Por: Nulfo Yala
Las declaraciones del gobierno revelan una estrategia política orientada a desplazar el conflicto social del terreno de las demandas y reivindicaciones hacia el terreno de la seguridad y la criminalidad, construyendo una narrativa en la que los sectores movilizados dejan de aparecer como actores políticos para convertirse en amenazas contra el Estado y la democracia. La constante asociación entre protesta, narcotráfico, terrorismo y desestabilización permite justificar el endurecimiento de las medidas de control, la creciente participación de las fuerzas de seguridad, la judicialización de la disidencia y la aceptación social de mecanismos extraordinarios de poder presentados como necesarios para restablecer el orden. En ese contexto, la creación de enemigos internos, la personalización del conflicto en determinadas figuras políticas y el uso sistemático del miedo operan como herramientas destinadas a legitimar decisiones que en circunstancias normales encontrarían una mayor resistencia ciudadana. La mayor paradoja es que, en nombre de la defensa de la democracia, puede terminar debilitándose el espacio mismo donde la democracia existe: el disenso, la crítica, la pluralidad política y el derecho de los sectores sociales a cuestionar al poder sin ser automáticamente identificados como enemigos del Estado.

Las declaraciones del ministro de Defensa y del presidente permiten observar un fenómeno que trasciende ampliamente los acontecimientos concretos de San Julián. Lo que emerge en sus palabras no es únicamente una interpretación de determinados hechos violentos, sino una estrategia discursiva mediante la cual un conflicto político y social es progresivamente trasladado al terreno de la seguridad nacional. Este desplazamiento constituye una de las operaciones fundamentales del poder moderno: transformar la protesta en amenaza, la disidencia en peligro y el conflicto político en problema de seguridad.
El poder no gobierna solamente mediante la coerción física. Su eficacia depende de su capacidad para producir discursos, clasificaciones y verdades socialmente aceptadas. Antes de movilizar tropas, desplegar policías o activar mecanismos judiciales, el poder debe construir una narrativa capaz de legitimar esas acciones. Debe convencer a la sociedad de que aquello que enfrenta no es un adversario político, sino un enemigo.
Resulta revelador que las autoridades no recurran prioritariamente a categorías como protesta social, movilización, reivindicación sectorial o conflicto político. En su lugar aparecen conceptos como «alzamiento armado», «ataque al Estado», «terrorismo», «grupos irregulares» y «narcoterrorismo». Estas expresiones no son neutrales. Funcionan como tecnologías de poder. Quien controla el lenguaje controla parcialmente la percepción de la realidad. Cuando una movilización es definida como una demanda política, la respuesta esperada es el diálogo. Cuando es redefinida como terrorismo, la respuesta legítima pasa a ser la fuerza.
La construcción discursiva del narcoterrorismo constituye probablemente el elemento más significativo de esta estrategia. Desde hace décadas, esta categoría ha desempeñado un papel central en diversos dispositivos de seguridad hemisférica. Su eficacia radica en que fusiona dos figuras particularmente temidas por la opinión pública: el narcotraficante y el terrorista. Una vez establecida esa asociación, desaparecen los matices. El conflicto deja de ser político y se convierte en una amenaza existencial para el Estado. En ese momento, cualquier cuestionamiento a la respuesta gubernamental puede ser interpretado como una forma de complicidad con el enemigo.
La coincidencia entre este discurso y las declaraciones emitidas por altos funcionarios estadounidenses merece una reflexión particular. El respaldo expresado por el secretario de Guerra de Estados Unidos no constituye necesariamente una prueba de coordinación operativa ni de intervención directa. Sin embargo, sí revela la convergencia de marcos interpretativos. Cuando desde Washington se habla de «narcoterroristas» que buscan desestabilizar Bolivia y desde La Paz se utilizan categorías similares para explicar el conflicto interno, se observa la circulación de una racionalidad política compartida. Se trata de una visión según la cual los problemas sociales dejan de ser cuestiones políticas susceptibles de negociación para convertirse en amenazas que deben ser neutralizadas.
La historia latinoamericana demuestra que esta lógica no es nueva. A lo largo de distintas épocas, múltiples gobiernos han recurrido a la figura del enemigo interno para justificar la ampliación de facultades extraordinarias. Lo que cambia son los nombres. Ayer fue el comunista, después el subversivo, más tarde el insurgente, posteriormente el narcotraficante y hoy el narcoterrorista. La estructura del discurso permanece sorprendentemente intacta. Siempre existe una amenaza excepcional que exige respuestas excepcionales.
Quizás el aspecto más sofisticado de esta estrategia sea la forma en que prepara culturalmente a la sociedad para aceptar medidas que, en circunstancias normales, generarían resistencia. El estado de excepción no aparece de manera repentina. Antes debe ser imaginado, discutido y normalizado. La población debe ser convencida de que ciertas restricciones de derechos constituyen sacrificios necesarios para preservar bienes superiores como la seguridad, el orden o la democracia. La genialidad política consiste en lograr que la demanda de excepcionalidad surja desde la propia sociedad. El poder ya no aparece imponiendo restricciones. Aparece respondiendo a una necesidad colectiva.
En este punto emerge una de las ironías más profundas del momento político boliviano. El gobierno insiste en presentarse como defensor de la democracia, el diálogo y las instituciones, mientras simultáneamente construye un escenario donde la militarización creciente, la expansión de facultades coercitivas y la excepcionalidad jurídica aparecen como respuestas inevitables. Cuanto más se invoca el diálogo, más se amplían las condiciones para justificar el uso de la fuerza. Cuanto más se habla de democracia, más se despliega un lenguaje propio de la guerra interna.
La expresión utilizada por el propio presidente al referirse al conflicto como «la madre de las batallas» resulta particularmente reveladora. Las palabras nunca son inocentes. Quien habla de batallas no está pensando en negociación. Quien imagina un campo de batalla no busca interlocutores, sino adversarios. Y quien concibe la política como guerra inevitablemente termina organizando sus instituciones en función de la victoria y no de la deliberación.
La dimensión judicial de este proceso merece una atención especial. El poder moderno ha aprendido que la fuerza física suele generar resistencia, mientras que la legalidad produce obediencia. Allí donde los fusiles pueden crear mártires, los expedientes generan desgaste. Allí donde la represión abierta provoca indignación, la persecución judicial aparece revestida de formalidad institucional. Por ello, numerosos analistas contemporáneos han advertido cómo los sistemas judiciales pueden convertirse en instrumentos privilegiados de disciplinamiento político.
Lo que diversos sectores denominan terrorismo judicial no consiste necesariamente en la fabricación burda de acusaciones falsas. Su funcionamiento es mucho más sofisticado. Opera mediante investigaciones selectivas, procesos prolongados, amenazas permanentes de imputación, incertidumbre jurídica y desgaste psicológico. El objetivo no siempre es encarcelar. Muchas veces basta con convertir la actividad política en una práctica de alto riesgo. El mensaje es simple: quien desafíe determinadas estructuras de poder deberá asumir costos crecientes.
La eficacia de este mecanismo reside en su capacidad pedagógica. No es necesario perseguir a todos. Basta con algunos casos emblemáticos para que el resto comprenda los límites de lo permitido. El castigo deja de actuar exclusivamente sobre los cuerpos y comienza a operar sobre las expectativas, los cálculos y las decisiones futuras de los individuos. Se gobierna mediante el miedo anticipado.
En este contexto, la Asamblea Legislativa adquiere un papel fundamental. Foucault observó que el poder moderno rara vez gobierna contra la ley. Prefiere gobernar mediante la ley. Las instituciones legislativas permiten transformar decisiones políticas en normas dotadas de legitimidad formal. De esta manera, herramientas extraordinarias pueden adquirir apariencia de normalidad jurídica. Lo que podría percibirse como expansión del poder coercitivo es presentado como fortalecimiento institucional. Lo que podría interpretarse como concentración de poder aparece como defensa de la democracia.
La figura de Evo Morales cumple una función política que trasciende su eventual responsabilidad en los acontecimientos. En períodos de crisis prolongada, los sistemas políticos suelen producir chivos expiatorios capaces de condensar múltiples tensiones sociales en una sola figura. La complejidad estructural desaparece y es sustituida por una explicación personalizada. El problema ya no es económico, institucional o político. El problema tiene un nombre propio. Una vez construida esa narrativa, la neutralización de esa figura puede ser presentada como la solución del conflicto.
Desde esta perspectiva, la eventual captura o neutralización política de Morales tendría un valor simbólico que supera ampliamente las cuestiones jurídicas involucradas. Permitirá afirmar que el origen del problema ha sido eliminado y que, por tanto, cualquier persistencia del conflicto carecería de justificación. El enemigo se convierte así en un recurso narrativo indispensable para restaurar la legitimidad del poder.
Todo este proceso se desarrolla sobre un trasfondo geopolítico que no puede ser ignorado. Bolivia posee recursos estratégicos, una institucionalidad históricamente vulnerable y una posición relevante dentro de los equilibrios regionales. En consecuencia, las disputas internas inevitablemente generan interés en actores internacionales. Sin embargo, el problema central no radica únicamente en la influencia externa. La verdadera cuestión es la convergencia entre intereses económicos, sectores empresariales, élites políticas, grupos de poder regionales y discursos de seguridad que encuentran beneficios comunes en la estabilización de un determinado orden político.
Lo más inquietante de este fenómeno es que no requiere necesariamente una conspiración perfecta. Los distintos actores pueden actuar por motivaciones diferentes y aun así reforzar mutuamente la misma racionalidad de poder. El resultado es una estructura donde la seguridad desplaza a la política, el miedo reemplaza al debate y la obediencia comienza a presentarse como virtud democrática.
La ironía final es quizás la más amarga. Los gobiernos suelen afirmar que actúan para salvar la democracia precisamente cuando comienzan a restringir las condiciones que hacen posible una democracia auténtica. El poder raramente se presenta como dominación. Se presenta como responsabilidad. Se presenta como necesidad. Se presenta como protección. Y es precisamente por ello que debe ser examinado críticamente.
Cuando la protesta se convierte en terrorismo, cuando la oposición se convierte en amenaza existencial, cuando la excepción comienza a transformarse en normalidad y cuando el miedo se convierte en principio organizador de la vida política, la pregunta ya no es quién gobierna. La verdadera pregunta es qué tipo de sociedad está siendo producida por ese gobierno y cuánto de la libertad colectiva se está sacrificando en nombre de su propia defensa.










