donde incluso quienes resultan perjudicados terminan defendiendo las estructuras que profundizan su propia subordinación.

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Hay algo profundamente revelador cuando un gobierno comienza a hablar obsesivamente de “reactivar”, “modernizar”, “destrabar”, “aliviar” y “reformar”. Las palabras nunca llegan solas. Llegan acompañadas de técnicos, empresarios, consultoras, cámaras industriales, promesas de inversión extranjera y discursos sobre eficiencia. Y detrás de esa retórica casi quirúrgica aparece siempre la misma pregunta incómoda: ¿reactivar para quién?, ¿modernizar qué?, ¿destrabar a costa de quién?, ¿aliviar la carga de quiénes mientras otros siguen cargando el peso entero del país?

El nuevo paquete de leyes impulsado por el gobierno boliviano se presenta públicamente como una necesidad histórica para enfrentar la crisis económica, atraer inversiones y “reformar el Estado”. El discurso parece impecable. Nadie podría oponerse, en apariencia, a combatir la crisis. Nadie podría declararse enemigo de la producción o del crecimiento económico. Allí reside precisamente la eficacia del lenguaje del poder: convertir intereses particulares en necesidades universales. La operación es elegante. Primero se instala la idea de catástrofe económica permanente; luego se convence a la población de que cualquier resistencia a las reformas equivale a sabotear el futuro nacional. Finalmente, las medidas favorables a sectores empresariales y grandes capitales aparecen no como privilegios, sino como sacrificios inevitables por el bien común.

El problema es que la historia latinoamericana tiene memoria. Y esa memoria reconoce demasiado bien el libreto. Cada vez que se habla de “seguridad jurídica” para inversionistas, alguien pierde soberanía sobre sus territorios. Cada vez que se promete “flexibilización” normativa, alguna comunidad termina flexibilizando su derecho al agua, a la tierra o a la supervivencia. Cada vez que se invoca la palabra “competitividad”, miles de trabajadores descubren que la competitividad consiste básicamente en trabajar más por menos mientras los grandes grupos económicos reciben exenciones, alivios tributarios y garantías estatales.

La ironía es brutal. Durante décadas, el discurso político boliviano se construyó alrededor de la defensa de la soberanía popular, la descolonización y la resistencia frente al neoliberalismo. Ahora el nuevo horizonte parece ser seducir inversionistas extranjeros con promesas de “apertura absoluta”, alivio tributario y reformas estructurales destinadas a generar confianza empresarial. El lenguaje cambió de piel, pero no de dirección. El mercado vuelve a ocupar el lugar del antiguo dios republicano: invisible, incuestionable y siempre hambriento.

Se afirma que estas leyes buscan “formalizar la economía”. Qué expresión tan interesante. Formalizar suele significar disciplinar. Registrar. Vigilar. Incorporar a las poblaciones informales dentro de circuitos de control financiero, tributario y administrativo. El Estado aparece entonces no como garante de derechos colectivos, sino como administrador técnico de flujos económicos. El ciudadano deja de ser sujeto político y se convierte progresivamente en unidad económica cuantificable. Lo importante ya no es la vida digna, sino la productividad medible.

Mientras tanto, los sectores históricamente dominantes recuperan centralidad con una velocidad asombrosa. Agroindustriales, exportadores, inversionistas extranjeros y grandes propietarios son nuevamente presentados como los verdaderos salvadores nacionales. La narrativa es conocida: si ellos prosperan, el país prosperará. Si ellos ganan confianza, habrá empleo. Si ellos acumulan más capital, eventualmente algo “derramará” hacia abajo. Curiosa teoría esa del derrame: lleva décadas prometiendo lluvias y casi siempre termina inundando únicamente los mismos jardines privados.

El trasfondo más inquietante no está solamente en las leyes concretas, sino en la racionalidad que las sostiene. Ya no se gobierna apelando a proyectos colectivos emancipatorios, sino administrando el miedo económico. La crisis se transforma en instrumento pedagógico. Se enseña a la población que debe aceptar sacrificios, pérdida de derechos y concentración económica porque la alternativa sería el caos absoluto. El miedo funciona mejor que cualquier decreto. Un pueblo económicamente angustiado termina aceptando como inevitables medidas que en otro contexto serían consideradas escandalosas.

Y allí aparece el verdadero núcleo del problema: la consolidación silenciosa de una nueva arquitectura de poder. No se trata únicamente de beneficiar empresarios o terratenientes. Se trata de reconstruir un orden social donde ciertos grupos económicos adquieran capacidad estructural para definir políticas públicas, orientar reformas estatales y establecer los límites de lo políticamente posible. El Estado deja gradualmente de representar tensiones sociales para convertirse en operador administrativo de intereses estratégicos.

Por eso el discurso gubernamental insiste tanto en la “eficiencia”. Porque la eficiencia, despojada de cualquier contenido ético o político, suele ser simplemente el nombre elegante de la obediencia económica. Un Estado eficiente para los mercados puede resultar profundamente violento para las comunidades indígenas, para los trabajadores precarizados o para las regiones periféricas. Pero esa violencia rara vez aparece en los informes técnicos. Las estadísticas macroeconómicas poseen una extraordinaria capacidad para ocultar cuerpos concretos.

Resulta incluso sarcástico observar cómo ciertos sectores conservadores, históricamente enfrentados al discurso estatal plurinacional, ahora convergen cómodamente alrededor de estas reformas económicas. El capital posee una virtud extraordinaria: logra reconciliar enemigos ideológicos cuando las oportunidades de acumulación son suficientemente atractivas. La vieja tensión entre nacionalismo popular y élites económicas comienza a diluirse en nombre de la gobernabilidad, la inversión y la estabilidad.

Entonces surge una sospecha incómoda: quizá el objetivo final nunca fue únicamente superar la crisis económica. Quizá la crisis es también una oportunidad privilegiada para reorganizar relaciones de poder, recentralizar decisiones estratégicas y consolidar un modelo donde los sectores económicos dominantes recuperen capacidad de conducción histórica. Las leyes aparecen así no solo como instrumentos jurídicos, sino como dispositivos para fabricar un nuevo tipo de sociedad: más disciplinada, más empresarial, más obediente al mercado y menos capaz de imaginar alternativas colectivas.

La tragedia es que todo esto ocurre mientras se sigue hablando en nombre del pueblo. Siempre en nombre del pueblo. Porque el poder contemporáneo rara vez se presenta como dominación abierta. Prefiere disfrazarse de modernización, estabilidad, consenso técnico o inevitabilidad económica. Ya no necesita imponer silencios violentamente; le basta con administrar discursos, producir necesidades y convencer a la sociedad de que no existe otro camino posible.

Y quizás allí reside el triunfo más sofisticado del nuevo orden: lograr que las propias víctimas de la concentración económica terminen defendiendo las estructuras que profundizan su subordinación, creyendo que proteger los privilegios de las élites equivale a defender la salvación nacional. Una obra maestra del poder. Tan refinada que incluso quienes pierden terminan aplaudiendo mientras se firma su derrota.

EL GOBIERNO DE LOS MEDIOCRES CUANDO LA UNIVERSIDAD PÚBLICA BOLIVIANA DEJA DE PENSAR: KAKOCRACIA, OPORTUNISMO POLÍTICO Y EL COLAPSO LENTO DE UNA SOCIEDAD EN DECANDENCIA

Por Nulfo Yala:

La universidad pública ha dejado de ser un espacio de pensamiento para convertirse en una maquinaria de simulación donde la kakocracia opera con normalidad: se premia la lealtad sobre la capacidad, se escenifica la calidad mediante acreditaciones vacías y se venden rediseños curriculares como si fueran reformas profundas, cuando en realidad son maniobras de legitimación política. En ese ecosistema, la mediocridad no solo se tolera, se institucionaliza, desplazando cualquier atisbo de excelencia y formando sujetos que aprenden a reproducir el mismo esquema de poder que los degradó. Lo más inquietante no es el deterioro interno, sino su irradiación social: una sociedad que normaliza que da lo mismo el peor que el mejor, que prefiere la comodidad del autoengaño antes que enfrentar la crisis, y que aplaude indicadores ficticios mientras el sistema se descompone. No se trata de una falla corregible, sino de un síntoma estructural de decadencia que, administrado con discursos de éxito, avanza hacia un colapso que ya no sorprende, porque ha sido cuidadosamente maquillado para parecer estabilidad.

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Se ha vuelto incómodo nombrarlo, pero más incómodo aún es ignorarlo: la instauración silenciosa de una kakocracia en el interior de las universidades públicas, ese gobierno de los peores que no se presenta como anomalía sino como normalidad administrada. ¿En qué momento la institución que debía custodiar el saber comenzó a reproducir, con una eficacia casi quirúrgica, las formas más burdas del poder? No se trata de un desliz ocasional ni de la corrupción como excepción, sino de un régimen de funcionamiento donde la mediocridad deja de ser un accidente para convertirse en criterio de selección, en norma tácita, en dispositivo de regulación de lo posible.

La universidad, en este escenario, ya no opera como espacio de emancipación, sino como un laboratorio de disciplinamiento donde el mérito incomoda y la crítica estorba. La lógica se invierte: quien cuestiona es problemático, quien calla es funcional, quien se adapta es promovido. Se produce así una economía moral del conformismo, donde el peor no solo compite en igualdad de condiciones con el mejor, sino que frecuentemente lo desplaza. ¿Cómo no leer aquí una microfísica del poder, en el sentido más incisivo, donde las relaciones no se imponen desde arriba de manera visible, sino que circulan, se infiltran, se naturalizan en cada aula, en cada consejo, en cada procedimiento administrativo?

La kakocracia no necesita declararse; se consolida en la repetición de prácticas aparentemente triviales: concursos diseñados para tener un ganador predefinido, rediseños curriculares que simulan transformación mientras reciclan lo obsoleto, acreditaciones convertidas en rituales de legitimación sin sustancia. Se juega a la excelencia como se juega a la democracia en contextos vaciados: una escenificación. ¿Qué se acredita realmente cuando lo que se evalúa es la forma y no el contenido, el expediente y no el conocimiento, el cumplimiento burocrático y no la producción intelectual? La acreditación deviene signo vacío, un símbolo que no remite a nada más que a sí mismo, pero que cumple una función política precisa: legitimar lo ilegítimo.

En este teatro, las autoridades universitarias despliegan un oportunismo refinado. Se abrazan discursos de calidad, innovación y pertinencia social, mientras en el subsuelo institucional operan redes de poder que distribuyen cargos, protegen privilegios y neutralizan cualquier intento de ruptura. No es casual que los procesos de “reforma” aparezcan con mayor intensidad en momentos de crisis de legitimidad: se ofrece el simulacro de cambio para evitar el cambio real. Se administran aspirinas a un organismo que presenta signos evidentes de colapso estructural. ¿Quién se beneficia de esta ilusión terapéutica?

El caso de la universidad Tomás Frías no escapa a esta lógica; más bien, la encarna con una crudeza que debería inquietar. Lo que allí ocurre no queda confinado a sus muros: se irradia hacia la sociedad como modelo de reproducción. Los estudiantes no solo reciben contenidos, reciben formas de entender el poder, de ejercerlo, de tolerarlo. Aprenden que el mérito es negociable, que la excelencia es sospechosa, que la pertenencia a un grupo pesa más que la capacidad. La universidad deja de ser un filtro crítico y se convierte en un amplificador de las patologías sociales.

Aquí se revela el vínculo más perturbador: la kakocracia universitaria no es causa aislada, sino síntoma de una sociedad que ha comenzado a renunciar a sus propios estándares. Una sociedad que prefiere la comodidad del autoengaño antes que el conflicto de la verdad. Se instala una suerte de pacto implícito: no mirar demasiado, no preguntar demasiado, no incomodar demasiado. ¿Para qué, si todo “funciona”? ¿Para qué, si las acreditaciones certifican que todo está bien? La ironía es brutal: cuanto más se proclama la calidad, más se evidencia su ausencia.

El no importismo se convierte en ética dominante. La indignación se diluye en la rutina, la crítica en el cansancio, la evidencia en la narrativa oficial. Se produce una anestesia colectiva que permite que lo intolerable se vuelva cotidiano. Y en ese terreno fértil, la kakocracia florece sin resistencia significativa. No necesita imponerse por la fuerza; le basta con la indiferencia.

El resultado es un sistema que premia la lealtad sobre la competencia, la obediencia sobre la inteligencia, la simulación sobre la creación. Un sistema que, lejos de corregirse, se reproduce con notable eficiencia, porque ha logrado algo más profundo que el control: ha configurado subjetividades. Ha producido individuos que ya no esperan otra cosa, que han internalizado la mediocridad como horizonte posible.

¿No es este el signo más claro de una decadencia estructural? Cuando las instituciones encargadas de pensar la sociedad dejan de pensarla críticamente y se limitan a reproducirla, cuando la universidad abdica de su función incómoda para convertirse en aparato de legitimación, el colapso deja de ser una hipótesis lejana y se convierte en una trayectoria en curso. No se trata de un derrumbe súbito, espectacular, sino de una erosión persistente, casi imperceptible, que avanza mientras se celebra la estabilidad.

La kakocracia universitaria, en este sentido, no es solo un problema institucional; es un espejo. Refleja una sociedad que ha comenzado a aceptar que da lo mismo el peor que el mejor, que ha sustituido la exigencia por la complacencia, la crítica por la consigna, la verdad por la apariencia. Y quizás la pregunta más incómoda no sea cómo corregirla, sino si aún existe la voluntad colectiva de hacerlo. Porque donde todo se ha vuelto equivalente, incluso la idea de transformación corre el riesgo de convertirse en otra simulación más.

LA DERIVA HACIA UN ESTADO FALLIDO EN BOLIVIA: CORRUPCIÓN ESTRUCTURAL, NARCOTRÁFICO Y LA ESCALADA DE LA VIOLENCIA CRIMINAL

Por Nulfo Yala

La ejecución de un magistrado en el corazón del conflicto agrario no es un hecho aislado, sino la irrupción visible de un poder que ya no se oculta: redes criminales que atraviesan tierra, dinero e instituciones y que comienzan a disputar la soberanía misma del Estado. Lo que emerge no es solo violencia, sino un orden paralelo que infiltra, condiciona y reemplaza al derecho, donde la ley pierde fuerza frente a la bala y la riqueza deja de ser cuestionada para convertirse en símbolo incuestionable de éxito. Bajo esta lógica, el crecimiento económico puede esconder capitales oscuros, la corrupción deja de ser excepción para volverse estructura, y la sociedad entera participa, consciente o no, en la normalización del origen ilícito del poder. El asesinato no solo elimina a un individuo: instala el miedo como regla, advierte a quienes deciden y revela un tránsito peligroso hacia un escenario donde el Estado se vacía desde dentro, acercándose a una forma de colapso silencioso en medio de violencia y crisis.

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El asesinato del magistrado decano del Tribunal Agroambiental, Víctor Hugo Claure Hinojoza, en Santa Cruz, no puede ser leído como un hecho policial más. Fue atacado por presuntos sicarios cerca de la medianoche del 30 de abril de 2026, cuando se encontraba en su vehículo; medios nacionales reportan que recibió disparos y que una de las líneas investigativas apunta a posibles conflictos de tierras. ¿Qué significa que un alto miembro del órgano encargado de resolver controversias agrarias sea ejecutado en una región donde la tierra, el dinero y el poder se cruzan de forma tan opaca? ¿Qué clase de mensaje se instala cuando la violencia deja de ocultarse y comienza a hablar en público, con motocicletas, balas y cuerpos expuestos?

La pregunta incómoda no es solo quién mató al magistrado, sino qué estructura hizo posible que ese crimen aparezca como verosímil dentro del paisaje boliviano actual. Santa Cruz ya venía registrando asesinatos a bala que el Ministerio Público y la Policía asociaron, preliminarmente, con organizaciones criminales y posibles ajustes de cuentas. Entonces, ¿se trata de una anomalía o de una gramática nueva del poder criminal? ¿No será que el crimen organizado dejó de actuar como sombra económica y ahora comienza a actuar como soberanía paralela, capaz de administrar miedo, castigo y advertencia?

El problema es que Bolivia ha preferido durante años hablar del narcotráfico como si fuera una enfermedad externa, importada, marginal, casi accidental. Pero los indicios recientes obligan a mirar de frente una hipótesis más dura: las redes criminales no llegaron ayer, sino que pudieron haber convivido largamente con circuitos de dinero, tierra, comercio, protección política, corrupción judicial y tolerancia social. Un reportaje internacional de 2025 describió a Bolivia como un país que pasó de ser principalmente tránsito de droga a un posible enclave de operación criminal, con presencia de redes extranjeras, asesinatos, secuestros y extorsiones vinculadas al narcotráfico. ¿No será que el país está descubriendo tarde lo que ya estaba administrado silenciosamente desde hace años?

La tierra aparece aquí como una superficie material, pero también como archivo político. En Santa Cruz, la expansión agroindustrial y la disputa por áreas boscosas han sido señaladas como factores de tensión económica, social y territorial, especialmente por sus efectos sobre poblaciones indígenas y comunidades locales. La historia agraria boliviana tampoco es inocente: documentos del INRA recuerdan que, en determinados periodos, una pequeña minoría de propietarios concentraba una enorme proporción de la propiedad agraria. ¿Hasta qué punto la gran propiedad ha sido solamente producción, modernidad y eficiencia? ¿Hasta qué punto ha sido también una tecnología de captura, de blanqueamiento, de silencio y de prestigio social?

Sería ingenuo negar que las economías criminales buscan precisamente sectores donde grandes flujos de capital puedan mezclarse con negocios legales, activos territoriales, crédito, exportación, ganado, maquinaria, construcción y redes de influencia. El lavado de dinero tiene efectos económicos y sociales precisamente porque introduce recursos ilícitos dentro del flujo formal de la economía. Entonces, la pregunta queda abierta y molesta: ¿cuántas fortunas son realmente el resultado de productividad y cuántas son monumentos contables levantados sobre dinero sin origen confesable?

El llamado “modelo cruceño” ha sido presentado muchas veces como relato de éxito, emprendimiento, crecimiento y modernización. Pero ¿qué ocurre si parte de ese brillo fuese también una ilusión sostenida por capitales opacos? ¿Qué ocurre si el deseo social de “hacerse rico” en un país pobre terminó volviendo irrelevante la pregunta moral más básica: de dónde viene el dinero? En una sociedad donde el prestigio se mide por camionetas, urbanizaciones, estancias, ganado, edificios y consumo, el dinero deja de ser interrogado y empieza a ser venerado. Allí opera la forma más eficaz del poder: no necesita prohibir, solo necesita producir deseo, admiración y obediencia.

La corrupción estructural del Estado boliviano agrava este escenario. Si la Policía, la justicia, los registros, las instituciones agrarias y las autoridades políticas son percibidas como comprables o intimidables, entonces el crimen organizado no necesita destruir el Estado: le basta con habitarlo. Ese es el punto más oscuro. El Estado fallido no siempre aparece como ausencia total de instituciones, sino como presencia institucional vaciada, donde hay oficinas, sellos, jueces, policías, fiscales y discursos, pero el mando real circula por otros canales. ¿Qué vale una investigación si los investigadores pueden estar condicionados? ¿Qué vale una sentencia si la justicia puede ser sitiada por intereses económicos? ¿Qué vale la ley si la bala empieza a imponerse como lenguaje de decisión?

La ejecución del magistrado introduce un desplazamiento inquietante: ya no se trata únicamente de economías ilegales que buscan proteger sus circuitos, sino de estructuras que parecen dispuestas a intervenir en los espacios donde se define la propiedad, la legalidad y el conflicto. ¿Qué implica que un juez vinculado al ámbito agrario sea asesinado en un contexto donde las hipótesis giran alrededor de tierras y posibles ajustes de cuentas? ¿No se está insinuando, de manera brutal, que la disputa territorial ya no reconoce mediaciones institucionales y comienza a resolverse por fuera del derecho? En ese punto, la violencia no es desorden, sino reorganización del poder.

La experiencia comparada latinoamericana ofrece un espejo incómodo. En países como México, la escalada de violencia vinculada al narcotráfico no comenzó con grandes cárteles plenamente visibles, sino con fases progresivas de infiltración, corrupción, cooptación institucional y normalización social del dinero ilícito. Solo después emergió la violencia abierta como espectáculo disciplinario: cuerpos, mensajes, ejecuciones selectivas. ¿Está Bolivia transitando un umbral similar o aún se encuentra en una fase reversible? La pregunta no es retórica; es estratégica.

Lo que inquieta es que los signos comienzan a alinearse: asesinatos con características de sicariato, circulación de armas, disputas territoriales, economías ilegales con capacidad logística, redes internacionales, percepción social de impunidad y, sobre todo, una progresiva indiferencia colectiva frente al origen del capital. ¿Hasta qué punto la sociedad boliviana ha naturalizado esta lógica? ¿Hasta qué punto la promesa de ascenso económico ha reemplazado cualquier escrutinio ético? Allí se configura un campo de poder donde el dinero no solo compra bienes, sino también legitimidad simbólica.

El problema no se agota en la criminalidad, sino en la forma en que esta reconfigura el ejercicio mismo del poder estatal. Cuando la violencia deja de ser excepcional y se vuelve un instrumento comunicativo, lo que se está disputando es la soberanía. ¿Quién decide en última instancia sobre la vida, la propiedad, el territorio y el castigo? ¿El Estado o estructuras paralelas que operan con mayor eficacia y menor restricción normativa? Si la respuesta comienza a inclinarse hacia estas últimas, la noción de Estado deja de ser una realidad y se convierte en una ficción administrativa.

En este escenario, la idea de “Estado fallido” debe ser pensada con precisión. No se trata de una caída súbita, sino de una erosión gradual donde las funciones esenciales son capturadas o neutralizadas. El control territorial se fragmenta, la justicia pierde autoridad, la policía pierde legitimidad y la violencia se privatiza. ¿No es precisamente ese el proceso que comienza a insinuarse cuando un magistrado puede ser ejecutado sin que el hecho produzca una reacción institucional contundente capaz de restituir confianza? El silencio o la respuesta débil también comunican: indican límites, muestran incapacidad, habilitan nuevas acciones.

A su vez, la violencia tiene una dimensión pedagógica. No solo elimina a un individuo, sino que envía un mensaje a todos los demás: jueces, fiscales, políticos, empresarios, campesinos, dirigentes, ciudadanos. Enseña qué se puede hacer, hasta dónde se puede llegar y cuáles son las consecuencias de intervenir en ciertos conflictos. En ese sentido, el asesinato del magistrado no es únicamente un crimen; es un acto de producción de miedo, una advertencia que busca reorganizar comportamientos. ¿Cuántas decisiones futuras serán condicionadas por ese hecho? ¿Cuántos actores optarán por callar, negociar o retirarse?

La cuestión final es más inquietante que cualquier diagnóstico: ¿está Bolivia asistiendo al tránsito de un orden donde el poder se legitimaba jurídicamente hacia otro donde el poder se impone por la capacidad de ejercer violencia directa? Si esa transición se consolida, el problema ya no será únicamente el narcotráfico o la corrupción, sino la mutación del propio régimen de verdad que organiza la vida social. La ley dejaría de ser referencia y la fuerza se convertiría en criterio.

Entonces, la muerte del magistrado no puede ser reducida a una estadística más. Funciona como síntoma. Un síntoma que obliga a preguntarse si lo que se observa es el inicio de una nueva fase o la revelación tardía de una realidad que siempre estuvo operando bajo la superficie. ¿Cuánto de lo que hoy aparece como crisis es, en realidad, la visibilidad de un orden que durante años se prefirió no ver? ¿Y cuánto tiempo más puede sostenerse esa negación antes de que la violencia deje de ser señal y se convierta en norma?

MILEI CONTRA KARL MARX: IGNORANCIA CON PODER Y ALTAVOZ

Por Nulfo Yala:

Cuando el poder renuncia a la razón y se refugia en la condena moral, el debate público deja de existir y es sustituido por un espectáculo de exorcismos ideológicos donde pensar se vuelve sospechoso; convertir a Karl Marx en figura demoníaca no solo evidencia ignorancia, sino una estrategia deliberada para clausurar toda crítica al orden económico vigente, y cuando esa operación es ejecutada desde la tribuna de Javier Milei con la solemnidad de un reconocimiento académico, lo que se revela no es fortaleza intelectual sino una profunda fragilidad: la incapacidad de sostener un sistema sin fabricar enemigos absolutos, sin distorsionar ideas y sin convertir la política en una cruzada donde la complejidad es sacrificada en nombre de consignas tan ruidosas como vacías.

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El poder, cuando percibe amenazada su arquitectura simbólica, rara vez responde con argumentos; prefiere producir figuras del enemigo que permitan clausurar la discusión antes de que esta comience. En ese gesto, la crítica se transforma en un ritual de purificación y el lenguaje en un instrumento de excomunión. Así ocurre cuando Javier Milei decide nombrar a Karl Marx no como interlocutor, sino como encarnación de lo demoníaco. La operación no es ingenua ni anecdótica: es profundamente funcional. Convertir a un autor en figura satánica implica desplazarlo fuera del campo de lo discutible. Ya no se trata de debatir categorías, ni de refutar hipótesis, ni de confrontar diagnósticos sobre el capitalismo; se trata de erradicar simbólicamente una amenaza. El pensamiento, en ese contexto, deja de ser un ejercicio crítico para convertirse en un campo de batalla moral donde todo disenso es sospechoso de impureza.

La acusación de “satanismo” dirigida al marxismo revela más sobre la fragilidad del discurso que la enuncia que sobre el objeto que pretende condenar. Allí donde la teoría exige rigor conceptual, se introduce una retórica teológica que simplifica, distorsiona y finalmente anula la complejidad. El marxismo, con toda su densidad histórica, filosófica y económica, es reducido a una caricatura moral construida a partir de emociones primarias como el miedo y la repulsión. En ese desplazamiento, el campo político se vacía de contenido analítico y se llena de categorías religiosas: bien y mal, pureza y corrupción, salvación y condena. La ironía es brutal: quien se presenta como adalid de la racionalidad económica termina recurriendo a un lenguaje que pertenece al ámbito de la fe, no del análisis.

Pero el problema no se agota en la ignorancia conceptual; adquiere una dimensión más inquietante cuando se observa su función estratégica. Nombrar al marxismo como una teoría de “exterminio” no es simplemente un error, sino una forma de construir una amenaza absoluta que justifique cualquier forma de exclusión. El lenguaje se convierte en un dispositivo de poder que produce realidades: instala la idea de que toda crítica al orden económico vigente es potencialmente violenta, irracional o destructiva. En ese marco, el debate queda cancelado antes de iniciarse, porque nadie discute con aquello que ha sido previamente definido como maligno. La política se reduce entonces a una gestión de miedos, donde el enemigo no debe ser comprendido, sino eliminado del horizonte de lo pensable.

La escena en la que estas afirmaciones son pronunciadas añade una capa adicional de gravedad. No se trata de una declaración marginal o improvisada, sino de un discurso emitido en un contexto de legitimación académica, bajo la investidura de un reconocimiento honorífico. La universidad, históricamente concebida como espacio de crítica y producción de conocimiento, aparece aquí convertida en escenario de validación ideológica. La paradoja es evidente: en el lugar donde debería fomentarse el pensamiento complejo, se celebra la simplificación extrema; donde debería incentivarse el debate, se consagra la condena. El título honorífico no legitima el discurso, pero sí evidencia la capacidad del poder para colonizar incluso los espacios que deberían resistirlo.

La transformación del conflicto social en un relato moralizante constituye quizás el núcleo más problemático de esta retórica. Las tensiones estructurales del capitalismo, la desigualdad persistente, la concentración de riqueza y la precarización de la vida desaparecen del análisis. En su lugar, emergen categorías afectivas que individualizan y despolitizan el problema: envidia, odio, resentimiento. La crítica al sistema deja de ser una posición racional para convertirse en una patología emocional. De este modo, se invierte la carga del problema: no es el sistema el que produce desigualdad, sino los individuos los que reaccionan de manera “incorrecta” frente a él. La operación es eficaz porque desactiva cualquier posibilidad de cuestionamiento estructural y la reemplaza por un juicio moral sobre los sujetos.

El sarcasmo de la situación alcanza niveles casi grotescos. En nombre de la libertad, se construyen discursos que eliminan la pluralidad; en defensa de la racionalidad, se recurre a categorías místicas; en oposición al totalitarismo, se produce un lenguaje que no admite matices ni diferencias. La figura del enemigo absoluto se vuelve indispensable para sostener una narrativa que no tolera la ambigüedad. Y en ese proceso, el pensamiento crítico es desplazado por la repetición de consignas que operan más como actos de fe que como argumentos. Lo que se presenta como una defensa de valores termina siendo, en realidad, una estrategia de simplificación que empobrece el debate público.

Lo que queda al final no es una discusión sobre ideas, sino una evidencia inquietante: la política contemporánea, en ciertos sectores, ha renunciado a la complejidad y ha optado por la dramatización moral como forma de control. Porque discutir a Marx exige leerlo, comprenderlo, situarlo históricamente y confrontar sus tesis con argumentos sólidos. Acusarlo de satanismo, en cambio, solo requiere convicción y un auditorio dispuesto a aceptar la simplificación. Y es precisamente ahí donde se revela la dimensión trágica del fenómeno: no en la existencia de ideas que incomodan al poder, sino en la incapacidad de ese poder para enfrentarlas sin recurrir a la demonización.

LA FIESTA DEL FÚTBOL EN LA ERA DEL GENOCIDIO Y LA DEVASTACIÓN MUNDIAL POR EL IMPERIALISMO

Por: Nulfo Yala

La organización de un Mundial de fútbol en medio de guerras, genocidios y tensiones geopolíticas revela la coherencia de un orden global que convierte el espectáculo en un mecanismo para gestionar emociones y desviar la atención de la violencia estructural. El fútbol se inserta en una lógica económica y política dominada por intereses imperiales, con Estados Unidos como eje y figuras como Donald Trump que explicitan esa voluntad de control, mientras conflictos como Gaza o la agresión a Irán se normalizan en segundo plano. En este contexto, organismos como la FIFA operan como actores clave de una economía del entretenimiento que transforma el deporte en un dispositivo de distracción masiva, capaz de canalizar afectos y sostener un sistema donde la celebración y la devastación conviven sin ruptura aparente.

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En la escena global contemporánea, el poder ya no se esconde detrás de discursos solemnes ni de promesas civilizatorias; se exhibe con una tranquilidad casi obscena, como si la evidencia de su funcionamiento ya no requiriera justificación alguna. En ese paisaje, la organización de un Mundial de fútbol no aparece como una anomalía frente a la crisis planetaria, sino como una de sus expresiones más coherentes. Mientras regiones enteras son devastadas por guerras, desplazamientos forzados y economías de muerte, la maquinaria internacional se moviliza con precisión milimétrica para garantizar que el calendario del espectáculo no se altere. No se trata de un descuido ni de una desconexión accidental, sino de una forma específica de ordenar el mundo: producir simultáneamente la tragedia y la distracción, administrar el dolor y, a la vez, asegurar que este no interrumpa el flujo del entretenimiento.

La gestión de las emociones colectivas se ha convertido en un campo estratégico. El Mundial no es únicamente una competencia deportiva, sino un dispositivo capaz de reconfigurar la sensibilidad global. Se produce una suerte de desplazamiento en la jerarquía de lo importante: lo urgente deja de ser la vida amenazada en territorios en conflicto, para convertirse en el resultado de un partido, en la expectativa de una final, en la discusión interminable sobre decisiones arbitrales. Este cambio no es ingenuo. Se instala una temporalidad paralela donde la intensidad afectiva se canaliza hacia objetos seguros, previsibles, consumibles. El grito en el estadio sustituye al grito ante la injusticia; la euforia colectiva desplaza la indignación política. No porque las personas sean incapaces de percibir la realidad, sino porque el entorno está saturado de estímulos que reorganizan la atención, que diluyen la posibilidad de fijar la mirada en aquello que incomoda.

En este entramado, la lógica imperial se despliega sin necesidad de máscaras. Estados Unidos continúa operando como eje estructurante de un orden global que privilegia sus intereses económicos y estratégicos, y figuras como Donald Trump no hacen más que condensar y exhibir esa voluntad de dominio en su forma más explícita. La pretensión de someter al mundo a una racionalidad empresarial, donde todo es negociable, donde incluso la guerra puede leerse en términos de rentabilidad, encuentra en el fútbol un aliado inesperadamente eficaz. El balón se convierte en mercancía, en símbolo y en herramienta. No es solo un juego, es un nodo dentro de una red de negocios, patrocinios, derechos de transmisión y posicionamientos geopolíticos. Bajo la superficie de la competencia deportiva, circulan capitales y se consolidan jerarquías.

Mientras tanto, la violencia extrema continúa su curso con una regularidad que roza la normalización. El genocidio en Gaza se inscribe en una dinámica donde la repetición de la tragedia termina por erosionar su capacidad de conmover. La agresión a Irán responde a la misma lógica de intervención y control, donde los territorios se convierten en piezas dentro de un tablero estratégico más amplio. Lo verdaderamente perturbador no es solo la existencia de estos conflictos, sino su convivencia con la celebración global del espectáculo. Como si el mundo hubiera aprendido a vivir en una doble dimensión: una donde la muerte se contabiliza y otra donde se festeja un gol con una intensidad que parece negar todo lo demás.

En este contexto, los administradores del fútbol global dejan de ser simples organizadores de torneos para convertirse en actores centrales de una economía del entretenimiento que funciona como engranaje del poder. La FIFA, lejos de encarnar valores deportivos universales, opera como una corporación que articula intereses económicos, políticos y mediáticos. Su capacidad para convocar audiencias masivas la convierte en un instrumento privilegiado para canalizar la atención global. Se vende la idea de unidad entre naciones, de fraternidad en la competencia, mientras se silencian las asimetrías profundas que atraviesan ese mismo sistema internacional. El espectáculo se presenta como neutral, pero su neutralidad es precisamente lo que lo hace funcional.

El Mundial se configura así como un ritual contemporáneo que no elimina el conflicto, sino que lo encubre bajo una capa de celebración permanente. No es que el pueblo sea engañado de manera simple; es que participa activamente en una dinámica que le ofrece sentido, pertenencia y emoción en medio de un entorno incierto. El problema no radica en disfrutar del fútbol, sino en la facilidad con la que ese disfrute puede ser instrumentalizado para neutralizar la crítica, para desplazar la mirada, para convertir la indignación en ruido de fondo. La banalidad del mundo no se manifiesta en la existencia del espectáculo, sino en su capacidad para coexistir sin fricción aparente con la devastación. En esa convivencia, en ese equilibrio inquietante entre fiesta y tragedia, se revela una de las formas más sofisticadas de dominación: aquella que no necesita imponerse por la fuerza constante, porque ha aprendido a gobernar a través de lo que entretiene.

LEY 157: LA RECONFIGURACIÓN DEL RÉGIMEN DE LA TIERRA AL SERVICIO DEL PODER TERRATENIENTE EMPRESARIAL

Por: Nulfo Yala

La operación es tan simple como brutal: el Estado nombra “pequeña propiedad” a lo que en la práctica son extensiones agroempresariales millonarias, y con ese gesto convierte la ilegalidad en derecho, la concentración en normalidad y el despojo en política pública; la Función Económico Social se vacía de contenido, las verificaciones se aplazan, y en pocos días se consolida un régimen agrario con un gobierno, que, en nombre del desarrollo, consolida el poder de terratenientes que acumulan tierras más grandes que algunos países europeos; la ironía es obscena, en un país donde la mayoría no posee ni un metro cuadrado, la ley no redistribuye, protege, no corrige, legitima, no equilibra, profundiza una desigualdad estructural sostenida por un aparato jurídico que no falla, sino que funciona exactamente como fue diseñado.

 

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La racionalidad del poder no se manifiesta en su forma más cruda, sino en su capacidad de nombrar. Llamar “pequeña propiedad ganadera” a un predio de 400 hectáreas no es un error técnico ni una simple distorsión administrativa; es una operación discursiva cuidadosamente diseñada. El acto de nombrar produce realidad, legitima prácticas y ordena jerarquías. En este caso, el Estado no solo clasifica la tierra, sino que reconfigura el campo social al convertir unidades agroempresariales en ficciones jurídicas de subsistencia familiar. La ironía es evidente: la ley, que en apariencia limita la acumulación, se convierte en el instrumento más eficaz para expandirla.

La Función Económico-Social, ese principio que debería operar como mecanismo de control, aparece aquí como un ritual vacío. No importa si hay ganado o no, si la tierra cumple o no su función declarada; lo relevante es que el dispositivo legal ha sido capturado. La imagen satelital, fría e irrefutable, muestra monocultivos mecanizados donde debería haber prácticas tradicionales. Pero el poder no necesita ocultar la evidencia, basta con reinterpretarla. La verdad deja de ser un problema técnico y se convierte en una cuestión de administración política: lo que se ve no importa, lo que se reconoce sí.

En este escenario, el proyecto de ley que propone la conversión automática de estas propiedades no introduce una ruptura, sino que perfecciona el dispositivo. Diez días bastan para transformar lo que antes requería justificación en un derecho consolidado. La velocidad del trámite no es eficiencia administrativa, es una tecnología de normalización. Lo ilegal no se sanciona, se regulariza; lo irregular no se corrige, se institucionaliza. Se trata de un gesto elegante del poder: en lugar de perseguir la ilegalidad, la absorbe.

La comparación con las cooperativas auríferas no es casual. En ambos casos, la lógica es idéntica: fragmentar jurídicamente lo que en la práctica opera como concentración económica. La figura de la “pequeña unidad” funciona como un escudo fiscal y político. Así, millones de dólares circulan bajo la apariencia de economías de subsistencia. La pregunta no es por qué ocurre, sino para quién está diseñado el sistema. La respuesta se vuelve incómodamente evidente.

Mientras tanto, la mayor parte del pueblo boliviano permanece al margen de este juego semántico. No se trata solo de desigualdad en la distribución de la tierra, sino de exclusión en el acceso a los mecanismos que la producen. Para quienes no poseen ni un metro cuadrado, la ley no es una herramienta, es un límite. La promesa de redistribución se disuelve en procedimientos que, en teoría, deberían garantizarla. La paradoja es brutal: en un país que constitucionalmente reconoce la función social de la tierra, la acumulación se consolida bajo la protección del propio orden jurídico.

La dimensión territorial de esta desigualdad adquiere proporciones casi absurdas. Existen propiedades cuya extensión supera la de varios países europeos, pero que siguen siendo, en el papel, “pequeñas”. No es un error de escala, es una decisión política. El territorio deja de ser un espacio de vida para convertirse en un activo financiero, administrado bajo lógicas empresariales y protegido por el aparato estatal. La concentración no solo es económica, es también simbólica: quien controla la tierra controla el relato sobre ella.

En este contexto, la corrupción no aparece como una desviación del sistema, sino como su condición de posibilidad. El “negociado de tierras” no es una anomalía, es la forma en que el poder se reproduce. Legalizar lo ilegal, aplazar verificaciones, omitir controles, todo forma parte de una misma arquitectura. El Estado no es un árbitro neutral, es un actor que participa activamente en la redistribución desigual de los recursos.

La ironía final es que todo esto se realiza en nombre del desarrollo, de la productividad, del crecimiento económico. Conceptos que, en su aparente neutralidad técnica, encubren decisiones profundamente políticas. Se promueve una modernización agraria que, lejos de democratizar la tierra, la concentra aún más. Se habla de eficiencia mientras se legitima la exclusión. Se invoca la legalidad para consolidar la desigualdad.

Así, el poder no necesita imponerse mediante la fuerza. Opera a través de leyes, categorías y procedimientos que parecen razonables. La violencia no es visible, pero es efectiva. No se expulsa a los sin tierra, simplemente se les deja fuera del lenguaje que distribuye derechos. Y en ese silencio, cuidadosamente administrado, se construye una de las formas más sofisticadas de dominación.

LA DIPLOMACIA DE LA SUBORDINACIÓN DEL GOBIERNO BOLIVIANO. LA PELIGROSA DERIVA DE LA POLÍTICA EXTERIOR BOLIVIANA DE SOMETIMIENTO A WASHINGTON Y TEL AVIV

Por Nulfo Yala

Bolivia enfrenta un escenario peligroso al alinearse acríticamente con el proyecto geopolítico impulsado por Estados Unidos y respaldado por Israel, una decisión que puede arrastrar al país hacia conflictos internacionales que no le pertenecen y que superan ampliamente sus capacidades estratégicas. El restablecimiento de relaciones con Israel y las declaraciones de su embajador señalando a Irán como una amenaza introducen al territorio boliviano en una narrativa de confrontación global que abre la puerta a dinámicas de inteligencia, presión diplomática y posibles represalias derivadas de la guerra promovida por Washington contra Teherán. Bolivia un país con debilidades institucionales, corrupción estructural y profundas desigualdades sociales, asumir posiciones geopolíticas subordinadas no fortalece la soberanía ni protege a la población, sino que expone al Estado a riesgos innecesarios al convertirlo en aliado menor dentro de disputas imperiales cuyas consecuencias siempre terminan pagándose en las periferias del mundo.

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Todo alineamiento político es, antes que una decisión estratégica, una operación de poder. No se trata únicamente de con quién se firman acuerdos o se restablecen embajadas, sino de qué régimen de verdad se acepta como válido y qué lógicas externas comienzan a organizar las decisiones internas del Estado. En ese marco surge una pregunta que debería preceder a cualquier gesto diplomático: ¿qué ocurre cuando un país frágil decide incorporarse, sin reservas ni cálculo prudente, al proyecto geopolítico de una potencia que ha declarado abiertamente su voluntad de confrontación global?

El alineamiento del gobierno boliviano con el bloque encabezado por Donald Trump no puede analizarse como un simple giro ideológico. Se trata de una inserción explícita en una lógica imperial que concibe el mundo como un tablero de amenazas, enemigos y zonas de control. En esa lógica, los países pequeños no son sujetos soberanos, sino espacios funcionales. La pregunta entonces es inevitable: ¿Bolivia está siendo considerada un socio o un territorio disponible dentro de una estrategia mayor?

Este riesgo se vuelve aún más evidente cuando el alineamiento con Estados Unidos se articula con una relación política estrecha con el Estado de Israel. La reanudación de relaciones diplomáticas no es un acto neutro en el contexto actual. Israel no es solo un actor diplomático; es un Estado cuya política exterior está profundamente ligada a operaciones de inteligencia, vigilancia estratégica y confrontación regional. ¿Se ha evaluado seriamente qué implica abrir nuevamente ese canal en un país con instituciones débiles y altos niveles de penetración política y corrupción? ¿O se ha asumido ingenuamente que la diplomacia es un terreno inocuo, ajeno a las lógicas de seguridad y control que acompañan a ciertos Estados?

La cuestión deja de ser abstracta cuando representantes diplomáticos israelíes realizan declaraciones públicas que exceden ampliamente el marco del respeto a la soberanía nacional. Afirmar que “donde está Irán hay peligro” no es una frase diplomática, es una advertencia política cargada de intencionalidad estratégica. Surge entonces una pregunta inquietante: ¿con qué autoridad un embajador extranjero define amenazas dentro del territorio boliviano? ¿Desde cuándo la evaluación de riesgos geopolíticos internos de Bolivia se formula desde discursos importados?

Esa declaración no solo construye un enemigo simbólico, sino que instala a Bolivia dentro de una narrativa de confrontación que no le pertenece. Al sugerir que la presencia diplomática iraní constituye un peligro, se empuja al Estado boliviano a asumir una posición en un conflicto que no ha iniciado y que no puede controlar. La pregunta central es directa: ¿quién decidió que Bolivia debía convertirse en escenario discursivo, y potencialmente operativo, de la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán?

El peligro no es retórico. La guerra impulsada por Estados Unidos contra Irán no se limita a acciones militares directas. Es una guerra híbrida, económica, diplomática, de inteligencia y de posicionamientos estratégicos. En ese tipo de conflictos, los países alineados funcionan como nodos secundarios, como espacios de presión o de observación. Surge entonces una pregunta que debería alarmar a cualquier gobierno responsable: ¿qué capacidad tiene Bolivia para protegerse de las consecuencias de una confrontación internacional de esa magnitud?

Bolivia no posee sistemas de defensa avanzados, ni infraestructura de inteligencia propia capaz de controlar operaciones externas, ni una diplomacia con peso suficiente para amortiguar represalias. En ese contexto, permitir que actores extranjeros instalen narrativas de amenaza dentro del país equivale a aceptar una pérdida efectiva de control soberano. ¿Quién garantiza que Bolivia no se convierta en un objetivo indirecto de represalias políticas, económicas o incluso estratégicas, simplemente por haber aceptado un alineamiento acrítico?

El problema se profundiza cuando este alineamiento se produce bajo una política exterior improvisada. No hay señales claras de una doctrina diplomática basada en la neutralidad activa o en la prudencia estratégica. Lo que se observa es una sucesión de gestos ideológicos que buscan demostrar lealtad al bloque imperial. Surge entonces una pregunta incómoda: ¿a quién se está intentando convencer, a la ciudadanía boliviana o a los centros de poder externos?

La historia reciente demuestra que el poder imperial no protege a sus aliados por afinidad moral, sino por conveniencia. Cuando esa conveniencia desaparece, los aliados quedan expuestos. El caso venezolano es ilustrativo: el interés estadounidense fluctúa, los gobiernos pasan a ser fichas intercambiables y las consecuencias recaen sobre las poblaciones. Frente a esa evidencia, la pregunta resulta inevitable: ¿por qué Bolivia debería asumir los riesgos de una guerra que no es suya, promovida por ambiciones que no controla y sostenida por actores que no garantizan nada a cambio?

El alineamiento con Israel y con la agenda de confrontación contra Irán introduce además un riesgo interno adicional. La presencia de operaciones de inteligencia extranjera en un país con debilidades institucionales no fortalece la democracia, la vulnera. La vigilancia, la recopilación de información y la influencia en decisiones políticas no son hipótesis teóricas, son prácticas conocidas. Surge entonces una pregunta fundamental: ¿está el Estado boliviano en condiciones de regular, controlar y limitar esas dinámicas o está aceptando pasivamente una intromisión estructural en su soberanía?

En última instancia, el problema no es solamente geopolítico. Es político en el sentido más profundo. Un gobierno que decide someter su política exterior a los intereses de un proyecto imperial redefine el lugar del país en el mundo y, al mismo tiempo, redefine el valor de su propia población. La ciudadanía pasa de ser sujeto de derechos a ser variable de riesgo dentro de estrategias ajenas. La pregunta final, inevitable y perturbadora, permanece abierta: ¿quién asumirá las consecuencias cuando Bolivia descubra que el precio del alineamiento no era diplomático, sino existencial?

Porque los imperios siempre sobreviven a sus guerras. Los países pequeños, en cambio, cargan con las ruinas.

 

RETOS DE LA TRANSICIÓN ENERGÉTICA DESDE EL SUR GLOBAL

Por: Milenka Almanza

El planeta tierra tiene alrededor de 4.5 mil millones de años, este tiempo es colosal en relación al escaso tiempo que lleva el ser humano (Homo sapiens) en la tierra, tan solo 300,000 a 350,000 años, que representa  apenas 0.0066% de la edad de la Tierra.

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Si bien el ser humano habita la tierra ese corto tiempo, un grupo reducido de humanos en apenas dos siglos  transformado radicalmente el mundo, basada en la lógica de acumulación indefinida. La revolución Industrial unos de los eventos históricos vistos desde la humanidad, como triunfo ha dado paso para consolidar el capitalismo como sistema dominante en una planeta mega diverso que no solo es habitado por humanos.

Esa nueva dinámica mundial supuso y supone una escalada tremenda en el uso de energía que se extrae de los ecosistemas en forma de petróleo (principalmente), gas natural o carbón que en resumen son fuentes fósiles y no renovables. En términos generales a provocado un desequilibrio ecológico en el flujo de energía en los ecosistemas y ha llevado a una crisis ambiental, ecológica y climática sin presidentes, logrando hacer crecer las economías mundiales a costa del sacrificio ambiental.

Este uso de energía para los procesos productivos, transportes locales- globales y uso residencial y servicios ha ido en franco crecimiento en el tiempo. Estos datos son fríos si no se analiza de donde provienen las fuentes de energía, que implica su extracción.

En un contexto de insostenibilidad global, resulta insuficiente apelar a la ‘humanidad’ como responsable. Quienes han provocado la crisis -élites corporativa- pretenden ahora monopolizar el relato de la transición energética, reduciéndola a un recambio tecnológico que no cuestiona la lógica extractivita ni la desigualdad estructural.

DINAMICAS DE PODER INHERENTES

Los países del norte global, históricamente favorecidos por el intercambio desigual de materias primas y de la división internacional del trabajo, han derivado en progresión de poder, que subordina a los territorios del sur global, a exportar a la naturaleza de sus territorios.

Para eso, es necesario comprender la lógica de la transición: pasar de los combustibles fósiles que se basan en el extractivismo a pasar a la transición energética que se basa en la extracción de minerales “críticos (Litio, Cobalto y tierras raras), que casualmente están en los países del sur global, históricamente saqueados, pero esta vez se constituye en un campo de batalla de poder en bloques; es decir de los países o Estados dominantes convencionales (Estados Unidos, Unión Europea) y los emergentes como China.

Esos poderes del  Norte Global desean mantener intactas sus dinámicas consumistas, no pretender reducir sus tazas de consumo y demanda de energía, sino, solo cambiar de fuente de energía, así delimitan las reglas del juego y definir qué proyectos son viables y cuáles no. Los países del Norte global definen el riesgo a  través de financieras tradicionales (FMI – Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial), así países como Bolivia, Argentina y Chile que poseen los minerales “críticos”, pero no capital para industrializarlos, subordinan sus decisiones que tendrían que ser soberanas a arbitrajes corporativas. Como ejemplo la extracción del litio en Bolivia, pasa por intereses geopolíticos corporativos en disputa, mientras el riesgo ambiental de desastre es alto por la alta demanda de agua en ecosistemas hiperáridos y las comunidades originarias no son sujetos de consultas previas libres e informadas, de manera idónea y ética.

¿LAS TECNOLOGIAS EMERGENTES O ENERGIAS RENOVABLES SON LA SOLUCIÓN?

La transición energética no solo es un canje de fuentes de energía, ya que no elimina la dependencia geopolítica, sola la desplaza. No es solo pensar en que las soluciones se basan en los paneles solares y las turbinas de generación de energía eólica. El problema pasa por una nueva forma de colonización, a través del extractivismo verde, un nuevo rostro del capitalismo, mimetizados como ambientalmente necesarios.

Con la denominada transición energética corporativa, el uso de espacios para la instalación de parques eólicos  o megaproyectos fotovoltaicos, por ejemplo, hace uso de  grandes extensiones de terreno en México en tierras que son de uso colectivo y/o de comunidades indígenas originarias que suelen ser desplazadas.

La lógica de acumulación por desposesión se amplifica a recursos donde los minerales “críticos” se encuentran en ecosistemas más vulnerables como los salares o en territorios donde se producen más desigualdades sociambientales globales como la extracción de cobalto en el Congo. Entonces se  constituyen en primera instancia como falsas soluciones a la crisis climática, y son soluciones ambiguas que n descolonizan la transición, sino la mercantilizan.

CONCLUSIONES

En definitiva los retos desde el sur global, para la transición energética, son complejos, donde el poder tiene la posibilidad de definir las crisis o transiciones a su manera y bajo sus reglas.

La transición energética no solo pasa por ser un reto técnico de cambio de fuentes de energía más “limpias” que muestran soluciones ambiguas e insuficientes. Es necesario replantear la escala con que sean usadas las renovables, para quienes y para que uso, sin sobrepasar la soberanía energética comunitaria, dejar de exportar naturaleza, que se enmascaran como  soluciones en base a los extractivismos verdes. No seguir mimetizando peligrosamente  la continuidad del colonialismo en este caso además ecológico, que no cambia la lógica extractiva y de poder geopolítica, sino cambia el recurso explotado.

La transición energética tendrá que pasar por soberanías comunitarias, no corporativas, con justicia global. Donde las demandas de energía sean las mínimas y coherentes con las dinámicas ecosistemicas que han evolucionado y subsistido por  millones de años.

LA LUCHA DEL PUMA POR SOBREVIVIR EN TERRITORIO POTOSINO

Por: Milenka Almanza

Estos conflictos emergieron porque todo este enmarañado de desequilibrios en el ecosistema producto de la actividad humana que se supedita a intereses económicos, en una evidente mercantilización de la vida, busca la ganancia máxima para la especie humana. Sumado por la dejadez de las autoridades Municipales, Departamentales y Nacionales.

 

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Los hechos suscitados en el Departamento de Potosí – Bolivia en enero de 2026,  han quedado en la retina y las fibras más hondas de la relación humanos con la naturaleza. Circuló  en varias redes sociales un video de un Puma (Puma concolor) en el Municipio de Vitichi, que había sido alcanzado por una trampa puesta para eliminarlo con tal saña que no les basto con atraparlo, sino que le tiraron  piedras mientras él rugía desesperado y se estima que lo habrían matado de esa forma.

Esta situación es sumamente alarmante, porque no es un hecho aislado y porque invisibiliza la importancia ecológica de esta especie de supradepredador en los ecosistemas, valor que muchas veces es ignorada por las comunidades y analizar su implicancia es urgente.

Entender que el puma andino es una alusión de interconexiones evolutivas, ecológicas, históricas e incluso culturales, nos brinda un pantallazo preliminar. Esta especie posee una gran capacidad de adaptación a diferentes hábitats, puede vivir incluso en zonas con poca vegetación en zonas abiertas. Aunque de acuerdo al Libro Rojo de Vertebrados de Bolivia (2009) el Puma si bien tiene requerimientos de hábitat generalistas, posee densidades poblacionales bajas. Ha sido removido de listas rojas previas, solo en base a datos de poblaciones en tierras bajas de Bolivia; el mismo texto de la versión del 2009, asevera que las poblaciones de puma en las tierras altas de Bolivia han sido eliminadas o son bajas.

Estos datos son preocupantes, pues el Puma es un carnívoro terciario o supradepredador y su ausencia o reducción de sus poblaciones tiene efectos adversos en el ecosistema.

Actualmente el Municipio de Vitichi no cuenta con censo de poblaciones y densidad de individuos de esta especie de félidos – aunque por la ley de transferencia de energía los pumas por lo general tienen una baja densidad poblacional y por ende requieren de extensas áreas para cazar – lo que exacerba el problema, lo invisibilisa y crea una mentís de acciones de los habitantes humanos actuales de este territorio, pues, el Puma es uno de los animales por excelencia en el mundo prehispánico, sobre todo por su fiereza y considerado además un Dios, representado en textiles, arquitectura. Incluso muchos apellidos derivan de ese vocablo.

Esta situación ha derivado en un evidente conflicto animal – humanos, que no solo se da en Vitichi sino que es  la causa principal de la casi desaparición de esta especie en la región de los Andes bolivianos.

Esto se evidencia en algunos comentarios en  la red social Facebook al respecto: “No son cazadores, son campesinos defendiendo su ganado”; “a estas horas ya lo habrán hecho charchi (vocablo quechua, para carne seca o deshidratada) ; “En Vitichi se suele utilizar esas trampas dañinas para el ecosistema, incluso en una ocasión se comieron al pobre puma, sancionen a su alcalde incompetente” “¿cómo le explicas al comunario la pérdida de su ganado  que es el sustento de su familia?, se tiene que ver ambas caras de la moneda”; “Hagan una ley que favorezca a los animalitos protegidos y también al comunario, no es solo decir animales protegidos y quién responde por los daños que dejan a los comunarios cuando matan su ganado, ojo no solo matan uno sino de 5 para arriba, tienen que ver ambas caras de la moneda y no es solo decir pobre animalito, hace años en sabaya se lo mataron 20 a 50 llamas y los dueños llorando por la televisión y no escuché decir pobres comunarios, solo veo a gente hipócrita que sale sin propuestas”; ¿qué crees que la llama va vivir en casa ? Y donde va comer de día, ese animal no perdona ni de día ni de noche y al dueño quien le va resarcir por eses (esos) daños”; de noche tiene corral las llamas, el puma igual entra de día el ganado va al cerro a comer pasto y cuando mata el puma, mata de 20 y más y quien nos devuelve tantas cabezas, muerto, muerto es ni para vender ni para comer da”.

Es innegable el descontento (en algunos casos animadversión)  de estas personas con la presencia del Puma en el territorio. Por esa razón en este artículo planteo que el origen de esta problemática va más allá de solo pensar al Puma como un ser que irrumpe arbitrariamente en los intereses de los ganaderos de la zona. La presencia más frecuencia de este félido, no es casualidad o saña, responde a la confluencia de factores interconectados que en suma fragmentan su hábitat, lo desplazan y en muchos casos acaban incluso con las especies, aunado por los efectos de contaminación de cuerpos de agua (sobre todo el rio Vitichi) y aire con agentes de polución, ruido y vibraciones que generan por ejemplo actividades mineras.

En ese marco, de acuerdo al El Servicio Nacional de Registro y Control de la Comercialización de Minerales y Metales -SENARECOM (2025), existe actividad minera en el Municipio de Vitichi – a pesar de tener un alto potencial productivo frutícola- Además el Alcalde de Vitichi Silverio Donaire en 2024 denuncio que su Municipio es afectado por la contaminación de ríos. Entonces hay elementos importantes para establecer que el factor minería en la zona  aporta a la problemática, pues  la minería afecta a la biodiversidad en múltiples escalas.

Otro aspecto importante en el análisis es  la invasión de hábitats por aumento en los espacios poblacionales y la ganadería intensiva de camélidos. El elemento anterior y este denotan un umbral antropocentrista de esta problemática.

Por esta razón es sustancial comprender que los Pumas son supradepredadores; es decir, que en teoría se encuentra en la cima de la cadena alimentaria, o que no tiene depredador; sin embargo, en el caso del Puma atrapado en Vitichi y otros, no se cumpliría esta premisa, ya que está siendo cazado con frecuencia por el ser humano, convirtiéndose este en su depredador.

Lo más preocupante en este caso, es la fragmentación de hábitats que  puede tener relación con la instalación de actividades mineras de acuerdo a Primack (2002). En el caso particular acerca de la perdida de la conectividad ecológica. Los pumas al ser forzados a moverse por paisajes fragmentados, entran en contacto con ganado y personas y cazar en lugares y presas que en otrora no eran usuales.  Cuando las habitas se fragmentan las poblaciones de presas disminuyen, razón por la cual los Pumas están recurriendo con más frecuencia a cazar llamas (Lama glama) y ovejas (Ovis aries) en la zona.

Y si indagamos más profundo en la cadena trófica, habrá que comprender que la fragmentación de hábitat no solo afecta a los Pumas, sino también a los depredadores secundarios, para el caso particular de estudio pueden ser zorros o víboras de los cuales se alimenta el Puma también. Es  posible que las poblaciones de estos depredadores secundarios estén mermando y así afectando toda la cadena trófica.

En definitiva, estos conflictos emergieron porque todo este enmarañado de desequilibrios en el ecosistema producto de la actividad humana que se supedita a intereses económicos, en una evidente mercantilización de la vida, busca la ganancia máxima para la especie humana. Sumado por la dejadez de las autoridades Municipales, Departamentales y Nacionales. Un marco normativo boliviano escaso y  limitado a:  Constitución Política del Estado, Ley 1333 de Medio Ambiente relacionado a delitos ambientales por caza ilegal , Ley 300 Marco de Madre Tierra y Bolivia es signataria de convenios Internacionales como el Convenio Internacional sobre la Diversidad Biológica.

En ese escenario de urgencia, son necesarias proyectos e investigaciones profundas que se centren en la conservación del Puma y la integralidad del ecosistema, ejecutadas por todos los niveles del Estado y Organizaciones de la Sociedad Civil. Evaluaciones de causas de mortalidad de ganado por depredación versus  muertes por mal nutrición, por ejemplo. Ya que el ser humano si puede matar al ganado, porque en su lógica se justifica que genera ganancia económica su muerte; sin embargo, el puma no puede matar al ganado porque en la lógica humana el nicho ecológico el puma o su función ecosistémica no importan.

A nivel comunal se pueden instaurar vigilias nocturnas comunitarias acompañadas por la cría de canes.  Cambiar la crianza intensiva de las especies camélidas y ovinas; es decir, pensar los usos posibles que el ganado dará al hato. Los comunarios y dueños de ganado, tendrán que invertir en sitios que acojan adecuadamente al ganado.

Las Autoridades antes de considerar resarcimientos económicos a los pecuarios por pérdida de ganado por depredación del Puma, habrán de indagar pertinentemente sobre el origen holístico de esta problemática, de lo contrario  nuevamente se estarían reduciendo la problemática a la dimensión económica y asistencialista.

En definitiva este conflicto es asimétrico y es producto de un asedio invisible de la actividad humana por actividades mineras, ganadería intensiva u otros y no alcanza a entender  que el puma como supradepredador,  es el máximo regulador del ecosistema y la fragmentación de su hábitat desestabiliza toda la red trófica. Su conservación es un indicador de la salud y conectividad del paisaje. Su papel ecológico del Puma  es insustituible y requiere justica ambiental.

EL IMPERIO SIN MÁSCARA: FUERZA, SILENCIO Y SUMISIÓN EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

Por Nulfo Yala

Aquí se derrumba la narrativa del mundo multipolar. Aquella promesa de un equilibrio entre grandes potencias se revela como una construcción discursiva sin correlato práctico. En el momento decisivo, cuando el poder exige demostración y no retórica, solo uno actúa sin restricciones. Los demás calculan, retroceden o guardan silencio. Las llamadas potencias emergentes muestran así su verdadero estatuto: actores relevantes en el comercio y la tecnología, pero subordinados en el terreno decisivo de la fuerza. El imperio no ha sido reemplazado; simplemente ha dejado de fingir que comparte el poder.

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La escena se inaugura con un acto que, incluso si se lo quisiera vestir con argumentos de legitimidad política o de seguridad internacional, no resiste el más mínimo examen normativo. No se trata aquí de una discusión técnica sobre legalidades ambiguas o interpretaciones forzadas del derecho internacional, sino de algo más crudo y decisivo: la suspensión de toda forma de disimulo. La agresión militar se presenta como voluntad desnuda, como decisión soberana que no busca aprobación ni consenso. El poder deja de fingir que responde a reglas y se afirma como pura capacidad de imposición. En ese gesto se rompe una larga tradición de hipocresía diplomática: ya no se invade en nombre de la paz, se invade porque se puede.

Reducir este acontecimiento a la lógica del petróleo es una explicación insuficiente y, en cierto sentido, tranquilizadora. Los recursos materiales son importantes, pero funcionan como coartadas racionales para un impulso más profundo: la necesidad de reafirmar una centralidad imperial que percibe amenazas simbólicas más que militares. El objetivo no es únicamente controlar un territorio o garantizar flujos energéticos, sino reafirmar una jerarquía global en crisis. El poder hegemónico actúa para recordarle al mundo que sigue siendo el centro gravitacional del sistema, el árbitro último que decide cuándo las normas existen y cuándo pueden ser ignoradas.

Esta agresión no es un hecho aislado ni una anomalía histórica; es un mensaje cuidadosamente emitido. No se dirige solo al país intervenido, sino a todos los Estados que observan, calculan y toman nota. El mensaje es simple y brutal: la desobediencia tiene costos, y esos costos no serán administrados por tribunales ni sanciones multilaterales, sino por la fuerza militar directa. El imperialismo abandona la sutileza y adopta el lenguaje del castigo ejemplar. Se gobierna menos por consenso que por escarmiento, menos por persuasión que por intimidación sistemática.

El episodio funciona también como un experimento geopolítico. Una prueba empírica para medir la reacción de quienes se presentan como contrapesos del orden unipolar. China y Rusia aparecen en escena como actores interpelados, pero no como verdaderos antagonistas. Sus respuestas, cuidadosamente calibradas, confirman una verdad incómoda: no están dispuestas a asumir los costos de una confrontación real. Las declaraciones de condena, los llamados a la prudencia y las apelaciones al derecho internacional revelan más temor que convicción. El lenguaje diplomático se convierte en una forma elegante de admitir impotencia.

Aquí se derrumba la narrativa del mundo multipolar. Aquella promesa de un equilibrio entre grandes potencias se revela como una construcción discursiva sin correlato práctico. En el momento decisivo, cuando el poder exige demostración y no retórica, solo uno actúa sin restricciones. Los demás calculan, retroceden o guardan silencio. Las llamadas potencias emergentes muestran así su verdadero estatuto: actores relevantes en el comercio y la tecnología, pero subordinados en el terreno decisivo de la fuerza. El imperio no ha sido reemplazado; simplemente ha dejado de fingir que comparte el poder.

Europa ocupa en este escenario un lugar particularmente incómodo. Su discurso moralista convive con una obediencia estructural que roza el vasallaje. La indignación es cuidadosamente dosificada para no alterar alianzas estratégicas ni compromisos militares. Se condena sin consecuencias, se protesta sin riesgos. Otros Estados, menos sofisticados y más dependientes, ni siquiera ensayan la crítica: se apresuran a alinearse, convencidos de que la sumisión es la forma más segura de supervivencia. El orden internacional se revela así como una pirámide de miedos, no como una comunidad de iguales.

Las instituciones internacionales quedan expuestas como estructuras vaciadas de eficacia. Naciones Unidas y organismos afines funcionan como escenarios ceremoniales donde se pronuncian discursos solemnes que no alteran el curso de los hechos. La legalidad internacional subsiste como archivo, no como límite real al poder. Cuando la fuerza decide actuar, el derecho se convierte en comentario posterior, en nota al pie de una historia escrita por los vencedores. La promesa de un orden regulado por normas se disuelve frente a la evidencia de que la ley no protege a quien no tiene poder.

En este marco emerge la figura del emperador contemporáneo, no como anomalía personal, sino como síntoma histórico. El paralelismo con Nerón no remite a la extravagancia, sino a la confusión entre voluntad individual y destino colectivo. La diferencia es de escala y de consecuencias: el imperio actual no amenaza ciudades, amenaza al sistema entero. La humanidad ingresa así en una etapa marcada por el miedo estructural, donde nadie está verdaderamente a salvo y donde la estabilidad depende del humor, el delirio y la ambición de un poder sin frenos. No se inaugura una era de progreso, sino un tiempo oscuro en el que el mundo aprende, demasiado tarde, que la fuerza sin límites no conduce al orden, sino a la catástrofe.