LA MADRE DE LAS BATALLAS: DESGASTE, CRIMINALIZACIÓN Y ESTADO DE EXCEPCIÓN EN BOLIVIA

Por: Nulfo Yala

Las declaraciones del gobierno revelan una estrategia política orientada a desplazar el conflicto social del terreno de las demandas y reivindicaciones hacia el terreno de la seguridad y la criminalidad, construyendo una narrativa en la que los sectores movilizados dejan de aparecer como actores políticos para convertirse en amenazas contra el Estado y la democracia. La constante asociación entre protesta, narcotráfico, terrorismo y desestabilización permite justificar el endurecimiento de las medidas de control, la creciente participación de las fuerzas de seguridad, la judicialización de la disidencia y la aceptación social de mecanismos extraordinarios de poder presentados como necesarios para restablecer el orden. En ese contexto, la creación de enemigos internos, la personalización del conflicto en determinadas figuras políticas y el uso sistemático del miedo operan como herramientas destinadas a legitimar decisiones que en circunstancias normales encontrarían una mayor resistencia ciudadana. La mayor paradoja es que, en nombre de la defensa de la democracia, puede terminar debilitándose el espacio mismo donde la democracia existe: el disenso, la crítica, la pluralidad política y el derecho de los sectores sociales a cuestionar al poder sin ser automáticamente identificados como enemigos del Estado.

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Las declaraciones del ministro de Defensa y del presidente permiten observar un fenómeno que trasciende ampliamente los acontecimientos concretos de San Julián. Lo que emerge en sus palabras no es únicamente una interpretación de determinados hechos violentos, sino una estrategia discursiva mediante la cual un conflicto político y social es progresivamente trasladado al terreno de la seguridad nacional. Este desplazamiento constituye una de las operaciones fundamentales del poder moderno: transformar la protesta en amenaza, la disidencia en peligro y el conflicto político en problema de seguridad.

El poder no gobierna solamente mediante la coerción física. Su eficacia depende de su capacidad para producir discursos, clasificaciones y verdades socialmente aceptadas. Antes de movilizar tropas, desplegar policías o activar mecanismos judiciales, el poder debe construir una narrativa capaz de legitimar esas acciones. Debe convencer a la sociedad de que aquello que enfrenta no es un adversario político, sino un enemigo.

Resulta revelador que las autoridades no recurran prioritariamente a categorías como protesta social, movilización, reivindicación sectorial o conflicto político. En su lugar aparecen conceptos como «alzamiento armado», «ataque al Estado», «terrorismo», «grupos irregulares» y «narcoterrorismo». Estas expresiones no son neutrales. Funcionan como tecnologías de poder. Quien controla el lenguaje controla parcialmente la percepción de la realidad. Cuando una movilización es definida como una demanda política, la respuesta esperada es el diálogo. Cuando es redefinida como terrorismo, la respuesta legítima pasa a ser la fuerza.

La construcción discursiva del narcoterrorismo constituye probablemente el elemento más significativo de esta estrategia. Desde hace décadas, esta categoría ha desempeñado un papel central en diversos dispositivos de seguridad hemisférica. Su eficacia radica en que fusiona dos figuras particularmente temidas por la opinión pública: el narcotraficante y el terrorista. Una vez establecida esa asociación, desaparecen los matices. El conflicto deja de ser político y se convierte en una amenaza existencial para el Estado. En ese momento, cualquier cuestionamiento a la respuesta gubernamental puede ser interpretado como una forma de complicidad con el enemigo.

La coincidencia entre este discurso y las declaraciones emitidas por altos funcionarios estadounidenses merece una reflexión particular. El respaldo expresado por el secretario de Guerra de Estados Unidos no constituye necesariamente una prueba de coordinación operativa ni de intervención directa. Sin embargo, sí revela la convergencia de marcos interpretativos. Cuando desde Washington se habla de «narcoterroristas» que buscan desestabilizar Bolivia y desde La Paz se utilizan categorías similares para explicar el conflicto interno, se observa la circulación de una racionalidad política compartida. Se trata de una visión según la cual los problemas sociales dejan de ser cuestiones políticas susceptibles de negociación para convertirse en amenazas que deben ser neutralizadas.

La historia latinoamericana demuestra que esta lógica no es nueva. A lo largo de distintas épocas, múltiples gobiernos han recurrido a la figura del enemigo interno para justificar la ampliación de facultades extraordinarias. Lo que cambia son los nombres. Ayer fue el comunista, después el subversivo, más tarde el insurgente, posteriormente el narcotraficante y hoy el narcoterrorista. La estructura del discurso permanece sorprendentemente intacta. Siempre existe una amenaza excepcional que exige respuestas excepcionales.

Quizás el aspecto más sofisticado de esta estrategia sea la forma en que prepara culturalmente a la sociedad para aceptar medidas que, en circunstancias normales, generarían resistencia. El estado de excepción no aparece de manera repentina. Antes debe ser imaginado, discutido y normalizado. La población debe ser convencida de que ciertas restricciones de derechos constituyen sacrificios necesarios para preservar bienes superiores como la seguridad, el orden o la democracia. La genialidad política consiste en lograr que la demanda de excepcionalidad surja desde la propia sociedad. El poder ya no aparece imponiendo restricciones. Aparece respondiendo a una necesidad colectiva.

En este punto emerge una de las ironías más profundas del momento político boliviano. El gobierno insiste en presentarse como defensor de la democracia, el diálogo y las instituciones, mientras simultáneamente construye un escenario donde la militarización creciente, la expansión de facultades coercitivas y la excepcionalidad jurídica aparecen como respuestas inevitables. Cuanto más se invoca el diálogo, más se amplían las condiciones para justificar el uso de la fuerza. Cuanto más se habla de democracia, más se despliega un lenguaje propio de la guerra interna.

La expresión utilizada por el propio presidente al referirse al conflicto como «la madre de las batallas» resulta particularmente reveladora. Las palabras nunca son inocentes. Quien habla de batallas no está pensando en negociación. Quien imagina un campo de batalla no busca interlocutores, sino adversarios. Y quien concibe la política como guerra inevitablemente termina organizando sus instituciones en función de la victoria y no de la deliberación.

La dimensión judicial de este proceso merece una atención especial. El poder moderno ha aprendido que la fuerza física suele generar resistencia, mientras que la legalidad produce obediencia. Allí donde los fusiles pueden crear mártires, los expedientes generan desgaste. Allí donde la represión abierta provoca indignación, la persecución judicial aparece revestida de formalidad institucional. Por ello, numerosos analistas contemporáneos han advertido cómo los sistemas judiciales pueden convertirse en instrumentos privilegiados de disciplinamiento político.

Lo que diversos sectores denominan terrorismo judicial no consiste necesariamente en la fabricación burda de acusaciones falsas. Su funcionamiento es mucho más sofisticado. Opera mediante investigaciones selectivas, procesos prolongados, amenazas permanentes de imputación, incertidumbre jurídica y desgaste psicológico. El objetivo no siempre es encarcelar. Muchas veces basta con convertir la actividad política en una práctica de alto riesgo. El mensaje es simple: quien desafíe determinadas estructuras de poder deberá asumir costos crecientes.

La eficacia de este mecanismo reside en su capacidad pedagógica. No es necesario perseguir a todos. Basta con algunos casos emblemáticos para que el resto comprenda los límites de lo permitido. El castigo deja de actuar exclusivamente sobre los cuerpos y comienza a operar sobre las expectativas, los cálculos y las decisiones futuras de los individuos. Se gobierna mediante el miedo anticipado.

En este contexto, la Asamblea Legislativa adquiere un papel fundamental. Foucault observó que el poder moderno rara vez gobierna contra la ley. Prefiere gobernar mediante la ley. Las instituciones legislativas permiten transformar decisiones políticas en normas dotadas de legitimidad formal. De esta manera, herramientas extraordinarias pueden adquirir apariencia de normalidad jurídica. Lo que podría percibirse como expansión del poder coercitivo es presentado como fortalecimiento institucional. Lo que podría interpretarse como concentración de poder aparece como defensa de la democracia.

La figura de Evo Morales cumple una función política que trasciende su eventual responsabilidad en los acontecimientos. En períodos de crisis prolongada, los sistemas políticos suelen producir chivos expiatorios capaces de condensar múltiples tensiones sociales en una sola figura. La complejidad estructural desaparece y es sustituida por una explicación personalizada. El problema ya no es económico, institucional o político. El problema tiene un nombre propio. Una vez construida esa narrativa, la neutralización de esa figura puede ser presentada como la solución del conflicto.

Desde esta perspectiva, la eventual captura o neutralización política de Morales tendría un valor simbólico que supera ampliamente las cuestiones jurídicas involucradas. Permitirá afirmar que el origen del problema ha sido eliminado y que, por tanto, cualquier persistencia del conflicto carecería de justificación. El enemigo se convierte así en un recurso narrativo indispensable para restaurar la legitimidad del poder.

Todo este proceso se desarrolla sobre un trasfondo geopolítico que no puede ser ignorado. Bolivia posee recursos estratégicos, una institucionalidad históricamente vulnerable y una posición relevante dentro de los equilibrios regionales. En consecuencia, las disputas internas inevitablemente generan interés en actores internacionales. Sin embargo, el problema central no radica únicamente en la influencia externa. La verdadera cuestión es la convergencia entre intereses económicos, sectores empresariales, élites políticas, grupos de poder regionales y discursos de seguridad que encuentran beneficios comunes en la estabilización de un determinado orden político.

Lo más inquietante de este fenómeno es que no requiere necesariamente una conspiración perfecta. Los distintos actores pueden actuar por motivaciones diferentes y aun así reforzar mutuamente la misma racionalidad de poder. El resultado es una estructura donde la seguridad desplaza a la política, el miedo reemplaza al debate y la obediencia comienza a presentarse como virtud democrática.

La ironía final es quizás la más amarga. Los gobiernos suelen afirmar que actúan para salvar la democracia precisamente cuando comienzan a restringir las condiciones que hacen posible una democracia auténtica. El poder raramente se presenta como dominación. Se presenta como responsabilidad. Se presenta como necesidad. Se presenta como protección. Y es precisamente por ello que debe ser examinado críticamente.

Cuando la protesta se convierte en terrorismo, cuando la oposición se convierte en amenaza existencial, cuando la excepción comienza a transformarse en normalidad y cuando el miedo se convierte en principio organizador de la vida política, la pregunta ya no es quién gobierna. La verdadera pregunta es qué tipo de sociedad está siendo producida por ese gobierno y cuánto de la libertad colectiva se está sacrificando en nombre de su propia defensa.

LA EMBESTIDA DEL TORO: REPRESIÓN, DESGASTE SOCIAL Y RADICALIZACIÓN POLÍTICA BAJO RODRIGO PAZ EN BOLIVIA

Por: Nulfo Yala

Lo que se perfila en Bolivia no es simplemente un conflicto político, sino una estrategia calculada de desgaste social donde el gobierno de Rodrigo Paz parece apostar al cansancio, al miedo y a la militarización para quebrar la capacidad de resistencia de los movimientos sociales y consolidar un modelo subordinado a empresarios y terratenientes. Bajo discursos de “orden” y “pacificación”, se normaliza la posibilidad de un estado de excepción mientras sectores de extrema derecha celebran desde el extranjero la represión como mecanismo de control. El problema es que la historia demuestra que humillar y silenciar al pueblo nunca garantiza estabilidad duradera: solo acumula rabia, radicalización y fractura social. Subestimar a un líder con rasgos autoritarios, dispuesto a embestir sin medir consecuencias, puede ser un error histórico, porque cuando un gobierno convierte a la protesta en enemigo interno y reemplaza el diálogo por la fuerza, deja de gobernar una democracia y comienza a administrar el miedo.

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La estrategia de Rodrigo Paz no parece improvisada ni producto del nerviosismo político de un gobierno acorralado. Tiene más bien la lógica fría de quien entiende que el desgaste social no siempre se derrota con argumentos, sino con agotamiento, miedo y fragmentación. Primero se deja que la crisis madure hasta pudrirse; luego se permite que los conflictos se acumulen, que las organizaciones populares se desgasten entre bloqueos interminables, divisiones internas y hambre cotidiana; finalmente, cuando el cansancio colectivo ya ha erosionado la capacidad de resistencia, aparece la amenaza de un estado de excepción como si fuera un acto inevitable de “orden”. La vieja fórmula latinoamericana vuelve a desfilar con traje nuevo: fabricar caos para justificar disciplina. Y mientras los voceros empresariales hablan de estabilidad económica desde oficinas climatizadas, miles de familias cargan sobre la espalda el costo real de esa estabilidad, una estabilidad que curiosamente siempre exige sacrificios de abajo hacia arriba y nunca al revés.

Lo más inquietante es que el discurso oficial intenta vender esta operación como un acto de responsabilidad histórica. Se habla de “pacificación”, de “recuperar el país”, de “poner límites a la violencia”, como si las élites económicas fueran monjes tibetanos obligados a defenderse de hordas irracionales. La ironía grotesca: quienes controlan bancos, agroindustrias, exportaciones y grandes medios aparecen representándose a sí mismos como víctimas indefensas frente a campesinos, obreros y sectores populares que apenas poseen la capacidad de movilizar sus cuerpos en las calles. El lenguaje político se invierte de manera obscena. El rico se disfraza de perseguido y el pobre termina convertido en amenaza nacional. No es casualidad que ciertos operadores políticos bolivianos de extrema derecha, instalados cómodamente en Estados Unidos mientras juegan a dirigir la patria por redes sociales y programas digitales, hablen abiertamente del respaldo del llamado “escudo de las Américas”, casi como si anunciaran con orgullo que Bolivia debe administrarse bajo tutela ideológica extranjera. Resulta curioso ver a quienes se llenan la boca con soberanía nacional celebrando cualquier guiño geopolítico proveniente del norte continental.

El problema es que sacar militares a reprimir no es un videojuego táctico ni una fotografía heroica para redes sociales. La historia latinoamericana está llena de gobiernos que creyeron poder controlar la violencia una vez abierta la puerta de los cuarteles, y casi todos terminaron descubriendo demasiado tarde que el miedo puede disciplinar momentáneamente, pero también radicaliza. Un estado de excepción no neutraliza necesariamente el conflicto; muchas veces lo profundiza, lo desplaza y lo vuelve más impredecible. Cuando una población percibe que las vías políticas tradicionales dejan de servir, el resentimiento se acumula debajo de la superficie institucional como presión tectónica. La aparente calma puede ser simplemente silencio forzado. Y los silencios impuestos suelen incubar explosiones mucho más peligrosas que las protestas originales. Un gobierno que apuesta a humillar movimientos sociales en lugar de comprenderlos termina sembrando generaciones enteras de desconfianza hacia cualquier forma de institucionalidad.

Hay además un componente simbólico particularmente perturbador en la figura presidencial. Los artículos anteriores ya habíamos advertido ciertos guiños autoritarios, ciertas obsesiones con el enemigo interno, cierta fascinación por el orden entendido como obediencia absoluta. No se trata únicamente de decisiones concretas, sino de una forma de concebir la política como confrontación permanente donde el adversario deja de ser interlocutor para convertirse en obstáculo a destruir. La frase pronunciada por su padre, aquella donde lo define como “un toro”, termina funcionando casi como una confesión involuntaria de carácter. El toro no dialoga; embiste. El toro no mide consecuencias; avanza. Y el problema aparece cuando un país entero queda atrapado dentro de esa psicología de confrontación. Gobernar como si toda crítica fuera una amenaza existencial puede conducir a escenarios extremadamente peligrosos, porque la administración del Estado termina reducida a una lógica de enemigos y castigos.

Subestimarlo sería ingenuo. Existe una tendencia cómoda dentro de ciertos sectores progresistas a caricaturizar a figuras de derecha como simples incompetentes o productos pasajeros del marketing electoral. Pero las experiencias históricas muestran que los proyectos más peligrosos suelen crecer precisamente cuando sus adversarios los toman a la ligera. Mientras algunos todavía creen estar frente a un político tradicional preocupado únicamente por encuestas, el aparato ideológico alrededor suyo parece operar con una visión mucho más profunda: desmontar lentamente la capacidad de presión social (utilizando estrategias de ataque legal como la reciente abrogación de la ley 1341 de Estados de Excepción), criminalizar la protesta y consolidar un modelo económico completamente subordinado a grupos empresariales y terratenientes. No es únicamente una disputa electoral; es una disputa sobre qué sectores tendrán derecho a existir políticamente en Bolivia y cuáles deberán aceptar obediencia silenciosa como condición de supervivencia.

Las consecuencias económicas y sociales de ese escenario podrían ser devastadoras. Una represión prolongada no traerá inversión milagrosa ni estabilidad automática. Lo más probable es que produzca fuga de capitales pequeños, deterioro del consumo interno, mayor polarización regional y una fractura irreversible entre el Estado y amplios sectores populares. Los empresarios que hoy celebran mano dura desde sus círculos privados olvidan que ningún mercado funciona sanamente sobre cadáveres políticos permanentes. La violencia institucional termina contaminándolo todo: destruye legitimidad, paraliza diálogo y convierte cada conflicto cotidiano en una posible detonación nacional. La aparente victoria inmediata puede terminar siendo el inicio de una larga decadencia política.

Bolivia ya conoce demasiado bien el costo histórico de los gobiernos que creen que la fuerza puede reemplazar indefinidamente al consenso. El país arrastra memorias de masacres, persecuciones y militarizaciones que nunca desaparecieron del todo de la conciencia colectiva. Pensar que una nueva generación aceptará dócilmente un modelo de disciplinamiento permanente es no entender la estructura profunda de la sociedad boliviana. Aquí las derrotas nunca son definitivas; se acumulan como memoria social. Y cuando esa memoria encuentra nuevamente condiciones para organizarse, suele regresar con mucha más intensidad. Por eso el escenario actual no debería analizarse únicamente como una coyuntura de “unos pocos vándalos” como el gobierno trata de hacer ver, sino como el posible ingreso a una etapa de radicalización política donde el gobierno, obsesionado con aplastar toda resistencia, podría terminar alimentando exactamente aquello que pretende destruir.

EL AGOTAMIENTO DEL GOBIERNO DE RODRIGO PAZ Y LA TRAGEDIA DE UN PAÍS QUE COMIENZA A NORMALIZAR EL HAMBRE, LA ESCASEZ Y EL DESGASTE POLÍTICO- SOCIAL

Por: Nulfo Yala

Bolivia atraviesa una de las horas más oscuras de su historia reciente: un país agotado, atrapado entre la escasez, la inflación y el miedo, mientras un gobierno sin rumbo intenta sobrevivir administrando la miseria cotidiana como si todavía gobernara. Las filas por combustible, el encarecimiento de los alimentos, el hambre silenciosa y la pérdida del poder adquisitivo ya no son episodios aislados, sino señales de un colapso estructural que el poder pretende ocultar entre discursos vacíos, persecuciones judiciales y falsas mesas de diálogo. Incapaz de conectar con la población y subordinado a intereses empresariales, terratenientes y agroexportadores, el gobierno de Rodrigo Paz parece avanzar hacia una deriva peligrosa donde la desesperación social, el desgaste político y la fragilidad institucional podrían abrir paso a escenarios extremos, desde estados de excepción hasta intentos de ruptura democrática impulsados por sectores conservadores y militares. Lo más inquietante no es solamente la crisis económica, sino la sensación creciente de que Bolivia ha comenzado a perder la certeza de tener todavía un futuro.

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La escena política boliviana atraviesa uno de esos momentos donde el poder ya no gobierna, apenas administra el deterioro. El lenguaje oficial continúa hablando de estabilidad, coordinación y diálogo, mientras las calles hablan otro idioma: filas interminables por combustible, alimentos cada vez más caros, salarios pulverizados, mercados vacíos y una población que empieza a comprender que el problema ya no es coyuntural sino estructural. Allí aparece el verdadero drama del gobierno de Rodrigo Paz: no solamente su incapacidad para resolver la crisis, sino su absoluta imposibilidad de comprenderla.

El síntoma más revelador no es la escasez de gasolina. Tampoco la inflación. Mucho menos el deterioro de carreteras o el colapso del abastecimiento. El síntoma más inquietante es otro: un gobierno obligado a negociar la supervivencia cotidiana como si administrar la precariedad fuese una política pública. El acuerdo firmado con algunos sectores no transmite fortaleza estatal, transmite agotamiento. Cuando el Estado empieza a reunirse para discutir horarios de surtidores, mecanismos de distribución de diésel y estrategias de contención social, el problema deja de ser económico y se convierte en una cuestión de legitimidad. El poder ya no organiza el país, apenas intenta retrasar el momento de su descomposición.

Durante años, Bolivia vivió sostenida por la ilusión de abundancia derivada del gas, los subsidios y el gasto público expansivo. El modelo permitía alimentar la narrativa de crecimiento mientras el excedente energético cubría ineficiencias estructurales, corrupción administrativa y dependencia importadora. Pero toda maquinaria clientelar necesita recursos para sostener fidelidades. Cuando esos recursos comienzan a desaparecer, el discurso revolucionario muta rápidamente en administración policial de la escasez. Entonces aparecen los controles, las amenazas judiciales, las campañas de disciplinamiento mediático y el viejo reflejo latinoamericano de convertir el conflicto social en problema de orden público.

El gobierno de Rodrigo Paz parece atrapado exactamente en ese punto histórico: demasiado débil para resolver la crisis y demasiado comprometido con grupos de poder para transformarla. La pretendida “concertación política” terminó convertida en una alianza funcional con sectores empresariales agroexportadores y élites terratenientes, particularmente vinculadas al eje económico cruceño, donde la lógica del mercado se volvió más importante que cualquier horizonte nacional. El resultado es grotesco: un gobierno que habla en nombre del pueblo mientras gobierna para quienes jamás harán fila por gasolina, jamás sentirán el aumento del aceite y jamás calcularán si alcanza el salario para llegar a fin de mes.

La ironía es brutal. Durante décadas el discurso político boliviano denunció a las oligarquías, al neoliberalismo y a las élites empresariales como responsables históricos de la desigualdad. Hoy el mismo aparato estatal termina subordinado a las exigencias de esos sectores bajo el elegante nombre de “estabilidad económica”. Se gobierna para tranquilizar mercados mientras la población aprende a sobrevivir en mercados vacíos. El ciudadano común ya no escucha proyectos históricos, escucha recomendaciones para madrugar más temprano si quiere encontrar combustible.

Y allí emerge otro elemento decisivo: la ruptura simbólica entre el poder y la vida cotidiana. El gobierno ya no logra interpretar el malestar social porque vive encapsulado en la lógica burocrática del informe, la conferencia y el acuerdo institucional. Mientras la población experimenta hambre, incertidumbre y desgaste psicológico, la respuesta oficial continúa reducida a mesas de diálogo, actas y anuncios técnicos. Es la política convertida en simulacro administrativo. El poder ya no produce esperanza; produce comunicados.

La situación se vuelve aún más peligrosa cuando el desgaste comienza a derivar en mecanismos autoritarios de conservación. Todo gobierno incapaz de reconstruir legitimidad termina tentado por la coerción. Primero aparecen las acusaciones de desestabilización. Después la judicialización de opositores, dirigentes y críticos. Finalmente surge el fantasma del estado de excepción como herramienta para administrar el descontento. Pero la paradoja es evidente: cuanto más intenta endurecerse un gobierno débil, más expone su fragilidad. La represión puede contener temporalmente el conflicto, pero jamás resolver la crisis material que lo origina.

Bolivia entra así en una zona históricamente peligrosa. Porque cuando la institucionalidad pierde legitimidad y la economía pierde estabilidad, el sistema político entero comienza a abrir espacios para salidas extraordinarias. La historia latinoamericana conoce demasiado bien ese libreto. Las élites económicas que hoy sostienen al gobierno podrían mañana abandonarlo si consideran que dejó de ser funcional a sus intereses. El empresariado jamás tiene lealtades ideológicas permanentes; tiene correlaciones de utilidad. Y si la figura de Rodrigo Paz termina siendo percibida como un obstáculo para la estabilización del capital y el control social, sectores conservadores podrían empezar a reorganizar alternativas más agresivas.

Allí aparece el escenario más delicado: la posibilidad de articulaciones golpistas impulsadas desde sectores de derecha con participación o presión sobre las fuerzas armadas. No sería una anomalía histórica. Sería, precisamente, la repetición de una tradición continental donde las crisis económicas profundas suelen convertirse en oportunidades para reconfigurar el poder mediante mecanismos extrademocráticos. Cuando las clases dominantes sienten amenazada la estabilidad de acumulación, la democracia suele convertirse en un lujo secundario.

El problema es que el gobierno tampoco puede retirarse fácilmente. Hay demasiados intereses económicos, redes clientelares y estructuras políticas comprometidas en la preservación del aparato estatal. El poder ya no se conserva únicamente por convicción ideológica, sino por necesidad material. Perder el gobierno implicaría perder contratos, protección judicial, espacios burocráticos, privilegios económicos y capacidad de negociación. Por eso el oficialismo parece jugar al desgaste, esperando que la población se acostumbre gradualmente a vivir peor. Una pedagogía de la resignación nacional.

Pero existe un límite para toda normalización de la precariedad. La gente puede tolerar discursos vacíos durante un tiempo. Puede incluso soportar corrupción, incompetencia o cinismo. Lo que rara vez soporta indefinidamente es el deterioro simultáneo de la vida cotidiana. Cuando el combustible falta, la comida se encarece, el salario pierde valor y el horizonte desaparece, el malestar deja de ser ideológico y se vuelve existencial. Allí las sociedades entran en estados de volatilidad impredecible.

Lo verdaderamente inquietante es que Bolivia parece haber perdido no solo estabilidad económica, sino dirección histórica. Ya no existe un horizonte político reconocible. El gobierno improvisa, la oposición especula y las élites calculan costos. Mientras tanto, la población observa cómo el país empieza a acostumbrarse a negociar la escasez como si fuese una condición natural. Y quizá esa sea la señal más clara de la crisis: cuando la decadencia deja de percibirse como excepción y empieza a administrarse como normalidad.

CUANDO EL MERCADO SE DISFRAZA DE SALVACIÓN NACIONAL: EL NUEVO PAQUETE DE LEYES Y LA RESTAURACIÓN SILENCIOSA DEL PODER DE LAS ÉLITES EN BOLIVIA

Por Nulfo Yala

Bajo el discurso aparentemente incuestionable de “reactivar la economía” y “modernizar el Estado”, el nuevo paquete de leyes impulsado por el gobierno boliviano revela una reconfiguración silenciosa del poder orientada a fortalecer a sectores empresariales, agroindustriales, terratenientes y grupos económicos históricamente privilegiados, convirtiendo la crisis en un mecanismo de legitimación para flexibilizar derechos, concentrar poder y disciplinar socialmente a la población mediante el miedo económico. Mientras se habla en nombre del pueblo y del desarrollo nacional, el Estado parece desplazarse progresivamente desde una lógica de protección colectiva hacia una función técnica de administración de intereses corporativos, donde la eficiencia, la inversión y la seguridad jurídica terminan funcionando como eufemismos de subordinación política al capital. La ironía más brutal reside en que este proceso avanza envuelto en una narrativa popular y soberanista, mientras consolida precisamente aquello que durante décadas se prometió combatir: la restauración de un orden conservador donde las élites económicas recuperan capacidad de conducción sobre el Estado y la sociedad, y donde incluso quienes resultan perjudicados terminan defendiendo las estructuras que profundizan su propia subordinación.

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Hay algo profundamente revelador cuando un gobierno comienza a hablar obsesivamente de “reactivar”, “modernizar”, “destrabar”, “aliviar” y “reformar”. Las palabras nunca llegan solas. Llegan acompañadas de técnicos, empresarios, consultoras, cámaras industriales, promesas de inversión extranjera y discursos sobre eficiencia. Y detrás de esa retórica casi quirúrgica aparece siempre la misma pregunta incómoda: ¿reactivar para quién?, ¿modernizar qué?, ¿destrabar a costa de quién?, ¿aliviar la carga de quiénes mientras otros siguen cargando el peso entero del país?

El nuevo paquete de leyes impulsado por el gobierno boliviano se presenta públicamente como una necesidad histórica para enfrentar la crisis económica, atraer inversiones y “reformar el Estado”. El discurso parece impecable. Nadie podría oponerse, en apariencia, a combatir la crisis. Nadie podría declararse enemigo de la producción o del crecimiento económico. Allí reside precisamente la eficacia del lenguaje del poder: convertir intereses particulares en necesidades universales. La operación es elegante. Primero se instala la idea de catástrofe económica permanente; luego se convence a la población de que cualquier resistencia a las reformas equivale a sabotear el futuro nacional. Finalmente, las medidas favorables a sectores empresariales y grandes capitales aparecen no como privilegios, sino como sacrificios inevitables por el bien común.

El problema es que la historia latinoamericana tiene memoria. Y esa memoria reconoce demasiado bien el libreto. Cada vez que se habla de “seguridad jurídica” para inversionistas, alguien pierde soberanía sobre sus territorios. Cada vez que se promete “flexibilización” normativa, alguna comunidad termina flexibilizando su derecho al agua, a la tierra o a la supervivencia. Cada vez que se invoca la palabra “competitividad”, miles de trabajadores descubren que la competitividad consiste básicamente en trabajar más por menos mientras los grandes grupos económicos reciben exenciones, alivios tributarios y garantías estatales.

La ironía es brutal. Durante décadas, el discurso político boliviano se construyó alrededor de la defensa de la soberanía popular, la descolonización y la resistencia frente al neoliberalismo. Ahora el nuevo horizonte parece ser seducir inversionistas extranjeros con promesas de “apertura absoluta”, alivio tributario y reformas estructurales destinadas a generar confianza empresarial. El lenguaje cambió de piel, pero no de dirección. El mercado vuelve a ocupar el lugar del antiguo dios republicano: invisible, incuestionable y siempre hambriento.

Se afirma que estas leyes buscan “formalizar la economía”. Qué expresión tan interesante. Formalizar suele significar disciplinar. Registrar. Vigilar. Incorporar a las poblaciones informales dentro de circuitos de control financiero, tributario y administrativo. El Estado aparece entonces no como garante de derechos colectivos, sino como administrador técnico de flujos económicos. El ciudadano deja de ser sujeto político y se convierte progresivamente en unidad económica cuantificable. Lo importante ya no es la vida digna, sino la productividad medible.

Mientras tanto, los sectores históricamente dominantes recuperan centralidad con una velocidad asombrosa. Agroindustriales, exportadores, inversionistas extranjeros y grandes propietarios son nuevamente presentados como los verdaderos salvadores nacionales. La narrativa es conocida: si ellos prosperan, el país prosperará. Si ellos ganan confianza, habrá empleo. Si ellos acumulan más capital, eventualmente algo “derramará” hacia abajo. Curiosa teoría esa del derrame: lleva décadas prometiendo lluvias y casi siempre termina inundando únicamente los mismos jardines privados.

El trasfondo más inquietante no está solamente en las leyes concretas, sino en la racionalidad que las sostiene. Ya no se gobierna apelando a proyectos colectivos emancipatorios, sino administrando el miedo económico. La crisis se transforma en instrumento pedagógico. Se enseña a la población que debe aceptar sacrificios, pérdida de derechos y concentración económica porque la alternativa sería el caos absoluto. El miedo funciona mejor que cualquier decreto. Un pueblo económicamente angustiado termina aceptando como inevitables medidas que en otro contexto serían consideradas escandalosas.

Y allí aparece el verdadero núcleo del problema: la consolidación silenciosa de una nueva arquitectura de poder. No se trata únicamente de beneficiar empresarios o terratenientes. Se trata de reconstruir un orden social donde ciertos grupos económicos adquieran capacidad estructural para definir políticas públicas, orientar reformas estatales y establecer los límites de lo políticamente posible. El Estado deja gradualmente de representar tensiones sociales para convertirse en operador administrativo de intereses estratégicos.

Por eso el discurso gubernamental insiste tanto en la “eficiencia”. Porque la eficiencia, despojada de cualquier contenido ético o político, suele ser simplemente el nombre elegante de la obediencia económica. Un Estado eficiente para los mercados puede resultar profundamente violento para las comunidades indígenas, para los trabajadores precarizados o para las regiones periféricas. Pero esa violencia rara vez aparece en los informes técnicos. Las estadísticas macroeconómicas poseen una extraordinaria capacidad para ocultar cuerpos concretos.

Resulta incluso sarcástico observar cómo ciertos sectores conservadores, históricamente enfrentados al discurso estatal plurinacional, ahora convergen cómodamente alrededor de estas reformas económicas. El capital posee una virtud extraordinaria: logra reconciliar enemigos ideológicos cuando las oportunidades de acumulación son suficientemente atractivas. La vieja tensión entre nacionalismo popular y élites económicas comienza a diluirse en nombre de la gobernabilidad, la inversión y la estabilidad.

Entonces surge una sospecha incómoda: quizá el objetivo final nunca fue únicamente superar la crisis económica. Quizá la crisis es también una oportunidad privilegiada para reorganizar relaciones de poder, recentralizar decisiones estratégicas y consolidar un modelo donde los sectores económicos dominantes recuperen capacidad de conducción histórica. Las leyes aparecen así no solo como instrumentos jurídicos, sino como dispositivos para fabricar un nuevo tipo de sociedad: más disciplinada, más empresarial, más obediente al mercado y menos capaz de imaginar alternativas colectivas.

La tragedia es que todo esto ocurre mientras se sigue hablando en nombre del pueblo. Siempre en nombre del pueblo. Porque el poder contemporáneo rara vez se presenta como dominación abierta. Prefiere disfrazarse de modernización, estabilidad, consenso técnico o inevitabilidad económica. Ya no necesita imponer silencios violentamente; le basta con administrar discursos, producir necesidades y convencer a la sociedad de que no existe otro camino posible.

Y quizás allí reside el triunfo más sofisticado del nuevo orden: lograr que las propias víctimas de la concentración económica terminen defendiendo las estructuras que profundizan su subordinación, creyendo que proteger los privilegios de las élites equivale a defender la salvación nacional. Una obra maestra del poder. Tan refinada que incluso quienes pierden terminan aplaudiendo mientras se firma su derrota.

LA DERIVA HACIA UN ESTADO FALLIDO EN BOLIVIA: CORRUPCIÓN ESTRUCTURAL, NARCOTRÁFICO Y LA ESCALADA DE LA VIOLENCIA CRIMINAL

Por Nulfo Yala

La ejecución de un magistrado en el corazón del conflicto agrario no es un hecho aislado, sino la irrupción visible de un poder que ya no se oculta: redes criminales que atraviesan tierra, dinero e instituciones y que comienzan a disputar la soberanía misma del Estado. Lo que emerge no es solo violencia, sino un orden paralelo que infiltra, condiciona y reemplaza al derecho, donde la ley pierde fuerza frente a la bala y la riqueza deja de ser cuestionada para convertirse en símbolo incuestionable de éxito. Bajo esta lógica, el crecimiento económico puede esconder capitales oscuros, la corrupción deja de ser excepción para volverse estructura, y la sociedad entera participa, consciente o no, en la normalización del origen ilícito del poder. El asesinato no solo elimina a un individuo: instala el miedo como regla, advierte a quienes deciden y revela un tránsito peligroso hacia un escenario donde el Estado se vacía desde dentro, acercándose a una forma de colapso silencioso en medio de violencia y crisis.

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El asesinato del magistrado decano del Tribunal Agroambiental, Víctor Hugo Claure Hinojoza, en Santa Cruz, no puede ser leído como un hecho policial más. Fue atacado por presuntos sicarios cerca de la medianoche del 30 de abril de 2026, cuando se encontraba en su vehículo; medios nacionales reportan que recibió disparos y que una de las líneas investigativas apunta a posibles conflictos de tierras. ¿Qué significa que un alto miembro del órgano encargado de resolver controversias agrarias sea ejecutado en una región donde la tierra, el dinero y el poder se cruzan de forma tan opaca? ¿Qué clase de mensaje se instala cuando la violencia deja de ocultarse y comienza a hablar en público, con motocicletas, balas y cuerpos expuestos?

La pregunta incómoda no es solo quién mató al magistrado, sino qué estructura hizo posible que ese crimen aparezca como verosímil dentro del paisaje boliviano actual. Santa Cruz ya venía registrando asesinatos a bala que el Ministerio Público y la Policía asociaron, preliminarmente, con organizaciones criminales y posibles ajustes de cuentas. Entonces, ¿se trata de una anomalía o de una gramática nueva del poder criminal? ¿No será que el crimen organizado dejó de actuar como sombra económica y ahora comienza a actuar como soberanía paralela, capaz de administrar miedo, castigo y advertencia?

El problema es que Bolivia ha preferido durante años hablar del narcotráfico como si fuera una enfermedad externa, importada, marginal, casi accidental. Pero los indicios recientes obligan a mirar de frente una hipótesis más dura: las redes criminales no llegaron ayer, sino que pudieron haber convivido largamente con circuitos de dinero, tierra, comercio, protección política, corrupción judicial y tolerancia social. Un reportaje internacional de 2025 describió a Bolivia como un país que pasó de ser principalmente tránsito de droga a un posible enclave de operación criminal, con presencia de redes extranjeras, asesinatos, secuestros y extorsiones vinculadas al narcotráfico. ¿No será que el país está descubriendo tarde lo que ya estaba administrado silenciosamente desde hace años?

La tierra aparece aquí como una superficie material, pero también como archivo político. En Santa Cruz, la expansión agroindustrial y la disputa por áreas boscosas han sido señaladas como factores de tensión económica, social y territorial, especialmente por sus efectos sobre poblaciones indígenas y comunidades locales. La historia agraria boliviana tampoco es inocente: documentos del INRA recuerdan que, en determinados periodos, una pequeña minoría de propietarios concentraba una enorme proporción de la propiedad agraria. ¿Hasta qué punto la gran propiedad ha sido solamente producción, modernidad y eficiencia? ¿Hasta qué punto ha sido también una tecnología de captura, de blanqueamiento, de silencio y de prestigio social?

Sería ingenuo negar que las economías criminales buscan precisamente sectores donde grandes flujos de capital puedan mezclarse con negocios legales, activos territoriales, crédito, exportación, ganado, maquinaria, construcción y redes de influencia. El lavado de dinero tiene efectos económicos y sociales precisamente porque introduce recursos ilícitos dentro del flujo formal de la economía. Entonces, la pregunta queda abierta y molesta: ¿cuántas fortunas son realmente el resultado de productividad y cuántas son monumentos contables levantados sobre dinero sin origen confesable?

El llamado “modelo cruceño” ha sido presentado muchas veces como relato de éxito, emprendimiento, crecimiento y modernización. Pero ¿qué ocurre si parte de ese brillo fuese también una ilusión sostenida por capitales opacos? ¿Qué ocurre si el deseo social de “hacerse rico” en un país pobre terminó volviendo irrelevante la pregunta moral más básica: de dónde viene el dinero? En una sociedad donde el prestigio se mide por camionetas, urbanizaciones, estancias, ganado, edificios y consumo, el dinero deja de ser interrogado y empieza a ser venerado. Allí opera la forma más eficaz del poder: no necesita prohibir, solo necesita producir deseo, admiración y obediencia.

La corrupción estructural del Estado boliviano agrava este escenario. Si la Policía, la justicia, los registros, las instituciones agrarias y las autoridades políticas son percibidas como comprables o intimidables, entonces el crimen organizado no necesita destruir el Estado: le basta con habitarlo. Ese es el punto más oscuro. El Estado fallido no siempre aparece como ausencia total de instituciones, sino como presencia institucional vaciada, donde hay oficinas, sellos, jueces, policías, fiscales y discursos, pero el mando real circula por otros canales. ¿Qué vale una investigación si los investigadores pueden estar condicionados? ¿Qué vale una sentencia si la justicia puede ser sitiada por intereses económicos? ¿Qué vale la ley si la bala empieza a imponerse como lenguaje de decisión?

La ejecución del magistrado introduce un desplazamiento inquietante: ya no se trata únicamente de economías ilegales que buscan proteger sus circuitos, sino de estructuras que parecen dispuestas a intervenir en los espacios donde se define la propiedad, la legalidad y el conflicto. ¿Qué implica que un juez vinculado al ámbito agrario sea asesinado en un contexto donde las hipótesis giran alrededor de tierras y posibles ajustes de cuentas? ¿No se está insinuando, de manera brutal, que la disputa territorial ya no reconoce mediaciones institucionales y comienza a resolverse por fuera del derecho? En ese punto, la violencia no es desorden, sino reorganización del poder.

La experiencia comparada latinoamericana ofrece un espejo incómodo. En países como México, la escalada de violencia vinculada al narcotráfico no comenzó con grandes cárteles plenamente visibles, sino con fases progresivas de infiltración, corrupción, cooptación institucional y normalización social del dinero ilícito. Solo después emergió la violencia abierta como espectáculo disciplinario: cuerpos, mensajes, ejecuciones selectivas. ¿Está Bolivia transitando un umbral similar o aún se encuentra en una fase reversible? La pregunta no es retórica; es estratégica.

Lo que inquieta es que los signos comienzan a alinearse: asesinatos con características de sicariato, circulación de armas, disputas territoriales, economías ilegales con capacidad logística, redes internacionales, percepción social de impunidad y, sobre todo, una progresiva indiferencia colectiva frente al origen del capital. ¿Hasta qué punto la sociedad boliviana ha naturalizado esta lógica? ¿Hasta qué punto la promesa de ascenso económico ha reemplazado cualquier escrutinio ético? Allí se configura un campo de poder donde el dinero no solo compra bienes, sino también legitimidad simbólica.

El problema no se agota en la criminalidad, sino en la forma en que esta reconfigura el ejercicio mismo del poder estatal. Cuando la violencia deja de ser excepcional y se vuelve un instrumento comunicativo, lo que se está disputando es la soberanía. ¿Quién decide en última instancia sobre la vida, la propiedad, el territorio y el castigo? ¿El Estado o estructuras paralelas que operan con mayor eficacia y menor restricción normativa? Si la respuesta comienza a inclinarse hacia estas últimas, la noción de Estado deja de ser una realidad y se convierte en una ficción administrativa.

En este escenario, la idea de “Estado fallido” debe ser pensada con precisión. No se trata de una caída súbita, sino de una erosión gradual donde las funciones esenciales son capturadas o neutralizadas. El control territorial se fragmenta, la justicia pierde autoridad, la policía pierde legitimidad y la violencia se privatiza. ¿No es precisamente ese el proceso que comienza a insinuarse cuando un magistrado puede ser ejecutado sin que el hecho produzca una reacción institucional contundente capaz de restituir confianza? El silencio o la respuesta débil también comunican: indican límites, muestran incapacidad, habilitan nuevas acciones.

A su vez, la violencia tiene una dimensión pedagógica. No solo elimina a un individuo, sino que envía un mensaje a todos los demás: jueces, fiscales, políticos, empresarios, campesinos, dirigentes, ciudadanos. Enseña qué se puede hacer, hasta dónde se puede llegar y cuáles son las consecuencias de intervenir en ciertos conflictos. En ese sentido, el asesinato del magistrado no es únicamente un crimen; es un acto de producción de miedo, una advertencia que busca reorganizar comportamientos. ¿Cuántas decisiones futuras serán condicionadas por ese hecho? ¿Cuántos actores optarán por callar, negociar o retirarse?

La cuestión final es más inquietante que cualquier diagnóstico: ¿está Bolivia asistiendo al tránsito de un orden donde el poder se legitimaba jurídicamente hacia otro donde el poder se impone por la capacidad de ejercer violencia directa? Si esa transición se consolida, el problema ya no será únicamente el narcotráfico o la corrupción, sino la mutación del propio régimen de verdad que organiza la vida social. La ley dejaría de ser referencia y la fuerza se convertiría en criterio.

Entonces, la muerte del magistrado no puede ser reducida a una estadística más. Funciona como síntoma. Un síntoma que obliga a preguntarse si lo que se observa es el inicio de una nueva fase o la revelación tardía de una realidad que siempre estuvo operando bajo la superficie. ¿Cuánto de lo que hoy aparece como crisis es, en realidad, la visibilidad de un orden que durante años se prefirió no ver? ¿Y cuánto tiempo más puede sostenerse esa negación antes de que la violencia deje de ser señal y se convierta en norma?

MILEI CONTRA KARL MARX: IGNORANCIA CON PODER Y ALTAVOZ

Por Nulfo Yala:

Cuando el poder renuncia a la razón y se refugia en la condena moral, el debate público deja de existir y es sustituido por un espectáculo de exorcismos ideológicos donde pensar se vuelve sospechoso; convertir a Karl Marx en figura demoníaca no solo evidencia ignorancia, sino una estrategia deliberada para clausurar toda crítica al orden económico vigente, y cuando esa operación es ejecutada desde la tribuna de Javier Milei con la solemnidad de un reconocimiento académico, lo que se revela no es fortaleza intelectual sino una profunda fragilidad: la incapacidad de sostener un sistema sin fabricar enemigos absolutos, sin distorsionar ideas y sin convertir la política en una cruzada donde la complejidad es sacrificada en nombre de consignas tan ruidosas como vacías.

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El poder, cuando percibe amenazada su arquitectura simbólica, rara vez responde con argumentos; prefiere producir figuras del enemigo que permitan clausurar la discusión antes de que esta comience. En ese gesto, la crítica se transforma en un ritual de purificación y el lenguaje en un instrumento de excomunión. Así ocurre cuando Javier Milei decide nombrar a Karl Marx no como interlocutor, sino como encarnación de lo demoníaco. La operación no es ingenua ni anecdótica: es profundamente funcional. Convertir a un autor en figura satánica implica desplazarlo fuera del campo de lo discutible. Ya no se trata de debatir categorías, ni de refutar hipótesis, ni de confrontar diagnósticos sobre el capitalismo; se trata de erradicar simbólicamente una amenaza. El pensamiento, en ese contexto, deja de ser un ejercicio crítico para convertirse en un campo de batalla moral donde todo disenso es sospechoso de impureza.

La acusación de “satanismo” dirigida al marxismo revela más sobre la fragilidad del discurso que la enuncia que sobre el objeto que pretende condenar. Allí donde la teoría exige rigor conceptual, se introduce una retórica teológica que simplifica, distorsiona y finalmente anula la complejidad. El marxismo, con toda su densidad histórica, filosófica y económica, es reducido a una caricatura moral construida a partir de emociones primarias como el miedo y la repulsión. En ese desplazamiento, el campo político se vacía de contenido analítico y se llena de categorías religiosas: bien y mal, pureza y corrupción, salvación y condena. La ironía es brutal: quien se presenta como adalid de la racionalidad económica termina recurriendo a un lenguaje que pertenece al ámbito de la fe, no del análisis.

Pero el problema no se agota en la ignorancia conceptual; adquiere una dimensión más inquietante cuando se observa su función estratégica. Nombrar al marxismo como una teoría de “exterminio” no es simplemente un error, sino una forma de construir una amenaza absoluta que justifique cualquier forma de exclusión. El lenguaje se convierte en un dispositivo de poder que produce realidades: instala la idea de que toda crítica al orden económico vigente es potencialmente violenta, irracional o destructiva. En ese marco, el debate queda cancelado antes de iniciarse, porque nadie discute con aquello que ha sido previamente definido como maligno. La política se reduce entonces a una gestión de miedos, donde el enemigo no debe ser comprendido, sino eliminado del horizonte de lo pensable.

La escena en la que estas afirmaciones son pronunciadas añade una capa adicional de gravedad. No se trata de una declaración marginal o improvisada, sino de un discurso emitido en un contexto de legitimación académica, bajo la investidura de un reconocimiento honorífico. La universidad, históricamente concebida como espacio de crítica y producción de conocimiento, aparece aquí convertida en escenario de validación ideológica. La paradoja es evidente: en el lugar donde debería fomentarse el pensamiento complejo, se celebra la simplificación extrema; donde debería incentivarse el debate, se consagra la condena. El título honorífico no legitima el discurso, pero sí evidencia la capacidad del poder para colonizar incluso los espacios que deberían resistirlo.

La transformación del conflicto social en un relato moralizante constituye quizás el núcleo más problemático de esta retórica. Las tensiones estructurales del capitalismo, la desigualdad persistente, la concentración de riqueza y la precarización de la vida desaparecen del análisis. En su lugar, emergen categorías afectivas que individualizan y despolitizan el problema: envidia, odio, resentimiento. La crítica al sistema deja de ser una posición racional para convertirse en una patología emocional. De este modo, se invierte la carga del problema: no es el sistema el que produce desigualdad, sino los individuos los que reaccionan de manera “incorrecta” frente a él. La operación es eficaz porque desactiva cualquier posibilidad de cuestionamiento estructural y la reemplaza por un juicio moral sobre los sujetos.

El sarcasmo de la situación alcanza niveles casi grotescos. En nombre de la libertad, se construyen discursos que eliminan la pluralidad; en defensa de la racionalidad, se recurre a categorías místicas; en oposición al totalitarismo, se produce un lenguaje que no admite matices ni diferencias. La figura del enemigo absoluto se vuelve indispensable para sostener una narrativa que no tolera la ambigüedad. Y en ese proceso, el pensamiento crítico es desplazado por la repetición de consignas que operan más como actos de fe que como argumentos. Lo que se presenta como una defensa de valores termina siendo, en realidad, una estrategia de simplificación que empobrece el debate público.

Lo que queda al final no es una discusión sobre ideas, sino una evidencia inquietante: la política contemporánea, en ciertos sectores, ha renunciado a la complejidad y ha optado por la dramatización moral como forma de control. Porque discutir a Marx exige leerlo, comprenderlo, situarlo históricamente y confrontar sus tesis con argumentos sólidos. Acusarlo de satanismo, en cambio, solo requiere convicción y un auditorio dispuesto a aceptar la simplificación. Y es precisamente ahí donde se revela la dimensión trágica del fenómeno: no en la existencia de ideas que incomodan al poder, sino en la incapacidad de ese poder para enfrentarlas sin recurrir a la demonización.

LA FIESTA DEL FÚTBOL EN LA ERA DEL GENOCIDIO Y LA DEVASTACIÓN MUNDIAL POR EL IMPERIALISMO

Por: Nulfo Yala

La organización de un Mundial de fútbol en medio de guerras, genocidios y tensiones geopolíticas revela la coherencia de un orden global que convierte el espectáculo en un mecanismo para gestionar emociones y desviar la atención de la violencia estructural. El fútbol se inserta en una lógica económica y política dominada por intereses imperiales, con Estados Unidos como eje y figuras como Donald Trump que explicitan esa voluntad de control, mientras conflictos como Gaza o la agresión a Irán se normalizan en segundo plano. En este contexto, organismos como la FIFA operan como actores clave de una economía del entretenimiento que transforma el deporte en un dispositivo de distracción masiva, capaz de canalizar afectos y sostener un sistema donde la celebración y la devastación conviven sin ruptura aparente.

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En la escena global contemporánea, el poder ya no se esconde detrás de discursos solemnes ni de promesas civilizatorias; se exhibe con una tranquilidad casi obscena, como si la evidencia de su funcionamiento ya no requiriera justificación alguna. En ese paisaje, la organización de un Mundial de fútbol no aparece como una anomalía frente a la crisis planetaria, sino como una de sus expresiones más coherentes. Mientras regiones enteras son devastadas por guerras, desplazamientos forzados y economías de muerte, la maquinaria internacional se moviliza con precisión milimétrica para garantizar que el calendario del espectáculo no se altere. No se trata de un descuido ni de una desconexión accidental, sino de una forma específica de ordenar el mundo: producir simultáneamente la tragedia y la distracción, administrar el dolor y, a la vez, asegurar que este no interrumpa el flujo del entretenimiento.

La gestión de las emociones colectivas se ha convertido en un campo estratégico. El Mundial no es únicamente una competencia deportiva, sino un dispositivo capaz de reconfigurar la sensibilidad global. Se produce una suerte de desplazamiento en la jerarquía de lo importante: lo urgente deja de ser la vida amenazada en territorios en conflicto, para convertirse en el resultado de un partido, en la expectativa de una final, en la discusión interminable sobre decisiones arbitrales. Este cambio no es ingenuo. Se instala una temporalidad paralela donde la intensidad afectiva se canaliza hacia objetos seguros, previsibles, consumibles. El grito en el estadio sustituye al grito ante la injusticia; la euforia colectiva desplaza la indignación política. No porque las personas sean incapaces de percibir la realidad, sino porque el entorno está saturado de estímulos que reorganizan la atención, que diluyen la posibilidad de fijar la mirada en aquello que incomoda.

En este entramado, la lógica imperial se despliega sin necesidad de máscaras. Estados Unidos continúa operando como eje estructurante de un orden global que privilegia sus intereses económicos y estratégicos, y figuras como Donald Trump no hacen más que condensar y exhibir esa voluntad de dominio en su forma más explícita. La pretensión de someter al mundo a una racionalidad empresarial, donde todo es negociable, donde incluso la guerra puede leerse en términos de rentabilidad, encuentra en el fútbol un aliado inesperadamente eficaz. El balón se convierte en mercancía, en símbolo y en herramienta. No es solo un juego, es un nodo dentro de una red de negocios, patrocinios, derechos de transmisión y posicionamientos geopolíticos. Bajo la superficie de la competencia deportiva, circulan capitales y se consolidan jerarquías.

Mientras tanto, la violencia extrema continúa su curso con una regularidad que roza la normalización. El genocidio en Gaza se inscribe en una dinámica donde la repetición de la tragedia termina por erosionar su capacidad de conmover. La agresión a Irán responde a la misma lógica de intervención y control, donde los territorios se convierten en piezas dentro de un tablero estratégico más amplio. Lo verdaderamente perturbador no es solo la existencia de estos conflictos, sino su convivencia con la celebración global del espectáculo. Como si el mundo hubiera aprendido a vivir en una doble dimensión: una donde la muerte se contabiliza y otra donde se festeja un gol con una intensidad que parece negar todo lo demás.

En este contexto, los administradores del fútbol global dejan de ser simples organizadores de torneos para convertirse en actores centrales de una economía del entretenimiento que funciona como engranaje del poder. La FIFA, lejos de encarnar valores deportivos universales, opera como una corporación que articula intereses económicos, políticos y mediáticos. Su capacidad para convocar audiencias masivas la convierte en un instrumento privilegiado para canalizar la atención global. Se vende la idea de unidad entre naciones, de fraternidad en la competencia, mientras se silencian las asimetrías profundas que atraviesan ese mismo sistema internacional. El espectáculo se presenta como neutral, pero su neutralidad es precisamente lo que lo hace funcional.

El Mundial se configura así como un ritual contemporáneo que no elimina el conflicto, sino que lo encubre bajo una capa de celebración permanente. No es que el pueblo sea engañado de manera simple; es que participa activamente en una dinámica que le ofrece sentido, pertenencia y emoción en medio de un entorno incierto. El problema no radica en disfrutar del fútbol, sino en la facilidad con la que ese disfrute puede ser instrumentalizado para neutralizar la crítica, para desplazar la mirada, para convertir la indignación en ruido de fondo. La banalidad del mundo no se manifiesta en la existencia del espectáculo, sino en su capacidad para coexistir sin fricción aparente con la devastación. En esa convivencia, en ese equilibrio inquietante entre fiesta y tragedia, se revela una de las formas más sofisticadas de dominación: aquella que no necesita imponerse por la fuerza constante, porque ha aprendido a gobernar a través de lo que entretiene.

LEY 157: LA RECONFIGURACIÓN DEL RÉGIMEN DE LA TIERRA AL SERVICIO DEL PODER TERRATENIENTE EMPRESARIAL

Por: Nulfo Yala

La operación es tan simple como brutal: el Estado nombra “pequeña propiedad” a lo que en la práctica son extensiones agroempresariales millonarias, y con ese gesto convierte la ilegalidad en derecho, la concentración en normalidad y el despojo en política pública; la Función Económico Social se vacía de contenido, las verificaciones se aplazan, y en pocos días se consolida un régimen agrario con un gobierno, que, en nombre del desarrollo, consolida el poder de terratenientes que acumulan tierras más grandes que algunos países europeos; la ironía es obscena, en un país donde la mayoría no posee ni un metro cuadrado, la ley no redistribuye, protege, no corrige, legitima, no equilibra, profundiza una desigualdad estructural sostenida por un aparato jurídico que no falla, sino que funciona exactamente como fue diseñado.

 

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La racionalidad del poder no se manifiesta en su forma más cruda, sino en su capacidad de nombrar. Llamar “pequeña propiedad ganadera” a un predio de 400 hectáreas no es un error técnico ni una simple distorsión administrativa; es una operación discursiva cuidadosamente diseñada. El acto de nombrar produce realidad, legitima prácticas y ordena jerarquías. En este caso, el Estado no solo clasifica la tierra, sino que reconfigura el campo social al convertir unidades agroempresariales en ficciones jurídicas de subsistencia familiar. La ironía es evidente: la ley, que en apariencia limita la acumulación, se convierte en el instrumento más eficaz para expandirla.

La Función Económico-Social, ese principio que debería operar como mecanismo de control, aparece aquí como un ritual vacío. No importa si hay ganado o no, si la tierra cumple o no su función declarada; lo relevante es que el dispositivo legal ha sido capturado. La imagen satelital, fría e irrefutable, muestra monocultivos mecanizados donde debería haber prácticas tradicionales. Pero el poder no necesita ocultar la evidencia, basta con reinterpretarla. La verdad deja de ser un problema técnico y se convierte en una cuestión de administración política: lo que se ve no importa, lo que se reconoce sí.

En este escenario, el proyecto de ley que propone la conversión automática de estas propiedades no introduce una ruptura, sino que perfecciona el dispositivo. Diez días bastan para transformar lo que antes requería justificación en un derecho consolidado. La velocidad del trámite no es eficiencia administrativa, es una tecnología de normalización. Lo ilegal no se sanciona, se regulariza; lo irregular no se corrige, se institucionaliza. Se trata de un gesto elegante del poder: en lugar de perseguir la ilegalidad, la absorbe.

La comparación con las cooperativas auríferas no es casual. En ambos casos, la lógica es idéntica: fragmentar jurídicamente lo que en la práctica opera como concentración económica. La figura de la “pequeña unidad” funciona como un escudo fiscal y político. Así, millones de dólares circulan bajo la apariencia de economías de subsistencia. La pregunta no es por qué ocurre, sino para quién está diseñado el sistema. La respuesta se vuelve incómodamente evidente.

Mientras tanto, la mayor parte del pueblo boliviano permanece al margen de este juego semántico. No se trata solo de desigualdad en la distribución de la tierra, sino de exclusión en el acceso a los mecanismos que la producen. Para quienes no poseen ni un metro cuadrado, la ley no es una herramienta, es un límite. La promesa de redistribución se disuelve en procedimientos que, en teoría, deberían garantizarla. La paradoja es brutal: en un país que constitucionalmente reconoce la función social de la tierra, la acumulación se consolida bajo la protección del propio orden jurídico.

La dimensión territorial de esta desigualdad adquiere proporciones casi absurdas. Existen propiedades cuya extensión supera la de varios países europeos, pero que siguen siendo, en el papel, “pequeñas”. No es un error de escala, es una decisión política. El territorio deja de ser un espacio de vida para convertirse en un activo financiero, administrado bajo lógicas empresariales y protegido por el aparato estatal. La concentración no solo es económica, es también simbólica: quien controla la tierra controla el relato sobre ella.

En este contexto, la corrupción no aparece como una desviación del sistema, sino como su condición de posibilidad. El “negociado de tierras” no es una anomalía, es la forma en que el poder se reproduce. Legalizar lo ilegal, aplazar verificaciones, omitir controles, todo forma parte de una misma arquitectura. El Estado no es un árbitro neutral, es un actor que participa activamente en la redistribución desigual de los recursos.

La ironía final es que todo esto se realiza en nombre del desarrollo, de la productividad, del crecimiento económico. Conceptos que, en su aparente neutralidad técnica, encubren decisiones profundamente políticas. Se promueve una modernización agraria que, lejos de democratizar la tierra, la concentra aún más. Se habla de eficiencia mientras se legitima la exclusión. Se invoca la legalidad para consolidar la desigualdad.

Así, el poder no necesita imponerse mediante la fuerza. Opera a través de leyes, categorías y procedimientos que parecen razonables. La violencia no es visible, pero es efectiva. No se expulsa a los sin tierra, simplemente se les deja fuera del lenguaje que distribuye derechos. Y en ese silencio, cuidadosamente administrado, se construye una de las formas más sofisticadas de dominación.

LA DIPLOMACIA DE LA SUBORDINACIÓN DEL GOBIERNO BOLIVIANO. LA PELIGROSA DERIVA DE LA POLÍTICA EXTERIOR BOLIVIANA DE SOMETIMIENTO A WASHINGTON Y TEL AVIV

Por Nulfo Yala

Bolivia enfrenta un escenario peligroso al alinearse acríticamente con el proyecto geopolítico impulsado por Estados Unidos y respaldado por Israel, una decisión que puede arrastrar al país hacia conflictos internacionales que no le pertenecen y que superan ampliamente sus capacidades estratégicas. El restablecimiento de relaciones con Israel y las declaraciones de su embajador señalando a Irán como una amenaza introducen al territorio boliviano en una narrativa de confrontación global que abre la puerta a dinámicas de inteligencia, presión diplomática y posibles represalias derivadas de la guerra promovida por Washington contra Teherán. Bolivia un país con debilidades institucionales, corrupción estructural y profundas desigualdades sociales, asumir posiciones geopolíticas subordinadas no fortalece la soberanía ni protege a la población, sino que expone al Estado a riesgos innecesarios al convertirlo en aliado menor dentro de disputas imperiales cuyas consecuencias siempre terminan pagándose en las periferias del mundo.

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Todo alineamiento político es, antes que una decisión estratégica, una operación de poder. No se trata únicamente de con quién se firman acuerdos o se restablecen embajadas, sino de qué régimen de verdad se acepta como válido y qué lógicas externas comienzan a organizar las decisiones internas del Estado. En ese marco surge una pregunta que debería preceder a cualquier gesto diplomático: ¿qué ocurre cuando un país frágil decide incorporarse, sin reservas ni cálculo prudente, al proyecto geopolítico de una potencia que ha declarado abiertamente su voluntad de confrontación global?

El alineamiento del gobierno boliviano con el bloque encabezado por Donald Trump no puede analizarse como un simple giro ideológico. Se trata de una inserción explícita en una lógica imperial que concibe el mundo como un tablero de amenazas, enemigos y zonas de control. En esa lógica, los países pequeños no son sujetos soberanos, sino espacios funcionales. La pregunta entonces es inevitable: ¿Bolivia está siendo considerada un socio o un territorio disponible dentro de una estrategia mayor?

Este riesgo se vuelve aún más evidente cuando el alineamiento con Estados Unidos se articula con una relación política estrecha con el Estado de Israel. La reanudación de relaciones diplomáticas no es un acto neutro en el contexto actual. Israel no es solo un actor diplomático; es un Estado cuya política exterior está profundamente ligada a operaciones de inteligencia, vigilancia estratégica y confrontación regional. ¿Se ha evaluado seriamente qué implica abrir nuevamente ese canal en un país con instituciones débiles y altos niveles de penetración política y corrupción? ¿O se ha asumido ingenuamente que la diplomacia es un terreno inocuo, ajeno a las lógicas de seguridad y control que acompañan a ciertos Estados?

La cuestión deja de ser abstracta cuando representantes diplomáticos israelíes realizan declaraciones públicas que exceden ampliamente el marco del respeto a la soberanía nacional. Afirmar que “donde está Irán hay peligro” no es una frase diplomática, es una advertencia política cargada de intencionalidad estratégica. Surge entonces una pregunta inquietante: ¿con qué autoridad un embajador extranjero define amenazas dentro del territorio boliviano? ¿Desde cuándo la evaluación de riesgos geopolíticos internos de Bolivia se formula desde discursos importados?

Esa declaración no solo construye un enemigo simbólico, sino que instala a Bolivia dentro de una narrativa de confrontación que no le pertenece. Al sugerir que la presencia diplomática iraní constituye un peligro, se empuja al Estado boliviano a asumir una posición en un conflicto que no ha iniciado y que no puede controlar. La pregunta central es directa: ¿quién decidió que Bolivia debía convertirse en escenario discursivo, y potencialmente operativo, de la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán?

El peligro no es retórico. La guerra impulsada por Estados Unidos contra Irán no se limita a acciones militares directas. Es una guerra híbrida, económica, diplomática, de inteligencia y de posicionamientos estratégicos. En ese tipo de conflictos, los países alineados funcionan como nodos secundarios, como espacios de presión o de observación. Surge entonces una pregunta que debería alarmar a cualquier gobierno responsable: ¿qué capacidad tiene Bolivia para protegerse de las consecuencias de una confrontación internacional de esa magnitud?

Bolivia no posee sistemas de defensa avanzados, ni infraestructura de inteligencia propia capaz de controlar operaciones externas, ni una diplomacia con peso suficiente para amortiguar represalias. En ese contexto, permitir que actores extranjeros instalen narrativas de amenaza dentro del país equivale a aceptar una pérdida efectiva de control soberano. ¿Quién garantiza que Bolivia no se convierta en un objetivo indirecto de represalias políticas, económicas o incluso estratégicas, simplemente por haber aceptado un alineamiento acrítico?

El problema se profundiza cuando este alineamiento se produce bajo una política exterior improvisada. No hay señales claras de una doctrina diplomática basada en la neutralidad activa o en la prudencia estratégica. Lo que se observa es una sucesión de gestos ideológicos que buscan demostrar lealtad al bloque imperial. Surge entonces una pregunta incómoda: ¿a quién se está intentando convencer, a la ciudadanía boliviana o a los centros de poder externos?

La historia reciente demuestra que el poder imperial no protege a sus aliados por afinidad moral, sino por conveniencia. Cuando esa conveniencia desaparece, los aliados quedan expuestos. El caso venezolano es ilustrativo: el interés estadounidense fluctúa, los gobiernos pasan a ser fichas intercambiables y las consecuencias recaen sobre las poblaciones. Frente a esa evidencia, la pregunta resulta inevitable: ¿por qué Bolivia debería asumir los riesgos de una guerra que no es suya, promovida por ambiciones que no controla y sostenida por actores que no garantizan nada a cambio?

El alineamiento con Israel y con la agenda de confrontación contra Irán introduce además un riesgo interno adicional. La presencia de operaciones de inteligencia extranjera en un país con debilidades institucionales no fortalece la democracia, la vulnera. La vigilancia, la recopilación de información y la influencia en decisiones políticas no son hipótesis teóricas, son prácticas conocidas. Surge entonces una pregunta fundamental: ¿está el Estado boliviano en condiciones de regular, controlar y limitar esas dinámicas o está aceptando pasivamente una intromisión estructural en su soberanía?

En última instancia, el problema no es solamente geopolítico. Es político en el sentido más profundo. Un gobierno que decide someter su política exterior a los intereses de un proyecto imperial redefine el lugar del país en el mundo y, al mismo tiempo, redefine el valor de su propia población. La ciudadanía pasa de ser sujeto de derechos a ser variable de riesgo dentro de estrategias ajenas. La pregunta final, inevitable y perturbadora, permanece abierta: ¿quién asumirá las consecuencias cuando Bolivia descubra que el precio del alineamiento no era diplomático, sino existencial?

Porque los imperios siempre sobreviven a sus guerras. Los países pequeños, en cambio, cargan con las ruinas.

 

EL IMPERIO SIN MÁSCARA: FUERZA, SILENCIO Y SUMISIÓN EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

Por Nulfo Yala

Aquí se derrumba la narrativa del mundo multipolar. Aquella promesa de un equilibrio entre grandes potencias se revela como una construcción discursiva sin correlato práctico. En el momento decisivo, cuando el poder exige demostración y no retórica, solo uno actúa sin restricciones. Los demás calculan, retroceden o guardan silencio. Las llamadas potencias emergentes muestran así su verdadero estatuto: actores relevantes en el comercio y la tecnología, pero subordinados en el terreno decisivo de la fuerza. El imperio no ha sido reemplazado; simplemente ha dejado de fingir que comparte el poder.

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La escena se inaugura con un acto que, incluso si se lo quisiera vestir con argumentos de legitimidad política o de seguridad internacional, no resiste el más mínimo examen normativo. No se trata aquí de una discusión técnica sobre legalidades ambiguas o interpretaciones forzadas del derecho internacional, sino de algo más crudo y decisivo: la suspensión de toda forma de disimulo. La agresión militar se presenta como voluntad desnuda, como decisión soberana que no busca aprobación ni consenso. El poder deja de fingir que responde a reglas y se afirma como pura capacidad de imposición. En ese gesto se rompe una larga tradición de hipocresía diplomática: ya no se invade en nombre de la paz, se invade porque se puede.

Reducir este acontecimiento a la lógica del petróleo es una explicación insuficiente y, en cierto sentido, tranquilizadora. Los recursos materiales son importantes, pero funcionan como coartadas racionales para un impulso más profundo: la necesidad de reafirmar una centralidad imperial que percibe amenazas simbólicas más que militares. El objetivo no es únicamente controlar un territorio o garantizar flujos energéticos, sino reafirmar una jerarquía global en crisis. El poder hegemónico actúa para recordarle al mundo que sigue siendo el centro gravitacional del sistema, el árbitro último que decide cuándo las normas existen y cuándo pueden ser ignoradas.

Esta agresión no es un hecho aislado ni una anomalía histórica; es un mensaje cuidadosamente emitido. No se dirige solo al país intervenido, sino a todos los Estados que observan, calculan y toman nota. El mensaje es simple y brutal: la desobediencia tiene costos, y esos costos no serán administrados por tribunales ni sanciones multilaterales, sino por la fuerza militar directa. El imperialismo abandona la sutileza y adopta el lenguaje del castigo ejemplar. Se gobierna menos por consenso que por escarmiento, menos por persuasión que por intimidación sistemática.

El episodio funciona también como un experimento geopolítico. Una prueba empírica para medir la reacción de quienes se presentan como contrapesos del orden unipolar. China y Rusia aparecen en escena como actores interpelados, pero no como verdaderos antagonistas. Sus respuestas, cuidadosamente calibradas, confirman una verdad incómoda: no están dispuestas a asumir los costos de una confrontación real. Las declaraciones de condena, los llamados a la prudencia y las apelaciones al derecho internacional revelan más temor que convicción. El lenguaje diplomático se convierte en una forma elegante de admitir impotencia.

Aquí se derrumba la narrativa del mundo multipolar. Aquella promesa de un equilibrio entre grandes potencias se revela como una construcción discursiva sin correlato práctico. En el momento decisivo, cuando el poder exige demostración y no retórica, solo uno actúa sin restricciones. Los demás calculan, retroceden o guardan silencio. Las llamadas potencias emergentes muestran así su verdadero estatuto: actores relevantes en el comercio y la tecnología, pero subordinados en el terreno decisivo de la fuerza. El imperio no ha sido reemplazado; simplemente ha dejado de fingir que comparte el poder.

Europa ocupa en este escenario un lugar particularmente incómodo. Su discurso moralista convive con una obediencia estructural que roza el vasallaje. La indignación es cuidadosamente dosificada para no alterar alianzas estratégicas ni compromisos militares. Se condena sin consecuencias, se protesta sin riesgos. Otros Estados, menos sofisticados y más dependientes, ni siquiera ensayan la crítica: se apresuran a alinearse, convencidos de que la sumisión es la forma más segura de supervivencia. El orden internacional se revela así como una pirámide de miedos, no como una comunidad de iguales.

Las instituciones internacionales quedan expuestas como estructuras vaciadas de eficacia. Naciones Unidas y organismos afines funcionan como escenarios ceremoniales donde se pronuncian discursos solemnes que no alteran el curso de los hechos. La legalidad internacional subsiste como archivo, no como límite real al poder. Cuando la fuerza decide actuar, el derecho se convierte en comentario posterior, en nota al pie de una historia escrita por los vencedores. La promesa de un orden regulado por normas se disuelve frente a la evidencia de que la ley no protege a quien no tiene poder.

En este marco emerge la figura del emperador contemporáneo, no como anomalía personal, sino como síntoma histórico. El paralelismo con Nerón no remite a la extravagancia, sino a la confusión entre voluntad individual y destino colectivo. La diferencia es de escala y de consecuencias: el imperio actual no amenaza ciudades, amenaza al sistema entero. La humanidad ingresa así en una etapa marcada por el miedo estructural, donde nadie está verdaderamente a salvo y donde la estabilidad depende del humor, el delirio y la ambición de un poder sin frenos. No se inaugura una era de progreso, sino un tiempo oscuro en el que el mundo aprende, demasiado tarde, que la fuerza sin límites no conduce al orden, sino a la catástrofe.