Por Nulfo Yala
La historia demuestra que los fascismos nunca se anuncian como tales. Llegan disfrazados de sentido común, de orden, de familia, de Dios, de progreso y de patria. El desafío para el país consiste en reconocer la sutileza del avance y comprender que las palabras, los símbolos y los gestos importan. Importan porque son la primera advertencia. Y las advertencias, cuando no se escuchan, se transforman en destinos.

El país asiste a una escena conocida, casi repetida con el cinismo de quien cree haber descubierto una verdad original mientras desempolva viejas consignas que ya fueron el preludio de tragedias históricas. El presidente Rodrigo Paz, en un gesto que parece inspirado más en un museo del autoritarismo que en la memoria plurinacional del Estado, pronuncia la tríada “Dios, patria y familia”, como si Mussolini no hubiese existido jamás o como si Hugo Banzer no hubiese inscrito su versión tropicalizada de ese credo en el imaginario político boliviano. Nadie puede fingir inocencia: estos lemas no son adornos retóricos; son marcas ideológicas que, cuando aparecen, suelen anunciar el rumbo que se quiere tomar. Y el rumbo rara vez ha sido democrático.
Resulta casi teatral que, en pleno siglo XXI y en una Bolivia que se concibió a sí misma como plurinacional, se vuelva a recitar la liturgia nacionalista de los viejos regímenes. Cuando el mandatario advierte, con una naturalidad pasmosa, que quienes no demuestren compromiso con “la patria bajo el mandato de su gobierno” deberán atenerse a las consecuencias, el lenguaje empieza a caminar peligrosamente hacia la frontera del autoritarismo. No se trata de una metáfora: es la actualización contemporánea de la clásica amenaza que sustenta todo proyecto fascista, esa que exige obediencia disfrazada de patriotismo y castigo legitimado como defensa del orden.
A ello se suma la voluntad simbólica de reinstalar escudos republicanos mientras se disuelven los signos plurinacionales, como si la diversidad estuviera sobrando en un país que justamente se definió por su multiplicidad. La sustitución de una iconografía por otra no es inocente; es un acto de ingeniería política destinado a reconfigurar el imaginario colectivo. El fascismo del siglo XX empezó exactamente así: recuperaciones “tradicionales” que parecían costumbristas, pero que eran en realidad el cemento ideológico del centralismo nacionalista que después devoró a pueblos enteros. Los fascismos nunca irrumpen a gritos: empiezan con símbolos, gestos, slogans y un enemigo difuso que justifica cada nueva restricción.
En esta lógica, la súbita fascinación del presidente por el modelo carcelario de Nayib Bukele resulta particularmente reveladora. En Bolivia no existe el fenómeno de pandillas al estilo salvadoreño, pero aun así se busca asesoría penitenciaria del mandatario más celebrado por la derecha global autoritaria. La pregunta surge sola, incómoda y urgente: ¿cárceles para qué tipo de amenaza?, ¿para qué tipo de enemigo interno? En los viejos manuales del fascismo, el disidente siempre encuentra un lugar reservado entre barrotes. La preocupación no es paranoia: la historia ya dejó suficientes ejemplos de cómo se construyen las justificaciones para encarcelar a quienes no encajan en el proyecto hegemónico.
Otro elemento que llama la atención es el acercamiento expedito con las élites económicas del oriente del país, aquellas que desde hace décadas impulsan agendas de reconfiguración territorial bajo nombres que mutan pero no se disipan: federalización, autonomía radical, nación camba. Estas ideas, presentadas como modernización o descentralización, han alimentado imaginarios separatistas que hoy pueden encontrar tierra fértil si el poder político central decide legitimarlas a cambio de apoyo. La balcanización nunca empieza con un decreto, sino con un guiño. Y el guiño ya ocurrió.
No es casual que, en Santa Cruz, se hayan producido episodios de furia simbólica, como los ataques al rostro del Che Guevara en espacios sindicales o la decisión municipal de reemplazar una avenida que llevaba su nombre por el de un jerarca eclesial. Son gestos que buscan reescribir la memoria, borrar referentes incómodos y celebrar una identidad política homogénea y conservadora. Mussolini y Hitler también empezaron destruyendo símbolos, retirando nombres, inhibiendo memorias alternativas para allanar el camino a una verdad única. Lo que ocurre en Bolivia hoy podría ser leído como un eco tardío de aquellas prácticas iniciales: pequeños golpes contra la pluralidad que, sumados, anuncian un proyecto ideológico de mayor escala.
El cuadro se completa cuando se observa la simpatía explícita hacia las corrientes neoconservadoras globales y hacia la figura de Donald Trump, cuya visión del mundo combina un autoritarismo nacionalista con un desprecio evidente por la diversidad, el multilateralismo y los derechos humanos. El alineamiento con esta agenda internacional no es irrelevante: los fascismos contemporáneos no se construyen en aislamiento; se articulan en red, se validan mutuamente y comparten métodos de domesticación social. Bolivia podría estar ingresando a ese circuito con una velocidad que la ciudadanía aún no dimensiona.
El peligro, en suma, no se encuentra en una frase suelta, ni en una visita diplomática, ni en el rediseño de un escudo. Se encuentra en la acumulación de todos estos elementos: el revival de lemas fascistas, las amenazas veladas al disenso, la recentralización simbólica de la nación, la alianza con élites interesadas en fragmentar el país, la importación de modelos punitivos sin necesidad real y el alineamiento ideológico con las derechas autoritarias globales. Cada pieza, por separado, podría parecer una anécdota; juntas, forman un mapa inquietante del rumbo político que el gobierno está insinuando.
La historia demuestra que los fascismos nunca se anuncian como tales. Llegan disfrazados de sentido común, de orden, de familia, de Dios, de progreso y de patria. El desafío para el país consiste en reconocer la sutileza del avance y comprender que las palabras, los símbolos y los gestos importan. Importan porque son la primera advertencia. Y las advertencias, cuando no se escuchan, se transforman en destinos.

