Por: Nulfo Yala
Potosí vuelve a mirar hacia el cielo mientras continúa atrapado en las entrañas de su propia riqueza: el capital minero puede convertirse en aviones, empresas y movilidad, pero la contaminación, los pasivos ambientales y la pobreza permanecen en el territorio. La promesa de una flota aérea puede ser una inversión legítima, pero no debe confundirse con desarrollo colectivo: que la riqueza extraída de Potosí pueda volar no significa que Potosí haya dejado de ser una zona de sacrificio. El avión representa la movilidad del capital; la montaña, la inmovilidad de sus costos. Mientras unos convierten la riqueza minera en poder y patrimonio, la mayoría continúa viviendo sobre el territorio que paga la factura. La riqueza despega; la contaminación se queda.

La iniciativa privada que pretende devolver la aviación comercial a Potosí puede presentarse como una señal de recuperación económica: capitales provenientes de la actividad minera que ahora buscan convertirse en conectividad, inversión y nuevas oportunidades. Sobre el papel, no hay nada reprochable en ello. Potosí necesita transporte, inversión y mejores conexiones con el resto del país. Pero precisamente por eso la noticia merece una lectura menos complaciente. Porque en Potosí la palabra riqueza nunca es inocente: detrás de ella existe una historia de extracción, concentración y sacrificio que todavía permanece abierta.
La propuesta de comenzar con una aeronave de aproximadamente noventa pasajeros y proyectar una flota de cuatro aviones representa, en cierto sentido, una imagen perfecta de la economía potosina contemporánea. De la montaña se extrae mineral; el mineral se transforma en dinero; el dinero puede convertirse en empresas, propiedades, vehículos o aviones. La riqueza se vuelve móvil, sofisticada, capaz de desplazarse y multiplicarse. Pero existe algo que no sigue ese movimiento: la contaminación. Los residuos mineros, los pasivos ambientales, los desmontes y la degradación del territorio permanecen allí donde fueron producidos. La riqueza puede volar; el costo ambiental no.
Esta es una de las contradicciones fundamentales del capitalismo minero. No se limita a distribuir de manera desigual los beneficios económicos: también distribuye de manera desigual los riesgos, los daños y las posibilidades de futuro. El capital puede concentrarse en determinadas manos y desplazarse hacia nuevas actividades, mientras los costos de la extracción quedan territorializados y socializados. Quienes acumulan pueden abandonar el lugar de origen de la riqueza; quienes viven allí continúan habitando el paisaje que esa acumulación produjo.
Por eso sería demasiado sencillo convertir esta crítica en un ataque contra el empresario que pretende invertir en aviación. Una compañía aérea puede generar empleo, facilitar el transporte y contribuir a la economía regional. El problema aparece cuando la acumulación privada comienza a presentarse como equivalente al desarrollo colectivo. Que algunos capitales se enriquezcan en Potosí no significa necesariamente que Potosí se haya enriquecido.
La diferencia no es semántica. Una sociedad puede producir empresarios exitosos y continuar siendo profundamente pobre. Puede incrementar sus actividades económicas mientras mantiene comunidades sin condiciones adecuadas de vida. Puede construir nuevas formas de movilidad mientras permanece atrapada en problemas ambientales que llevan décadas sin resolverse. El crecimiento de determinados patrimonios privados no constituye, por sí mismo, una medida del bienestar de la población.
Y en Potosí esta discusión adquiere una gravedad particular porque el costo ambiental de la minería no pertenece al pasado. Investigaciones realizadas en zonas afectadas por la actividad minera han identificado presencia de metales potencialmente tóxicos como arsénico, antimonio, cadmio, plomo y zinc en polvo dentro de unidades educativas. No estamos, por tanto, ante una discusión abstracta sobre medio ambiente. Estamos hablando de territorios donde la riqueza mineral convive con riesgos que afectan incluso espacios destinados a la educación de niños y jóvenes.
Eso es lo que significa vivir en una zona de sacrificio: que un territorio termina soportando daños que son considerados aceptables porque la actividad económica que los produce es considerada necesaria. La montaña puede ser perforada, el suelo degradado, el agua comprometida y el aire contaminado mientras exista una justificación económica suficientemente poderosa. El territorio se convierte así en el lugar donde se deposita aquello que el mercado necesita producir pero que nadie quiere asumir como propio.
La paradoja resulta todavía más dura cuando esa misma riqueza comienza a expresarse en símbolos visibles de prosperidad. Un avión es movilidad, modernidad, capacidad empresarial. Pero también puede convertirse involuntariamente en el símbolo de una riqueza que abandona el territorio mientras sus consecuencias permanecen en él. Arriba se desplaza el capital; abajo queda la contaminación. Arriba circula el dinero; abajo permanecen los pasivos ambientales.
Lo que debe discutirse es qué entendemos por desarrollo. Porque si el desarrollo consiste simplemente en que el capital generado por la explotación minera encuentre nuevas formas de acumulación, entonces estamos ante una modernización del mismo modelo extractivo, no ante su superación.
El verdadero desafío sería otro: conseguir que la riqueza producida por el territorio regrese a la sociedad en proporción suficiente para transformar las condiciones de vida de quienes soportan sus costos. Que una parte sustancial de la renta minera se traduzca en recuperación ambiental, agua segura, salud, educación, infraestructura y oportunidades económicas que no dependan eternamente de seguir perforando la montaña.
Potosí conoce demasiado bien la historia de producir riqueza para otros. Lo verdaderamente novedoso no debería ser que ahora algunos de sus habitantes puedan convertir esa riqueza en aviones, sino que finalmente la riqueza extraída de su territorio pueda convertirse en bienestar para quienes permanecen en él.
Porque existe una diferencia fundamental entre la riqueza que genera un territorio y la riqueza que disfruta una sociedad. Confundir ambas cosas es precisamente la manera en que el poder consigue presentar la concentración como prosperidad.
Durante siglos, la riqueza de Potosí salió de la montaña hacia otros lugares. Hoy puede ocurrir algo aparentemente distinto: que una parte de esa riqueza permanezca, se transforme en empresas y vuelva a circular desde Potosí. Pero si la estructura social permanece intacta, si los beneficios continúan concentrándose y los costos siguen siendo soportados por la mayoría, solo habremos cambiado el destino del dinero, no la lógica que organiza su producción.
Por eso el avión puede ser una buena noticia para Potosí y, al mismo tiempo, una pregunta incómoda para Potosí.
Porque un avión puede conectar una ciudad con el mundo. Lo que todavía no hemos conseguido es conectar la riqueza de la minería con la dignidad de quienes viven sobre el territorio que la produce.
Y mientras la riqueza pueda despegar con facilidad pero la contaminación permanezca en tierra, la pregunta seguirá suspendida sobre Potosí: ¿quién está realmente volando y quién continúa pagando el precio de que otros puedan hacerlo?




