Por Nulfo Yala:
Los tiempos oscuros no anuncian su llegada con relámpagos. Llegan con acuerdos, con sonrisas, con llamadas al “centro”. Llegan porque alguien dejó la puerta abierta. Y hoy esa puerta no está abierta: está derrumbada. La izquierda, en su orgía de destrucción interna, ha decidido suicidarse en vivo. Y los fascistas, cómodamente sentados, gozan del espectáculo. Saben que sólo deben esperar el acto final para entrar en escena. Esta vez, sin máscaras. Porque esta vez, si ganan, no dejarán títere con cabeza.
Bolivia, esa herida abierta entre el desierto y la montaña, vuelve a sangrar. No por manos extranjeras, como tantas veces nos repitió el mito fundacional del antiimperialismo, sino por una implosión autoinfligida, visceral, casi ritual. La izquierda, antaño bastión de esperanza popular, hoy baila al borde del abismo, arrastrada por el ego de un caudillo que ha confundido su cuerpo con el cuerpo del Estado y su voluntad con la historia misma. No se trata ya de errores tácticos o de diferencias ideológicas. Se trata de un culto a la permanencia que ha superado todo principio de racionalidad política. Evo Morales no dirige una corriente: preside un delirio.
La patología del poder tiene en Bolivia su propio nombre y apellido. Y es esta enfermedad —no ideológica, sino pulsional— la que ha abierto las puertas al viejo enemigo. Porque mientras la izquierda se desangra en una guerra de egos y lealtades fallidas, el fascismo acecha. No como un espectro ajeno, sino como una parte constitutiva de nuestra memoria política. Bolivia no es ajena al fascismo; lo ha cobijado, maquillado, y reciclado bajo formas siempre nuevas. Lo hemos visto con botas y con corbata, con crucifijo y con uniforme, en las cámaras legislativas y en las calles encapuchadas. No es un retorno. Es una continuidad.

Pero esta vez, la catástrofe no vendrá desde la sorpresa ni desde el golpe. Vendrá con los brazos abiertos por quienes, desencantados, confundan orden con justicia, castigo con moral, y exterminio con renovación. Porque la derecha boliviana ha aprendido algo de su último fracaso: las máscaras funcionan. Ya no necesita gritones: necesita gerentes. Los herederos de Camacho y compañía, aunque estén entre rejas o en el limbo judicial, no han perdido su voz. La han moderado. Han aprendido a disfrazarse de esperanza. Han domesticado el odio con gramática tecnocrática. Y mientras la izquierda se aniquila, ellos afilan los cuchillos con discursos de gestión, promesas de eficiencia y nostalgia de un país “que funcionaba” bajo la bota.
Todo esto no sería tan eficaz si no fuera por el espectáculo grotesco que ofrece la izquierda. Como si de una tragedia barroca se tratara, el viejo líder organiza la implosión con precisión quirúrgica, convencido de que todo lo que no es él es traición. Cede así el escenario a sus enemigos, como un rey decadente que incendia el palacio antes de abandonar el trono. En esta escena no hay héroes, sólo ruinas. Y los espectadores, agotados, aplauden la caída sin saber que lo que viene después no será redención, sino castigo.
Detrás de los candidatos “sexis” (término utilizado por uno de los candidatos a la vicepresidencia de una alianza de derecha), de los logos renovados y de los discursos centrados en la productividad y la seguridad, se esconde el núcleo duro del fascismo boliviano: racista, colonial, misógino y vengativo. No quieren gobernar: quieren arrasar. No buscan reconciliación: desean revancha. Y saben que ahora tienen una oportunidad que no pueden dejar pasar. Porque la democracia boliviana —frágil, maltratada, instrumentalizada— ha perdido sus defensores más consistentes, que se han convertido en verdugos de sí mismos.
El nacionalismo y el regionalismo —esos viejos diablos que siempre vuelven cuando el hambre y el odio se combinan— resuenan con fuerza renovada. Y no ya sólo en las bocas de los ultraderechistas de siempre, sino también en quienes, decepcionados por la podredumbre del progresismo, buscan respuestas fáciles a dolores reales. Así se construyen los monstruos: no con ideas, sino con resentimientos. La cárcel no es su fin. Es su marketing. Se venden como mártires y se preparan como conquistadores.
En esta coreografía macabra, Evo y sus fieles no son antagonistas del fascismo: son su antesala. Cada error, cada persecución a la disidencia, cada decisión autoritaria del viejo caudillo es un regalo a sus enemigos, que no tendrán que hacer el trabajo sucio de destruir la izquierda, porque ya está hecha pedazos. Sólo deben esperar, al acecho, que el cadáver enfríe para tomar el poder sin resistencia.
Y cuando lo hagan —porque lo harán, si nada cambia— no habrá espacio para la ingenuidad. Vendrán por todo. Vendrán por la memoria, por la historia, por la tierra y por los cuerpos. Vendrán con leyes y con balas, con alianzas internacionales y con milicias locales. Vendrán a purgar, como siempre han querido, lo que consideran una desviación: el mestizaje insolente, el indígena politizado, el pobre empoderado.
Los tiempos oscuros no anuncian su llegada con relámpagos. Llegan con acuerdos, con sonrisas, con llamadas al “centro”. Llegan porque alguien dejó la puerta abierta. Y hoy esa puerta no está abierta: está derrumbada. La izquierda, en su orgía de destrucción interna, ha decidido suicidarse en vivo. Y los fascistas, cómodamente sentados, gozan del espectáculo. Saben que sólo deben esperar el acto final para entrar en escena. Esta vez, sin máscaras. Porque esta vez, si ganan, no dejarán títere con cabeza.

