Por: Nulfo Yala
En la Bolivia que se mira en el espejo de Santa Cruz, hasta el escándalo parece haber encontrado pasarela: basta con cambiar el contexto, añadir belleza, modelaje, fiesta y una dosis suficiente de exposición pública para que aquello que antes habría provocado distancia pueda terminar convertido en reconocimiento. El reciente episodio de una figura vinculada familiarmente a un conocido entorno del narcotráfico, incorporada al circuito del modelaje y proyectada como figura de una comparsa carnavalera, resulta revelador no por establecer culpabilidades que corresponden a la justicia, sino por lo que deja al descubierto sobre los criterios sociales de prestigio. Mientras el narcotráfico continúa produciendo violencia, muerte y estructuras criminales, sus signos exteriores pueden aparecer convenientemente maquillados hasta adquirir la apariencia del éxito, y entonces la pregunta incómoda por el origen del dinero, del poder o de las relaciones parece perder importancia frente a una fotografía bien producida. La ironía es brutal: una sociedad que condena el crimen puede terminar ofreciendo pasarela a algunos de sus entornos, no porque haya decidido defender el delito, sino porque ha aprendido a admirar aquello que el delito consigue comprar. Cuando la belleza, la fama, el dinero y la visibilidad pesan más que la trayectoria y la legitimidad, quizá el problema ya no sea que lo intolerable haya dejado de existir, sino que ha aprendido a desfilar con suficiente elegancia como para que nadie quiera reconocerlo.

Hay una forma silenciosa de decadencia social que resulta más peligrosa que la transgresión abierta: aquella en la que una sociedad conserva sus leyes, sus discursos morales y sus instituciones, pero comienza a perder la capacidad de distinguir aquello que merece respeto de aquello que debería provocar rechazo. No desaparecen las palabras bien y mal; desaparece, poco a poco, su capacidad de producir consecuencias. Entonces puede condenarse públicamente el narcotráfico y, al mismo tiempo, admirarse la riqueza, la influencia, el lujo y la visibilidad que determinadas estructuras criminales son capaces de producir. El delito continúa siendo condenado en abstracto, pero algunos de sus signos comienzan a ser aceptados en concreto.
Los acontecimientos conocidos públicamente en Santa Cruz ofrecen un episodio revelador de esta contradicción. La incorporación a espacios de reconocimiento social de personas pertenecientes al entorno de figuras investigadas por vínculos con el narcotráfico no permite, por sí misma, establecer responsabilidad penal alguna; hacerlo sería confundir sospecha con condena y desconocer principios elementales del Estado de derecho. Pero la cuestión social es otra y resulta mucho más incómoda: ¿por qué una proximidad públicamente conocida con un universo criminal puede dejar de ser un motivo de distancia y convertirse, incluso, en una circunstancia compatible con el prestigio, la celebración y la exposición pública?
La pregunta no debería dirigirse únicamente hacia quienes reciben ese reconocimiento, sino hacia la sociedad que lo concede. Allí aparece un fenómeno más profundo: la progresiva separación entre el valor de una persona y aquello que realmente representa. En determinados espacios, ya no parece importar demasiado cómo se obtuvo la riqueza, de dónde proviene el poder o qué trayectoria existe detrás de la imagen. Importa que exista riqueza, que exista poder y, sobre todo, que sean visibles. La apariencia comienza a funcionar como una forma de legitimidad. El dinero deja de ser una condición material y se transforma en argumento moral: si alguien tiene mucho, debe ser importante; si es importante, debe merecerlo; y si lo merece, preguntar por el origen de aquello que posee empieza a parecer una impertinencia.
Esta lógica resulta especialmente peligrosa en una sociedad donde el consumo y la exhibición del éxito ocupan un lugar central en la construcción de identidad. El dinero posee una capacidad extraordinaria para borrar las huellas de su procedencia. Una vez convertido en automóvil, propiedad, empresa, fiesta o prestigio, deja de mostrar la historia que lo produjo. El capital ilícito encuentra allí una posibilidad de integración particularmente eficaz: no necesita que todos aprueben su origen; necesita solamente que sus resultados sean admirados. La violencia puede quedar fuera de la fotografía, mientras dentro de ella permanecen el lujo, la belleza, la fiesta y la sensación de éxito.
Así, el problema del crimen organizado deja de ser exclusivamente policial. Una estructura criminal necesita armas y dinero, pero también necesita espacios donde ese dinero pueda circular sin producir demasiadas preguntas. Necesita relaciones, reconocimiento, aceptación y normalidad. Cuando consigue que sus signos exteriores sean percibidos como simples signos de éxito, ha avanzado mucho más allá de la clandestinidad. Ha conseguido penetrar en la cultura.
Santa Cruz no puede reducirse a esta realidad. Sería injusto y superficial desconocer su diversidad, su capacidad productiva, su dinamismo y el trabajo de miles de personas que construyen cotidianamente la ciudad desde condiciones completamente distintas. Pero precisamente por su peso económico y cultural, los fenómenos que allí se hacen visibles adquieren una importancia que excede lo local. La ciudad constituye un espacio donde pueden observarse con especial claridad las contradicciones de una modernización en la que el crecimiento material no siempre ha estado acompañado por una reflexión equivalente sobre aquello que se considera socialmente valioso.
El carnaval permite observar esa contradicción de manera casi simbólica. Una fiesta puede parecer solamente una fiesta, pero también representa aquello que una comunidad decide mostrar, celebrar y convertir en prestigio. Por eso el problema no está realmente en una corona ni en una comparsa. Está en lo que una sociedad comunica cuando concede reconocimiento. Cada elección pública contiene, aunque sea involuntariamente, una idea sobre aquello que merece ser admirado.
Y allí aparece una ironía difícil de ignorar: mientras la sociedad afirma rechazar el narcotráfico, puede terminar admirando algunos de los mismos atributos mediante los cuales el poder criminal busca legitimarse: riqueza ostentosa, capacidad económica, influencia, acceso privilegiado, apariencia de éxito. No se necesita defender el delito para contribuir a su normalización. Basta con admirar sus resultados y dejar de preguntar por sus causas.
La banalización comienza precisamente cuando aquello que debería producir inquietud deja de producirla. Primero provoca escándalo, después conversación, luego entretenimiento y finalmente indiferencia. El problema ya no es que alguien justifique el mal; es que el mal, cuando aparece vestido de prosperidad, belleza o poder, deja de ser reconocido como tal. La sociedad aprende a mirar la superficie porque la superficie resulta más cómoda que la historia que existe detrás.
Ese proceso tiene una consecuencia política profunda: una comunidad que mide el valor por la apariencia se vuelve extraordinariamente vulnerable frente a quienes controlan los recursos capaces de producir apariencia. Quien posee dinero puede comprar visibilidad; quien posee visibilidad puede adquirir reconocimiento; quien adquiere reconocimiento puede convertirlo nuevamente en poder. De ese modo, la riqueza produce legitimidad y la legitimidad produce más riqueza, en un circuito donde el origen comienza a importar cada vez menos.
No se trata de condenar la riqueza ni de sospechar de toda persona que la posea. Se trata de algo mucho más elemental: recuperar la capacidad de preguntar. Preguntar de dónde proviene el dinero, qué relaciones sostienen determinado poder, por qué una persona es reconocida, qué valores transmite una celebración y qué modelo de éxito se está ofreciendo a quienes observan. Una sociedad que abandona esas preguntas termina entregando su criterio a los mismos mecanismos que distribuyen prestigio.
Quizá el signo más preocupante de esta banalización no sea que existan personas dispuestas a enriquecerse mediante actividades criminales; eso ha ocurrido siempre. Lo verdaderamente grave es que puedan aparecer circunstancias en las que su mundo deje de parecer incompatible con el mundo respetable. Cuando las fronteras entre el dinero legítimo y el dinero de origen oscuro, entre la fama y el mérito, entre el poder y la dignidad comienzan a diluirse, la sociedad no necesariamente se convierte en criminal. Se convierte en algo más vulnerable: una sociedad que puede ser gobernada por la apariencia.
Y cuando una sociedad llega al punto en que importa más quién parece exitoso que aquello que hizo para serlo, el poder ya no necesita imponerse. Le basta con ser visible.
Porque una sociedad que ha dejado de preguntar de dónde viene el poder termina, tarde o temprano, aprendiendo a admirarlo por el simple hecho de tenerlo.

