MILEI CONTRA KARL MARX: IGNORANCIA CON PODER Y ALTAVOZ

Por Nulfo Yala:

Cuando el poder renuncia a la razón y se refugia en la condena moral, el debate público deja de existir y es sustituido por un espectáculo de exorcismos ideológicos donde pensar se vuelve sospechoso; convertir a Karl Marx en figura demoníaca no solo evidencia ignorancia, sino una estrategia deliberada para clausurar toda crítica al orden económico vigente, y cuando esa operación es ejecutada desde la tribuna de Javier Milei con la solemnidad de un reconocimiento académico, lo que se revela no es fortaleza intelectual sino una profunda fragilidad: la incapacidad de sostener un sistema sin fabricar enemigos absolutos, sin distorsionar ideas y sin convertir la política en una cruzada donde la complejidad es sacrificada en nombre de consignas tan ruidosas como vacías.

Acontravia.com

El poder, cuando percibe amenazada su arquitectura simbólica, rara vez responde con argumentos; prefiere producir figuras del enemigo que permitan clausurar la discusión antes de que esta comience. En ese gesto, la crítica se transforma en un ritual de purificación y el lenguaje en un instrumento de excomunión. Así ocurre cuando Javier Milei decide nombrar a Karl Marx no como interlocutor, sino como encarnación de lo demoníaco. La operación no es ingenua ni anecdótica: es profundamente funcional. Convertir a un autor en figura satánica implica desplazarlo fuera del campo de lo discutible. Ya no se trata de debatir categorías, ni de refutar hipótesis, ni de confrontar diagnósticos sobre el capitalismo; se trata de erradicar simbólicamente una amenaza. El pensamiento, en ese contexto, deja de ser un ejercicio crítico para convertirse en un campo de batalla moral donde todo disenso es sospechoso de impureza.

La acusación de “satanismo” dirigida al marxismo revela más sobre la fragilidad del discurso que la enuncia que sobre el objeto que pretende condenar. Allí donde la teoría exige rigor conceptual, se introduce una retórica teológica que simplifica, distorsiona y finalmente anula la complejidad. El marxismo, con toda su densidad histórica, filosófica y económica, es reducido a una caricatura moral construida a partir de emociones primarias como el miedo y la repulsión. En ese desplazamiento, el campo político se vacía de contenido analítico y se llena de categorías religiosas: bien y mal, pureza y corrupción, salvación y condena. La ironía es brutal: quien se presenta como adalid de la racionalidad económica termina recurriendo a un lenguaje que pertenece al ámbito de la fe, no del análisis.

Pero el problema no se agota en la ignorancia conceptual; adquiere una dimensión más inquietante cuando se observa su función estratégica. Nombrar al marxismo como una teoría de “exterminio” no es simplemente un error, sino una forma de construir una amenaza absoluta que justifique cualquier forma de exclusión. El lenguaje se convierte en un dispositivo de poder que produce realidades: instala la idea de que toda crítica al orden económico vigente es potencialmente violenta, irracional o destructiva. En ese marco, el debate queda cancelado antes de iniciarse, porque nadie discute con aquello que ha sido previamente definido como maligno. La política se reduce entonces a una gestión de miedos, donde el enemigo no debe ser comprendido, sino eliminado del horizonte de lo pensable.

La escena en la que estas afirmaciones son pronunciadas añade una capa adicional de gravedad. No se trata de una declaración marginal o improvisada, sino de un discurso emitido en un contexto de legitimación académica, bajo la investidura de un reconocimiento honorífico. La universidad, históricamente concebida como espacio de crítica y producción de conocimiento, aparece aquí convertida en escenario de validación ideológica. La paradoja es evidente: en el lugar donde debería fomentarse el pensamiento complejo, se celebra la simplificación extrema; donde debería incentivarse el debate, se consagra la condena. El título honorífico no legitima el discurso, pero sí evidencia la capacidad del poder para colonizar incluso los espacios que deberían resistirlo.

La transformación del conflicto social en un relato moralizante constituye quizás el núcleo más problemático de esta retórica. Las tensiones estructurales del capitalismo, la desigualdad persistente, la concentración de riqueza y la precarización de la vida desaparecen del análisis. En su lugar, emergen categorías afectivas que individualizan y despolitizan el problema: envidia, odio, resentimiento. La crítica al sistema deja de ser una posición racional para convertirse en una patología emocional. De este modo, se invierte la carga del problema: no es el sistema el que produce desigualdad, sino los individuos los que reaccionan de manera “incorrecta” frente a él. La operación es eficaz porque desactiva cualquier posibilidad de cuestionamiento estructural y la reemplaza por un juicio moral sobre los sujetos.

El sarcasmo de la situación alcanza niveles casi grotescos. En nombre de la libertad, se construyen discursos que eliminan la pluralidad; en defensa de la racionalidad, se recurre a categorías místicas; en oposición al totalitarismo, se produce un lenguaje que no admite matices ni diferencias. La figura del enemigo absoluto se vuelve indispensable para sostener una narrativa que no tolera la ambigüedad. Y en ese proceso, el pensamiento crítico es desplazado por la repetición de consignas que operan más como actos de fe que como argumentos. Lo que se presenta como una defensa de valores termina siendo, en realidad, una estrategia de simplificación que empobrece el debate público.

Lo que queda al final no es una discusión sobre ideas, sino una evidencia inquietante: la política contemporánea, en ciertos sectores, ha renunciado a la complejidad y ha optado por la dramatización moral como forma de control. Porque discutir a Marx exige leerlo, comprenderlo, situarlo históricamente y confrontar sus tesis con argumentos sólidos. Acusarlo de satanismo, en cambio, solo requiere convicción y un auditorio dispuesto a aceptar la simplificación. Y es precisamente ahí donde se revela la dimensión trágica del fenómeno: no en la existencia de ideas que incomodan al poder, sino en la incapacidad de ese poder para enfrentarlas sin recurrir a la demonización.