DESGASTE SOCIAL Y PRODUCCIÓN POLÍTICA DEL CANSANCIO: CÓMO EL PODER DEL GOBIERNO CONVIERTE LA CRISIS PERMANENTE EN LA CONSOLIDACIÓN DEL PODER DE LAS ÉLITES ECONÓMICAS EN BOLIVIA

Por: Nulfo Yala

La estrategia de una deriva fascistizante no consiste en aplastar inmediatamente a la sociedad, sino en vaciarla lentamente de su capacidad de resistencia. Primero desarticula los movimientos sociales mediante la fragmentación, la cooptación y la persecución judicial; después administra el agotamiento colectivo hasta convertir el cansancio en resignación y el miedo en autocensura. Una vez debilitada la oposición, las medidas económicas más favorables a las élites empresariales y financieras pueden imponerse como si fueran inevitables, mientras el costo del ajuste recae sobre las mayorías empobrecidas. El resultado es una democracia que conserva sus formas, pero cuyo contenido se erosiona progresivamente: el poder económico amplía su influencia sobre el Estado, la pobreza se normaliza, la protesta se criminaliza y la ciudadanía termina aceptando como destino aquello que antes habría considerado intolerable. La dominación alcanza entonces su expresión más sofisticada, porque ya no necesita imponerse mediante la fuerza permanente; le basta con una sociedad exhausta que, convencida de que resistir es inútil, termina administrando su propia obediencia.

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Las formas más eficaces de dominación no irrumpen anunciando el fin de la democracia. Llegan proclamando exactamente lo contrario: orden, estabilidad, responsabilidad, unidad nacional y defensa del interés colectivo. Ningún proyecto autoritario comienza confesando su verdadera naturaleza. Su primer triunfo consiste en lograr que el lenguaje deje de nombrar la realidad para comenzar a ocultarla.

La historia política enseña que el fascismo no constituye únicamente un régimen histórico determinado, sino una racionalidad del poder que puede reaparecer bajo nuevas formas. Su esencia no reside exclusivamente en uniformes, desfiles o símbolos, sino en un conjunto de prácticas orientadas a vaciar progresivamente la capacidad de resistencia de la sociedad hasta convertir la obediencia en una condición aparentemente voluntaria. No necesita eliminar de inmediato las instituciones democráticas; le basta con conservarlas mientras desactiva el contenido político que les da sentido.

Toda estrategia de esta naturaleza responde a una secuencia reconocible.

El primer momento consiste en neutralizar a los sujetos capaces de organizar el conflicto social. Ningún poder dispuesto a transformar radicalmente el equilibrio entre Estado, mercado y sociedad puede avanzar mientras existan organizaciones con suficiente capacidad para movilizar a la población. Por ello, la fragmentación de los movimientos sociales, la pérdida de confianza en sus dirigencias, la cooptación de liderazgos, las disputas internas y la creciente judicialización de quienes mantienen posiciones críticas dejan de ser fenómenos aislados para convertirse en condiciones políticas indispensables para una posterior reestructuración del poder.

La derrota decisiva nunca ocurre cuando desaparece una organización. Ocurre cuando la sociedad deja de creer que organizarse todavía tiene sentido.

Una vez debilitada la capacidad colectiva de resistencia, aparece un segundo mecanismo mucho más sofisticado: la administración del agotamiento. El poder descubre que la población puede soportar niveles de sacrificio muy superiores a los imaginados siempre que ese sacrificio sea progresivo y permanente. No necesita resolver rápidamente las crisis; puede administrarlas. Cada semana de incertidumbre, cada jornada de filas interminables, cada incremento del costo de vida y cada dificultad para acceder a bienes esenciales producen un desgaste psicológico que reduce la capacidad de reacción política.

Los prolongados bloqueos que atravesó Bolivia constituyen, desde esta perspectiva, mucho más que un conflicto coyuntural. También revelaron el extraordinario nivel de resistencia pasiva que puede desarrollar una sociedad. Mientras el deterioro económico y social se profundizaba, el debate público tendía a concentrarse principalmente en los actores visibles del conflicto inmediato, desplazando hacia un segundo plano las decisiones estructurales del poder político. La frustración encontró un objeto inmediato; la estructura del poder permaneció relativamente protegida.

Allí reside uno de los mecanismos más refinados de dominación: convertir el sufrimiento colectivo en una fuente de información política. Cada día sin una reacción social capaz de modificar sustancialmente la correlación de fuerzas amplía el margen de acción del poder. El cansancio deja de ser una consecuencia de la crisis para transformarse en una tecnología de gobierno. Una sociedad que soporta cincuenta días de privaciones termina revelando, sin proponérselo, cuáles son los límites de su capacidad de resistencia.

Cuando el umbral de tolerancia ha sido medido, comienza la siguiente etapa.

Las medidas que anteriormente habrían encontrado una fuerte oposición empiezan a aparecer como inevitables. La flexibilización del régimen cambiario, los anuncios sobre la eliminación de subsidios a los combustibles y el recurso al endeudamiento externo mediante organismos financieros internacionales dejan de presentarse como decisiones políticas discutibles para convertirse en supuestas exigencias técnicas de la realidad. El mercado aparece como una ley natural y no como una construcción política.

Toda ideología dominante procura exactamente ese efecto: hacer creer que sus decisiones no son decisiones, sino inevitabilidades.

El resultado consiste en desplazar el costo de la crisis hacia quienes poseen menor capacidad económica para soportarlo, mientras los beneficios estructurales tienden a concentrarse en los sectores con mayor influencia sobre el Estado. Bajo el lenguaje de la eficiencia económica, la política deja de orientarse prioritariamente por el bienestar colectivo para aproximarse crecientemente a las necesidades del capital financiero, de los grandes grupos empresariales y de las élites propietarias. El Estado comienza a redefinir silenciosamente a quién protege y para quién gobierna.

La expansión de la pobreza constituye el síntoma más visible de esa transformación. Según estimaciones difundidas por la Fundación Jubileo, la pobreza alcanzaría al 47,7 % de la población boliviana, cerca de seis millones de personas, situación vinculada, entre otros factores, al fuerte incremento del costo de los alimentos. La paradoja resulta evidente: mientras se promete estabilidad futura, el presente se vuelve cada vez más precario para amplios sectores de la población.

Pero ninguna reorganización económica de esta magnitud puede sostenerse únicamente mediante argumentos técnicos. Necesita producir también una nueva subjetividad política.

Por ello aparece la judicialización de dirigentes, la amenaza permanente contra quienes cuestionan al poder y la instalación de un clima donde disentir comienza a percibirse como una actividad potencialmente peligrosa. El objetivo trasciende el castigo individual. Lo que se busca es que el resto de la sociedad incorpore espontáneamente la autocensura. Cuando el miedo logra instalarse como hábito cotidiano, la represión abierta pierde protagonismo porque cada ciudadano comienza a vigilar sus propias palabras.

La forma contemporánea del autoritarismo no necesita encarcelar a todos; le basta con convencer a la mayoría de que hablar demasiado puede resultar inconveniente.

En este punto aparece uno de los rasgos más inquietantes de los procesos de fascistización: la convergencia entre el poder político y los sectores económicos dominantes. La frontera entre interés público e interés privado comienza a desdibujarse. Las prioridades estatales coinciden crecientemente con las demandas de grupos que concentran capital, tierra e influencia. La democracia conserva sus procedimientos formales, pero disminuye progresivamente su capacidad para alterar las relaciones reales de poder.

El ciudadano continúa votando, aunque descubre que las decisiones fundamentales parecen responder cada vez menos a las mayorías sociales y cada vez más a quienes controlan los principales recursos económicos. La política deja entonces de disputar proyectos de sociedad para administrar los límites previamente definidos por el poder económico.

La consecuencia más grave no es únicamente el deterioro material. Es la transformación moral de la sociedad. El miedo reemplaza a la solidaridad. El cansancio sustituye a la organización. La resignación ocupa el lugar de la esperanza. La pobreza deja de interpretarse como una injusticia para convertirse en una condición normal de existencia. La obediencia ya no necesita imponerse; termina siendo interiorizada.

Ése constituye el mayor triunfo de cualquier deriva autoritaria. No conquistar el Estado, sino conquistar la imaginación política de la sociedad. Una ciudadanía que deja de creer en la posibilidad de transformar su realidad termina aceptando como destino aquello que, en otro momento histórico, habría reconocido como una forma de dominación. Cuando el poder logra que la resignación parezca sentido común y que la crítica aparezca como irresponsabilidad, la victoria ya no pertenece únicamente a un gobierno. Pertenece a una estructura de poder que ha conseguido convertir la obediencia en la forma cotidiana de vivir la política.

CUANDO LAS INSTITUCIONES DE COLEGIATURA PROFESIONAL OBLIGATORIA EN BOLIVIA CONVIERTEN DERECHOS EN PRIVILEGIOS

Por Nulfo Yala

En este entramado de normas y dispositivos legales de control, lo que se presenta como una garantía se convierte en una restricción, y lo que se proclama como un derecho se transforma en un privilegio. La colegiación obligatoria, lejos de asegurar el ejercicio profesional, impone condiciones que vulneran el derecho al trabajo, un derecho fundamental que no solo es un medio de vida, sino también una vía esencial para la subsistencia y la dignidad humana. Al exigir afiliación a instituciones que, además, lucran económicamente con cuotas obligatorias, se perpetúa un sistema que somete a los individuos a una lógica de poder y exclusión. En este contexto, es imperativo que la legalidad priorice los derechos fundamentales de las personas, garantizando que el acceso al trabajo sea libre, sin condicionamientos arbitrarios ni intereses económicos encubiertos. Solo así se podrá romper con esta paradoja en la que los individuos, sujetos de derechos, terminan siendo objetos de control, atrapados en una red que decide sobre su capacidad para trabajar y, en última instancia, para existir.

En Bolivia, los colegios de profesionales son organizaciones que agrupan a titulados en distintas áreas del conocimiento, brindándoles representación y regulando ciertos aspectos de su ejercicio profesional. La afiliación algunos de estos colegios es generalmente voluntaria, lo que permite a los profesionales decidir si desean o no formar parte de estas instituciones sin que ello afecte su derecho a ejercer. Un ejemplo claro de esta voluntariedad es el caso de los abogados, arquitectos, economistas y otras profesiones, quienes pueden optar por registrarse en sus respectivos colegios para acceder a ciertos beneficios sin que esto sea un requisito obligatorio para desempeñar su labor.

A diferencia de estos casos, el ejercicio de la ingeniería en Bolivia está regulado por la Ley N° 1449 del Ejercicio Profesional de la Ingeniería. Esta norma establece que para trabajar legalmente como ingeniero, es obligatorio estar inscrito y habilitado en el Registro Nacional de Ingenieros, administrado por la Sociedad de Ingenieros de Bolivia (S.I.B.). La ley también determina que cualquier persona que ejerza la ingeniería sin estar registrada en la S.I.B. incurrirá en un acto ilegal, bajo delito de ejercicio ilegal de la profesión, lo que puede derivar en la nulidad de sus contratos o  servicios, además de las sanciones legales correspondientes.

Esta imposición resulta contradictoria en un Estado que proclama la inclusión y el respeto al derecho al trabajo. Una vez más se demuestra que, en el juego de poder que subyace en la construcción de lo legal y lo legítimo, esta promesa se desdibuja, se fragmenta, y termina por convertirse en un espejismo. La Constitución Política del Estado (CPE) boliviano, proclama el derecho al trabajo libre y sin discriminación, un enunciado que, en su aparente claridad, oculta las sutiles redes de control que lo socavan. ¿Cómo es posible que un derecho tan fundamental se vea cercado por requisitos que lo condicionan, que lo someten a la lógica de la burocracia y la exclusión? La exigencia del registro en la Sociedad de Ingenieros de Bolivia (SIB) como condición para ejercer la profesión no es más que un dispositivo de poder que transforma un derecho en un privilegio, en un acto de sumisión a una estructura que se erige como guardiana de lo permitido.

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También la CPE establece que ninguna norma sublegal puede restringir derechos laborales. Sin embargo, en la práctica, esta disposición parece desvanecerse ante la imposición de requisitos adicionales que no encuentran fundamento en la ley ni en la Constitución. La colegiación obligatoria, lejos de ser un mecanismo de garantía profesional, se convierte en un instrumento de exclusión, en un filtro que decide quién puede y quién no puede acceder al ejercicio de su profesión. ¿Acaso no es esto una violación flagrante del derecho al trabajo? ¿No es acaso una forma de discriminación encubierta, una restricción que niega la esencia misma de lo que significa trabajar libremente?

Asimismo, la CPE reconoce que la formación profesional se materializa en títulos otorgados por universidades públicas y privadas legalmente reconocidas, y que estos títulos, en provisión nacional, habilitan para el ejercicio de la profesión en todo el territorio del Estado. Sin embargo, esta habilitación parece no ser suficiente. El título, ese documento que debería ser la llave que abre las puertas del ejercicio profesional, se ve despojado de su valor ante la exigencia de una afiliación obligatoria a una organización privada como la SIB. ¿No es esto una contradicción? ¿No es acaso una forma de subordinar el derecho al trabajo a los intereses de una entidad que se arroga el poder de decidir quién es digno de ejercer su profesión?

La libertad de asociación, consagrada en la CPE, es otro de los principios que se ven vulnerados por la colegiación obligatoria. La Constitución establece que este derecho es fundamental, que nadie puede ser obligado a formar parte de una organización contra su voluntad. Sin embargo, en el caso de los ingenieros, esta libertad se convierte en una ficción. La colegiación obligatoria se transforma en una forma de coerción, un mecanismo que obliga a los profesionales a someterse a una estructura de poder que decide sobre su capacidad para trabajar. ¿Dónde queda, entonces, la libertad de asociación? ¿Dónde queda el derecho a decidir si se quiere o no formar parte de una organización?. Esto no solo contradice este principio, sino que lo pervierte, transformando un derecho en un deber y una libertad en una carga. Este mecanismo, justificado bajo el argumento de garantizar la calidad profesional, refuerza las estructuras de exclusión y desigualdad, pues excluye a quienes no pueden costear la afiliación o no desean someterse a una organización que no representa sus intereses. En este juego de poder, el derecho al trabajo se convierte en un campo de batalla donde se disputan intereses y exclusiones, y los individuos, lejos de ser sujetos autónomos, se transforman en objetos de un poder que decide sobre sus vidas y sus destinos. La ironía, por supuesto, es que todo esto se hace en nombre del bien común, mientras se vulneran los derechos fundamentales que se pretenden proteger.

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En este entramado de normas y dispositivos legales de control, lo que se presenta como una garantía se convierte en una restricción, y lo que se proclama como un derecho se transforma en un privilegio. La colegiación obligatoria, lejos de asegurar el ejercicio profesional, impone condiciones que vulneran el derecho al trabajo, un derecho fundamental que no solo es un medio de vida, sino también una vía esencial para la subsistencia y la dignidad humana. Al exigir afiliación a instituciones que, además, lucran económicamente con cuotas obligatorias, se perpetúa un sistema que somete a los individuos a una lógica de poder y exclusión. En este contexto, es imperativo que la legalidad priorice los derechos fundamentales de las personas, garantizando que el acceso al trabajo sea libre, sin condicionamientos arbitrarios ni intereses económicos encubiertos. Solo así se podrá romper con esta paradoja en la que los individuos, sujetos de derechos, terminan siendo objetos de control, atrapados en una red que decide sobre su capacidad para trabajar y, en última instancia, para existir.

nulfoyala@gmail.com

NOMBRES PERMITIDOS Y PROHIBIDOS, LA REGULACIÓN AUTORITARIA DEL ESTADO PLURINACIONAL DE BOLIVIA

Por: Nulfo Yala

La imposición de un «estándar aceptable» para los nombres es un ejemplo claro de hegemonía cultural disfrazada de autoritarismo, donde el discurso de la plurinacionalidad, que debería celebrar la diversidad, se convierte en una herramienta para uniformar. Las familias, bajo este esquema, pierden la libertad de elegir nombres según sus propios valores, tradiciones o aspiraciones, mientras el Estado perpetúa un sistema que refuerza su capacidad de decidir qué es correcto y qué no.

En Bolivia, la normativa vigente establece un control sobre los nombres que los padres pueden asignar a sus hijos, con el propósito de evitar denominaciones que puedan ser consideradas ofensivas, ridiculizantes o inadecuadas, protegiendo así la dignidad e identidad del menor. Este control es administrado por el Servicio de Registro Cívico (SERECÍ), con base en disposiciones del Código Civil y otras normativas complementarias que facultan a la institución a rechazar nombres que atenten contra la integridad del niño, sean culturalmente incoherentes o puedan generar confusión. La regulación también promueve el uso de nombres tradicionales y culturales, respondiendo a casos previos de registro de nombres extravagantes que motivaron un mayor control en este ámbito.

Sin embargo, esta normativa refleja la constante expansión del control estatal sobre la vida privada, llevándolo al extremo de dictar hasta los nombres que las personas pueden portar. Bajo la excusa de proteger la dignidad del menor, el Estado boliviano se erige como árbitro supremo de lo correcto, estableciendo un criterio homogéneo que ignora la riqueza de la diversidad individual. Esta intromisión no solo despersonaliza, sino que transforma a los ciudadanos en simples piezas de un engranaje diseñado para obedecer y conformarse.

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La imposición de un «estándar aceptable» para los nombres es un ejemplo claro de hegemonía cultural disfrazada de autoritarismo, donde el discurso de la plurinacionalidad, que debería celebrar la diversidad, se convierte en una herramienta para uniformar. Las familias, bajo este esquema, pierden la libertad de elegir nombres según sus propios valores, tradiciones o aspiraciones, mientras el Estado perpetúa un sistema que refuerza su capacidad de decidir qué es correcto y qué no. Paradójicamente, esta regulación que pretende proteger, en realidad anula la subjetividad y autonomía de las personas, imponiendo una visión que beneficia únicamente a quienes detentan el poder.

Así, lo que debería ser un acto íntimo y libre, como elegir el nombre de un hijo, se convierte en un proceso de dominio y sometimiento del individuo al poder estatal y a las ideologías de los nuevos grupos de poder emergentes. Estos, bajo la bandera de la plurinacionalidad, moldean al ciudadano a su imagen y semejanza, estableciendo normas que privilegian la conformidad sobre la creatividad y la autonomía. Este enfoque no solo aliena al individuo desde su nacimiento, sino que consolida un modelo social donde la ciudadanía es concebida como una masa uniforme, privada de la libertad de cuestionar, innovar o desafiar las estructuras impuestas. En este escenario, el Estado boliviano no protege: domina, utilizando la regulación de los nombres como un símbolo de su capacidad de controlar hasta los aspectos más personales de la vida de sus ciudadanos.

La irracionalidad de esta imposición normativa no solo raya en lo absurdo del subjetivismo, sino que adopta prácticas autoritarias, con listas distribuidas a los funcionarios para que las apliquen con rigor, acompañadas de amenazas y coerciones en caso de incumplimiento. Lo risible del asunto se presenta, por ejemplo, en casos donde los padres deciden poner nombres como «Adolfo» o «Benito», aprobados por el Estado boliviano, pese a ser nombres asociados con figuras históricas que desangraron a la humanidad mediante ideologías fascistas, racistas y nacionalistas. Mientras tanto, nombres que representan significados hermosos o que tienen raíces culturales diversas, como «Opal» del sánscrito, que significa «piedra preciosa», serían rechazados por desconocimiento del funcionario o por no figurar en la lista de nombres permitidos. Por tanto, la imposición de criterios subjetivos por parte de los funcionarios del Estado, quienes, con base en sus propias interpretaciones, determinan qué nombres son aceptables y cuáles no. Esta arbitrariedad genera inconsistencias y vulnera la confianza en un sistema que debería ser imparcial. En un país plurinacional como Bolivia, donde coexisten múltiples culturas y cosmovisiones, esta subjetividad no solo es una falta de respeto hacia la diversidad, sino una muestra del desconocimiento del contexto sociocultural que caracteriza a la nación. Es una triste y patética realidad que evidencia cómo el autoritarismo puede disfrazarse de normativa administrativa para perpetuar una hegemonía cultural, anulando la diversidad y los derechos individuales en Bolivia.

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La restricción de la libertad de los padres se presenta como una de las mayores vulneraciones de esta normativa. Al limitar la capacidad de las familias para decidir un aspecto tan esencial como el nombre de sus hijos, el Estado invade un ámbito que debería estar protegido por la autonomía familiar. Este derecho, reconocido por instrumentos internacionales como la Convención Americana sobre Derechos Humanos, establece que la familia tiene el deber y la libertad de tomar decisiones que no violenten el respeto mutuo, algo que aquí queda completamente ignorado bajo la sombra de un control autoritario disfrazado de protección.

La desigualdad cultural que emerge de esta normativa pone en evidencia una discriminación inversa. Mientras que los nombres tradicionales reciben prioridad, aquellos que buscan reflejar una identidad global, moderna o incluso innovadora, son desestimados bajo argumentos de «desconexión cultural». Esto afecta particularmente a familias que desean proyectar aspiraciones distintas para sus hijos, enfrentándose a un sistema que, en lugar de respetar esa elección, la reprime bajo el peso de una supuesta defensa de la tradición.