EL GOBIERNO DE LOS MEDIOCRES CUANDO LA UNIVERSIDAD PÚBLICA BOLIVIANA DEJA DE PENSAR: KAKOCRACIA, OPORTUNISMO POLÍTICO Y EL COLAPSO LENTO DE UNA SOCIEDAD EN DECANDENCIA

Por Nulfo Yala:

La universidad pública ha dejado de ser un espacio de pensamiento para convertirse en una maquinaria de simulación donde la kakocracia opera con normalidad: se premia la lealtad sobre la capacidad, se escenifica la calidad mediante acreditaciones vacías y se venden rediseños curriculares como si fueran reformas profundas, cuando en realidad son maniobras de legitimación política. En ese ecosistema, la mediocridad no solo se tolera, se institucionaliza, desplazando cualquier atisbo de excelencia y formando sujetos que aprenden a reproducir el mismo esquema de poder que los degradó. Lo más inquietante no es el deterioro interno, sino su irradiación social: una sociedad que normaliza que da lo mismo el peor que el mejor, que prefiere la comodidad del autoengaño antes que enfrentar la crisis, y que aplaude indicadores ficticios mientras el sistema se descompone. No se trata de una falla corregible, sino de un síntoma estructural de decadencia que, administrado con discursos de éxito, avanza hacia un colapso que ya no sorprende, porque ha sido cuidadosamente maquillado para parecer estabilidad.

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Se ha vuelto incómodo nombrarlo, pero más incómodo aún es ignorarlo: la instauración silenciosa de una kakocracia en el interior de las universidades públicas, ese gobierno de los peores que no se presenta como anomalía sino como normalidad administrada. ¿En qué momento la institución que debía custodiar el saber comenzó a reproducir, con una eficacia casi quirúrgica, las formas más burdas del poder? No se trata de un desliz ocasional ni de la corrupción como excepción, sino de un régimen de funcionamiento donde la mediocridad deja de ser un accidente para convertirse en criterio de selección, en norma tácita, en dispositivo de regulación de lo posible.

La universidad, en este escenario, ya no opera como espacio de emancipación, sino como un laboratorio de disciplinamiento donde el mérito incomoda y la crítica estorba. La lógica se invierte: quien cuestiona es problemático, quien calla es funcional, quien se adapta es promovido. Se produce así una economía moral del conformismo, donde el peor no solo compite en igualdad de condiciones con el mejor, sino que frecuentemente lo desplaza. ¿Cómo no leer aquí una microfísica del poder, en el sentido más incisivo, donde las relaciones no se imponen desde arriba de manera visible, sino que circulan, se infiltran, se naturalizan en cada aula, en cada consejo, en cada procedimiento administrativo?

La kakocracia no necesita declararse; se consolida en la repetición de prácticas aparentemente triviales: concursos diseñados para tener un ganador predefinido, rediseños curriculares que simulan transformación mientras reciclan lo obsoleto, acreditaciones convertidas en rituales de legitimación sin sustancia. Se juega a la excelencia como se juega a la democracia en contextos vaciados: una escenificación. ¿Qué se acredita realmente cuando lo que se evalúa es la forma y no el contenido, el expediente y no el conocimiento, el cumplimiento burocrático y no la producción intelectual? La acreditación deviene signo vacío, un símbolo que no remite a nada más que a sí mismo, pero que cumple una función política precisa: legitimar lo ilegítimo.

En este teatro, las autoridades universitarias despliegan un oportunismo refinado. Se abrazan discursos de calidad, innovación y pertinencia social, mientras en el subsuelo institucional operan redes de poder que distribuyen cargos, protegen privilegios y neutralizan cualquier intento de ruptura. No es casual que los procesos de “reforma” aparezcan con mayor intensidad en momentos de crisis de legitimidad: se ofrece el simulacro de cambio para evitar el cambio real. Se administran aspirinas a un organismo que presenta signos evidentes de colapso estructural. ¿Quién se beneficia de esta ilusión terapéutica?

El caso de la universidad Tomás Frías no escapa a esta lógica; más bien, la encarna con una crudeza que debería inquietar. Lo que allí ocurre no queda confinado a sus muros: se irradia hacia la sociedad como modelo de reproducción. Los estudiantes no solo reciben contenidos, reciben formas de entender el poder, de ejercerlo, de tolerarlo. Aprenden que el mérito es negociable, que la excelencia es sospechosa, que la pertenencia a un grupo pesa más que la capacidad. La universidad deja de ser un filtro crítico y se convierte en un amplificador de las patologías sociales.

Aquí se revela el vínculo más perturbador: la kakocracia universitaria no es causa aislada, sino síntoma de una sociedad que ha comenzado a renunciar a sus propios estándares. Una sociedad que prefiere la comodidad del autoengaño antes que el conflicto de la verdad. Se instala una suerte de pacto implícito: no mirar demasiado, no preguntar demasiado, no incomodar demasiado. ¿Para qué, si todo “funciona”? ¿Para qué, si las acreditaciones certifican que todo está bien? La ironía es brutal: cuanto más se proclama la calidad, más se evidencia su ausencia.

El no importismo se convierte en ética dominante. La indignación se diluye en la rutina, la crítica en el cansancio, la evidencia en la narrativa oficial. Se produce una anestesia colectiva que permite que lo intolerable se vuelva cotidiano. Y en ese terreno fértil, la kakocracia florece sin resistencia significativa. No necesita imponerse por la fuerza; le basta con la indiferencia.

El resultado es un sistema que premia la lealtad sobre la competencia, la obediencia sobre la inteligencia, la simulación sobre la creación. Un sistema que, lejos de corregirse, se reproduce con notable eficiencia, porque ha logrado algo más profundo que el control: ha configurado subjetividades. Ha producido individuos que ya no esperan otra cosa, que han internalizado la mediocridad como horizonte posible.

¿No es este el signo más claro de una decadencia estructural? Cuando las instituciones encargadas de pensar la sociedad dejan de pensarla críticamente y se limitan a reproducirla, cuando la universidad abdica de su función incómoda para convertirse en aparato de legitimación, el colapso deja de ser una hipótesis lejana y se convierte en una trayectoria en curso. No se trata de un derrumbe súbito, espectacular, sino de una erosión persistente, casi imperceptible, que avanza mientras se celebra la estabilidad.

La kakocracia universitaria, en este sentido, no es solo un problema institucional; es un espejo. Refleja una sociedad que ha comenzado a aceptar que da lo mismo el peor que el mejor, que ha sustituido la exigencia por la complacencia, la crítica por la consigna, la verdad por la apariencia. Y quizás la pregunta más incómoda no sea cómo corregirla, sino si aún existe la voluntad colectiva de hacerlo. Porque donde todo se ha vuelto equivalente, incluso la idea de transformación corre el riesgo de convertirse en otra simulación más.