Por: Milenka Almanza
El planeta tierra tiene alrededor de 4.5 mil millones de años, este tiempo es colosal en relación al escaso tiempo que lleva el ser humano (Homo sapiens) en la tierra, tan solo 300,000 a 350,000 años, que representa apenas 0.0066% de la edad de la Tierra.

Si bien el ser humano habita la tierra ese corto tiempo, un grupo reducido de humanos en apenas dos siglos transformado radicalmente el mundo, basada en la lógica de acumulación indefinida. La revolución Industrial unos de los eventos históricos vistos desde la humanidad, como triunfo ha dado paso para consolidar el capitalismo como sistema dominante en una planeta mega diverso que no solo es habitado por humanos.
Esa nueva dinámica mundial supuso y supone una escalada tremenda en el uso de energía que se extrae de los ecosistemas en forma de petróleo (principalmente), gas natural o carbón que en resumen son fuentes fósiles y no renovables. En términos generales a provocado un desequilibrio ecológico en el flujo de energía en los ecosistemas y ha llevado a una crisis ambiental, ecológica y climática sin presidentes, logrando hacer crecer las economías mundiales a costa del sacrificio ambiental.
Este uso de energía para los procesos productivos, transportes locales- globales y uso residencial y servicios ha ido en franco crecimiento en el tiempo. Estos datos son fríos si no se analiza de donde provienen las fuentes de energía, que implica su extracción.
En un contexto de insostenibilidad global, resulta insuficiente apelar a la ‘humanidad’ como responsable. Quienes han provocado la crisis -élites corporativa- pretenden ahora monopolizar el relato de la transición energética, reduciéndola a un recambio tecnológico que no cuestiona la lógica extractivita ni la desigualdad estructural.
DINAMICAS DE PODER INHERENTES
Los países del norte global, históricamente favorecidos por el intercambio desigual de materias primas y de la división internacional del trabajo, han derivado en progresión de poder, que subordina a los territorios del sur global, a exportar a la naturaleza de sus territorios.
Para eso, es necesario comprender la lógica de la transición: pasar de los combustibles fósiles que se basan en el extractivismo a pasar a la transición energética que se basa en la extracción de minerales “críticos (Litio, Cobalto y tierras raras), que casualmente están en los países del sur global, históricamente saqueados, pero esta vez se constituye en un campo de batalla de poder en bloques; es decir de los países o Estados dominantes convencionales (Estados Unidos, Unión Europea) y los emergentes como China.
Esos poderes del Norte Global desean mantener intactas sus dinámicas consumistas, no pretender reducir sus tazas de consumo y demanda de energía, sino, solo cambiar de fuente de energía, así delimitan las reglas del juego y definir qué proyectos son viables y cuáles no. Los países del Norte global definen el riesgo a través de financieras tradicionales (FMI – Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial), así países como Bolivia, Argentina y Chile que poseen los minerales “críticos”, pero no capital para industrializarlos, subordinan sus decisiones que tendrían que ser soberanas a arbitrajes corporativas. Como ejemplo la extracción del litio en Bolivia, pasa por intereses geopolíticos corporativos en disputa, mientras el riesgo ambiental de desastre es alto por la alta demanda de agua en ecosistemas hiperáridos y las comunidades originarias no son sujetos de consultas previas libres e informadas, de manera idónea y ética.
¿LAS TECNOLOGIAS EMERGENTES O ENERGIAS RENOVABLES SON LA SOLUCIÓN?
La transición energética no solo es un canje de fuentes de energía, ya que no elimina la dependencia geopolítica, sola la desplaza. No es solo pensar en que las soluciones se basan en los paneles solares y las turbinas de generación de energía eólica. El problema pasa por una nueva forma de colonización, a través del extractivismo verde, un nuevo rostro del capitalismo, mimetizados como ambientalmente necesarios.
Con la denominada transición energética corporativa, el uso de espacios para la instalación de parques eólicos o megaproyectos fotovoltaicos, por ejemplo, hace uso de grandes extensiones de terreno en México en tierras que son de uso colectivo y/o de comunidades indígenas originarias que suelen ser desplazadas.
La lógica de acumulación por desposesión se amplifica a recursos donde los minerales “críticos” se encuentran en ecosistemas más vulnerables como los salares o en territorios donde se producen más desigualdades sociambientales globales como la extracción de cobalto en el Congo. Entonces se constituyen en primera instancia como falsas soluciones a la crisis climática, y son soluciones ambiguas que n descolonizan la transición, sino la mercantilizan.
CONCLUSIONES
En definitiva los retos desde el sur global, para la transición energética, son complejos, donde el poder tiene la posibilidad de definir las crisis o transiciones a su manera y bajo sus reglas.
La transición energética no solo pasa por ser un reto técnico de cambio de fuentes de energía más “limpias” que muestran soluciones ambiguas e insuficientes. Es necesario replantear la escala con que sean usadas las renovables, para quienes y para que uso, sin sobrepasar la soberanía energética comunitaria, dejar de exportar naturaleza, que se enmascaran como soluciones en base a los extractivismos verdes. No seguir mimetizando peligrosamente la continuidad del colonialismo en este caso además ecológico, que no cambia la lógica extractiva y de poder geopolítica, sino cambia el recurso explotado.
La transición energética tendrá que pasar por soberanías comunitarias, no corporativas, con justicia global. Donde las demandas de energía sean las mínimas y coherentes con las dinámicas ecosistemicas que han evolucionado y subsistido por millones de años.

