PALESTINA VIVE, PALESTINA LIBRE

Por: Milenka Almanza

La ocupación de Palestina no es solo una cuestión territorial; es un despojo que abarca cuerpos, vidas, dignidades y no solo acaba con las vidas humanas, sino también múltiples otras formas de vida no humanas que soportan el embate genocida en silencio. ¿Cuánta biodiversidad estará siendo arrasada? y de los cuales escasamente se habla.

Palestina vive hoy más que nunca; sus sollozos y gritos se multiplican y resuenan en todos aquellos que imploramos su libertad. A días de declararse un supuesto alto al fuego -ya que no cesan los ataques contra Gaza- urge abordar las heridas abiertas que deja la ocupación de un territorio donde la vida en todas sus formas libra una lucha desigual contra la maquinaria de muerte, desposesión y despojo. Palestina, desde hace décadas, ha sido el epicentro de una de las injusticias más brutales de nuestra era: un pueblo sometido a un régimen colonial y neocolonial que perpetúa un ciclo de violencia estructural de «limpieza racial» y genocidio.

La ocupación de Palestina no es solo una cuestión territorial; es un despojo que abarca cuerpos, vidas, dignidades y no solo acaba con las vidas humanas, sino también múltiples otras formas de vida no humanas que soportan el embate genocida en silencio. ¿Cuánta biodiversidad estará siendo arrasada? y de los cuales escasamente se habla. Desde 1948, con la declaración del «Estado de Israel», los palestinos han sido despojados de su tierra, fragmentados por fronteras que no respetan sus historias, sus culturas, ni sus derechos.

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La ocupación militar israelí no solo se traduce en la expropiación de hogares, sino en un sistema que criminaliza la resistencia y normaliza la violencia contra un pueblo desarmado donde habita una cultura milenaria. Desalojos forzados, bombardeos sistemáticos, control de la ayuda humanitaria, son las herramientas de un control despiadado que busca borrar a Palestina del mapa y de la memoria.

En ese contexto, es importante comprender que el conflicto en Palestina es el reflejo moderno de un régimen colonial disfrazado de democracia. Israel, como potencia ocupante, se ha beneficiado del respaldo incondicional de potencias occidentales que, al igual que en los tiempos de los imperios coloniales, consideran que ciertas vidas valen más que otras y que vidas pueden ser sacrificadas. Esta neocolonia no opera de manera aislada; se inserta en una economía global que lucra con la militarización, el comercio de armas, el extractivismo, el neoextractivismo y el despojo. Palestina, tristemente para Israel, es hoy un laboratorio del autoritarismo moderno, donde se experimentan tecnologías de vigilancia y represión que luego son exportadas al resto del mundo.

El Estado de Israel, lejos de ser un refugio seguro tras el Holocausto, ha adoptado la lógica opresora que juró combatir. Con el apoyo incondicional de la mayoría de los países del mundo occidental, ha consolidado una alianza que utiliza la narrativa del «terrorismo» para justificar crímenes de lesa humanidad. La industria armamentista estadounidense encuentra en la ocupación de Palestina un mercado perpetuo, mientras las resoluciones internacionales contra el apartheid israelí son vetadas o ignoradas. Aquí no hay neutralidad posible: el silencio de las potencias globales es complicidad directa con el sufrimiento de millones de palestinos.

La palabra apartheid no es una exageración; es una descripción precisa de la segregación sistémica que sufren los palestinos. Desde las leyes que limitan sus movimientos hasta las que restringen su acceso a servicios básicos, el apartheid israelí ha institucionalizado la desigualdad como forma de gobierno. Este sistema se sostiene en la deshumanización, en la idea de que los palestinos son menos merecedores de derechos que sus opresores. La narrativa oficial los presenta como amenaza, cuando en realidad son la víctima de una maquinaria colonial que busca eliminarlos de su propia tierra, de su vida, de su historia: presente y futuro.

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Las cicatrices del pueblo palestino no son solo físicas; son también culturales, sociales y psicológicas; así como las cicatrices de los miles de especies de fauna y flora que perecieron por la supuesta superioridad israelí. Cada generación hereda el dolor de la anterior, mientras los niños crecen entre los escombros de hogares destruidos y familias desmembradas. Estas cicatrices son el recordatorio constante de que el genocidio no es un acto único, sino un proceso continuo que busca quebrar la voluntad de un pueblo entero, su territorio y la naturaleza que los acoge.

Lo que no se nombra no existe: lo que ocurre en Palestina es ¡genocidio! No solo por las muertes, sino por el intento sistemático de borrar una cultura, un idioma y una historia. Cada ataque, cada bombardeo y cada acto de represión es parte de un plan macabro para hacer desaparecer a los palestinos como pueblo. Este genocidio no es solo un crimen contra ellos; es un crimen contra la humanidad, contra todos los principios que supuestamente sostienen nuestra civilización.

A pesar de todo, Palestina vive. Vive en las canciones que cruzan fronteras, en los grafitis que denuncian el apartheid, en las marchas solidarias que llenan las calles del mundo. Vive en la resistencia cotidiana de quienes se niegan a ser borrados, en las manos que siembran olivos como acto de rebeldía y esperanza. El pueblo palestino nos recuerda que la lucha por la libertad no tiene fronteras ni caducidad. Palestina no es solo una causa local; es un llamado global a combatir todas las formas de opresión y a construir un mundo donde la vida, y no el capital, sea el centro.

El grito de Palestina es también el nuestro. Que su resistencia nos inspire a cuestionar los sistemas que perpetúan el despojo y la violencia, y a luchar por un mundo donde la justicia no sea una utopía, sino una realidad tangible. Palestina vive porque su resistencia es inmortal.

Este grito se enmarca también en las promesas vacías de altos al fuego que, lejos de traer una verdadera solución, operan como estrategias de distracción y desgaste para el pueblo palestino. Estas treguas, anunciadas como avances hacia la paz, no son más que espejismos en un desierto de injusticias. Mientras se negocian supuestos acuerdos, las estructuras del apartheid y la ocupación permanecen intactas, perpetuando el sufrimiento y retrasando cualquier posibilidad real de justicia. Es imprescindible denunciar estos falsos altos al fuego y exigir una paz que no sea simplemente la ausencia de violencia directa, sino la restitución de derechos, dignidad, vida para Palestina y vida para el territorio y la naturaleza que los acoge.

LA VULNERACIÓN DEL DERECHO A NO VOTAR EN NOMBRE DE LA DEMOCRACIA EN EL ESTADO BOLIVIANO

Por Nulfo Yala

Es paradójico que en nombre de la democracia, un sistema que proclama celebrar la libertad y la autonomía limite a los ciudadanos a elegir entre cumplir con una «obligación» disfrazada de derecho o enfrentar sanciones que restringen sus derechos civiles. Así, el acto que debería ser una expresión libre y consciente de voluntad se convierte en una imposición que distorsiona la esencia misma de la democracia, una contradicción que persiste como un recordatorio silencioso de las complejidades del poder del estado.

En Bolivia, el sistema electoral se basa en el principio de obligatoriedad del voto, tal como establece la Constitución Política del Estado y la Ley del Régimen Electoral. Según la normativa, el sufragio no solo es un derecho, sino también un deber y una función política de carácter obligatorio. Todas las personas mayores de 18 años inscritas en el padrón electoral deben participar en los procesos electorales, y esta participación se acredita mediante un certificado de sufragio. Este documento es indispensable para realizar trámites administrativos, bancarios y notariales en los 90 días posteriores a las elecciones, garantizando así que el voto sea cumplido por la mayoría de la población.

Este mecanismo busca fortalecer la democracia participativa y asegurar una representación amplia de la ciudadanía en las decisiones políticas. Sin embargo, la obligatoriedad también incluye sanciones para quienes no voten sin una justificación válida, como restricciones para realizar ciertos trámites.

No obstante, esta misma obligatoriedad, que se promueve como un pilar democrático, pone en evidencia profundas contradicciones que terminan socavando los principios fundamentales de una verdadera democracia. Bajo el pretexto de garantizar la participación, el Estado decide imponer el voto como una obligación ineludible, olvidando que en una democracia auténtica, la libertad individual debería incluir el derecho a no votar si así se desea. Es paradójico que en nombre de la democracia, un sistema que proclama celebrar la libertad y la autonomía limite a los ciudadanos a elegir entre cumplir con una «obligación» disfrazada de derecho o enfrentar sanciones que restringen sus derechos civiles. Así, el acto que debería ser una expresión libre y consciente de voluntad se convierte en una imposición que distorsiona la esencia misma de la democracia, una contradicción que persiste como un recordatorio silencioso de las complejidades del poder del estado.

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El voto como derecho y no solo como deber plantea una reflexión aún más profunda sobre este conflicto entre libertad y obligación. En su esencia, la participación política, incluido el voto, es un derecho que debería ejercerse de manera voluntaria para reflejar auténticamente la voluntad ciudadana. Sin embargo, al transformarlo en un deber obligatorio, el sistema electoral desvirtúa su naturaleza voluntaria, reduciendo el voto a un acto burocrático que pierde significado como expresión auténtica de decisión política. Un derecho, por definición, no debería implicar una obligación automática; su ejercicio debería ser una opción consciente y no una imposición. De lo contrario, se corre el riesgo de que el voto, en lugar de ser una herramienta poderosa de decisión individual, se convierta en un mero trámite que erosiona la confianza en la democracia que pretende reforzar.

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Las sanciones administrativas asociadas a no votar, como las restricciones para realizar trámites, generan exclusión y contradicen el principio de inclusión que debería regir en una democracia plena. Estas medidas, diseñadas para fomentar la participación electoral, terminan siendo discriminatorias, afectando especialmente a sectores que enfrentan barreras logísticas, económicas o personales, o que simplemente deciden no ejercer su voto por razones individuales. En lugar de promover una inclusión genuina, estas sanciones perpetúan desigualdades y dificultan la representación equitativa, debilitando así los ideales de una democracia auténtica y pluralista, que garantice el derecho a no votar, en tanto sociedad democrática como se pretende enarbolar.

La obligatoriedad del voto puede interpretarse como un rasgo de autoritarismo dentro del sistema democrático, pues impone una participación forzada, lo que contradice la esencia de la democracia como un espacio de libertad y decisión individual. Resulta casi irónico que un sistema que se vanagloria de su compromiso con la libertad recurra a la coerción para llenar urnas. Al parecer, la confianza en el juicio ciudadano no basta, y el Estado opta por dictar un deber travestido de derecho. ¿Qué valor tiene una democracia que necesita obligar para legitimar su existencia? Más que un ejercicio de soberanía, este mandato se convierte en un recordatorio constante de que, a veces, el poder se siente más cómodo con la obediencia que con la auténtica elección.

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En un Estado como el boliviano, donde la corrupción parece haberse normalizado como parte de la idiosincrasia y donde el sistema judicial está marcado por la podredumbre y la desconfianza, la obligatoriedad del voto intensifica el daño. En un contexto donde las opciones electorales suelen ser percibidas como igualmente corruptas e injustas, el acto de votar deja de ser una expresión de soberanía para convertirse en un ejercicio vacío, una obligación que legitima un sistema fallido. Más que un mecanismo de participación, esta obligatoriedad busca utilizar al ciudadano como instrumento para avalar una trágica realidad de mediocridad y corrupción institucional. Al forzar el sufragio, el Estado no solo impone una apariencia de democracia ante el mundo, sino que convierte a los ciudadanos en cómplices involuntarios de un sistema que perpetúa la desigualdad y la falta de justicia. Este disfraz de democracia, lejos de empoderar, socava los principios de libertad democrática y hunde al país en una noche interminable de complicidad y tragedia, que lamentablemente parece no tener un final a la vista.

nulfoyala@gmail.com

LOS INCENDIOS FORESTALES EN BOLIVIA: LA QUEMA DE UN PAÍS EN NOMBRE DEL DESARROLLO ECONÓMICO

Por Nulfo Yala

La ironía más cruel es que este discurso de desarrollo económico no solo se ha normalizado, sino que se exige con fervor casi religioso. En muchos lugares de Bolivia, la búsqueda de riqueza se ha convertido en un mandato cultural, impuesto incluso a fuerza de imposiciones. ¿El resultado? Una sociedad que, en su mayoría, acepta este modelo sin cuestionamientos, asistiendo a misa para bendecir su complicidad, mientras el humo de los incendios se eleva como una plegaria torcida hacia un cielo que se oscurece cada vez más.

En el año 2024, Bolivia marcó un hito devastador: diez millones de hectáreas de bosque, flora, fauna y, en última instancia, esperanza, fueron reducidas a cenizas. Para contextualizar, esa cifra equivale a quintuplicar la superficie combinada de los diez países más pequeños de Europa. ¿Qué explica semejante catástrofe? No fue un capricho de la naturaleza ni un accidente aislado. Fue, más bien, la consecuencia lógica de un sistema que prioriza la voraz acumulación de riqueza sobre la preservación del único hogar que todos compartimos.

En el guion de esta tragedia, todos tienen un papel. Los chaqueos, presentados como una tradición «necesaria», se llevan a cabo con el entusiasmo ciego de quienes ven el bosque no como un ecosistema, sino como un obstáculo para el progreso. Las expansiones agrícolas, en apariencia emprendimientos loables, se desarrollan con un trasfondo oscuro: la habilitación de tierras mediante fuego. Y todo esto, con la bendición de una legislación que premia estas prácticas, asegurando que el espectáculo continúe. Porque, después de todo, en un país donde la economía se idolatra como una religión, ¿quién se atrevería a criticar a los «emprendedores capitalistas»?

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Pero, ¿quiénes son estos denominados emprendedores? Desde los pequeños agricultores que intentan sobrevivir en un sistema que los oprime, hasta los grandes terratenientes que poseen más tierra de la que podrían recorrer en toda su vida, todos participan en este juego macabro. Sin embargo, no nos engañemos: el peso de la culpa no se reparte equitativamente. En la región de Santa Cruz, por ejemplo, hay propiedades tan extensas que rivalizan con países enteros. Lo inconcebible no es solo su tamaño, sino la avaricia desmedida de sus dueños, que no tienen reparos en reducir a cenizas áreas aún mayores para alimentar su insaciable hambre de tierra para exprimirlas hasta inutilizarlas con tal de satisfacer sus deseos de posesión económica y riqueza.

¿Y el gobierno? Bien, gracias. Mientras el humo oscurece el cielo y la biodiversidad desaparece, el gobierno observa desde la comodidad del poder. No vaya a ser que arriesgue réditos políticos al enfrentarse a esta desoladora situación, pues los votos pesan más que la vida misma de los ecosistemas. La connivencia entre política y economía se revela en toda su crudeza: un sistema donde el Estado prefiere el silencio a la acción, el cálculo electoral a la responsabilidad ambiental.

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Este modelo, que algunos llaman modelo de desarrollo, incluso regionalizándolo y pasando a denominarle «modelo cruceño» no es otra cosa que una fantasía disfrazada de pragmatismo. Promete riqueza y bienestar para todos, pero entrega un presente de desigualdad y un futuro de devastación. Su verdadero evangelio no es el progreso, sino el enriquecimiento de unos pocos, siempre a expensas de los muchos. En este relato, los pobres, engañados con la promesa de que algún día también serán ricos, aplauden desde las gradas, mientras los ricos continúan su festín.

No contentos con destruir el presente, estos mismos actores moldean un futuro aún más sombrío. Las especies que se extinguen, los suelos que se vuelven estériles y el aire que se contamina no son problemas abstractos; son señales de un colapso inminente que afectará a todos. Pero en la lógica del modelo actual, estas consecuencias no importan. Porque, al final, ¿qué es un ecosistema devastado frente a la posibilidad de aumentar un porcentaje en los balances económicos de los poderosos?

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La ironía más cruel es que este discurso de desarrollo económico no solo se ha normalizado, sino que se exige con fervor casi religioso. En muchos lugares de Bolivia, la búsqueda de riqueza se ha convertido en un mandato cultural, impuesto incluso a fuerza de imposiciones. ¿El resultado? Una sociedad que, en su mayoría, acepta este modelo sin cuestionamientos, asistiendo a misa para bendecir su complicidad, mientras el humo de los incendios se eleva como una plegaria torcida hacia un cielo que se oscurece cada vez más.

El problema es que, cuando el próximo incendio inevitable arrase con lo que aún queda, todos repetirán la misma coreografía. Los poderosos empresarios capitalistas culparán a «los invasores de sus tierras» como si la tierra no fuera de todos los bolivianos, los políticos culparán al clima, los cívicos al gobierno, y la sociedad civil mirará hacia otro lado. La memoria colectiva, tan efímera como el humo, garantizará que nada cambie. Y cuando llegue el día en que no quede aire para respirar ni tierra donde plantar, tal vez se recuerde que todo esto fue permitido por la ambición desmedida de unos pocos y la pasividad de todos los demás. Para entonces, sin embargo, será demasiado tarde.

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DESARROLLO A CUALQUIER COSTO Y LA CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: “EL MODELO DE DESARROLLO ECONÓMICO CRUCEÑO”

Por Nulfo Yala

Este «gran» modelo económico no solo está diseñado para colapsar, sino para hacerlo de manera espectacular, dejando tras de sí una estela de injusticia social, pobreza y degradación ambiental. Pero hasta que ese momento llegue, al menos podremos disfrutar de la ironía de ver cómo se celebra un sistema que, en el fondo, no es más que una maquinaria de desigualdad disfrazada de éxito.

En una tierra tan bendecida como Santa Cruz, Bolivia, donde parece que la naturaleza ha conspirado para ofrecerlo todo, ¿quién podría cuestionar el magnífico “modelo económico cruceño”? Un modelo tan brillante que ha logrado erigirse como el motor de Bolivia, dejando en el polvo cualquier preocupación por el bienestar social, el medio ambiente o incluso la sostenibilidad a largo plazo. Claro, ¿para qué pensar en el futuro cuando se dice que el presente puede ser tan lucrativo como el modelo promete?

El modelo cruceño, con su deslumbrante visión de crecimiento a toda costa, ha convertido el capitalismo en un deporte extremo, donde solo los más fuertes sobreviven. Y, ¿qué mejor manera de asegurar ese crecimiento que a través de la explotación intensiva de los recursos naturales? Si Santa Cruz tiene tierras fértiles, lo lógico es arrasar con ellas. Después de todo, ¿quién necesita biodiversidad cuando se tiene soya y caña de azúcar? En un mundo tan generoso, los suelos nunca se agotan, y los ecosistemas, ¡pues claro que se regeneran solos!

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Y ahí está, por supuesto, el verdadero héroe de esta epopeya: el capitalista cruceño, con su espíritu emprendedor que tanto se celebra en el modelo. ¡Qué fascinante es que este “espíritu” se traduzca en un capitalismo salvaje, depredador, que no se detiene ante nada! Para ellos, las montañas son minas, los bosques simples campos de cultivo a la espera de ser explotados, y el agua… bueno en el futuro, lo que quede, se la mercantilizará, y si no, se la disputará. El cambio climático tiene sus propios planes. En este cuento, el progreso no se mide en bienestar humano, sino en toneladas de exportación.

Pero, ¿quién necesita preocuparse por el desarrollo humano y social cuando el crecimiento económico es el único indicador que importa? En esta tierra prometida, los migrantes que llegan no vienen en busca de oportunidades, sino, al parecer, como simples peones de un granero global. ¿Y qué decir de las comunidades indígenas, esas que han vivido durante siglos en armonía con la naturaleza? ¿anticuados? No entienden que la modernidad requiere sacrificios. Seguro agradecerán ver sus tierras convertidas en monocultivos.

Y en cuanto a la visión de futuro, ¡qué admirable es su ambición! Un plan que se proyecta a 2061, pero que parece ignorar que el cambio climático podría convertir todo ese suelo fértil en desiertos. Quizás en ese entonces se descubra un nuevo recurso que explotar, porque en este “modelo” siempre hay una próxima gran oportunidad, una próxima hectárea que talar, un próximo río que desviar. Es fascinante cómo el discurso de progreso parece estar en contradicción con el hecho evidente de que, sin un medio ambiente saludable, no habrá futuro que sostener.

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Ah, y por supuesto, la sostenibilidad. Esa palabra tan de moda. Pero en Santa Cruz, ¿para qué complicarse con términos que suenan a restricciones? Mejor dejar que la tierra y los recursos den todo lo que puedan hasta que ya no quede nada. Total, siempre habrá algún otro lugar por conquistar, algún otro recurso por agotar. Y si no, siempre está la posibilidad de echarle la culpa al cambio climático, como si este fuera un fenómeno que ocurre aislado de las prácticas que tanto defiende el modelo cruceño.

Es que, realmente, ¿quién necesita preocuparse por la sobreexplotación de los recursos cuando el crecimiento económico es tan rápido y aparentemente inagotable? La deforestación, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de los ríos… todo esto parece un pequeño precio a pagar por el éxito económico de la región. Después de todo, ¿qué es más importante, preservar el planeta o mantener las exportaciones de soya? Al parecer, la respuesta es obvia para los defensores de este modelo y aunque pese, también al gobierno de Bolivia, que no solo se creyó el cuento, sino que lo asume como propio como una consecuencia del modelo capitalista del actual gobierno; que, aunque jure y perjure, los hechos pesan más que las promesas y las ficciones utópicas de un socialismo que nos vender y que falazmente dicen defender.

Lo más encantador de todo es cómo este modelo perpetúa la idea de que todos tienen las mismas oportunidades de éxito. ¡Qué mentira tan bien contada! En realidad, el supuesto “modelo cruceño” no es más que un sistema diseñado para favorecer a los que ya tienen el poder económico, mientras que el resto, los campesinos, los trabajadores, las comunidades indígenas, son dejados de lado, convertidos en meros engranajes de una máquina que los explota para beneficio de unos pocos. Y por supuesto, en nombre del «desarrollo», porque todo vale cuando se trata de hacer crecer la economía.

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Este «gran» modelo económico no solo está diseñado para colapsar, sino para hacerlo de manera espectacular, dejando tras de sí una estela de injusticia social, pobreza y degradación ambiental. Pero hasta que ese momento llegue, al menos podremos disfrutar de la ironía de ver cómo se celebra un sistema que, en el fondo, no es más que una maquinaria de desigualdad disfrazada de éxito.

Finalmente, uno no puede evitar preguntarse: ¿será que este brillante modelo de desarrollo, con su enfoque en el extractivismo y el capital por encima de todo, es realmente sostenible? ¿O estamos presenciando una ilusión que, aunque próspera en el presente, está destinada a colapsar en el futuro cuando ya no queden recursos que explotar? Quizás el «modelo cruceño» no sea más que un espejismo de éxito económico, que ignora la inviabilidad de su enfoque frente al desarrollo humano, social y ambiental. Pero, claro, ¿quién necesita esas preocupaciones cuando se necesita que el dinero fluya, al menos por ahora, cuando como anillo al dedo, no existen los dólares que son la gasolina para poner en funcionamiento el motor de la maquinaria expoliadora capitalista?

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REFLEXIONES ACERCA DEL CONSERVADURISMO CULTURAL Y LA REPRESIÓN JUDICIAL EN EL CASO DEL TIKTOKER BOLIVIANO

Por Nulfo Yala:

El caso del tiktoker parece enviar un mensaje claro: cualquier desliz contra lo que se considera sagrado por el conservadurismo social y cultural será severamente castigado. Este incidente sirve como una “advertencia” para aquellos que se atrevan a profanar lo “sagrado”, pues enfrentarán consecuencias legales y sociales con la censura y el encarcelamiento. El precio a pagar por cualquier transgresión en este sentido.

El ahora famoso tiktoker boliviano Rubén Blanco, se lanzó a la fama utilizando la confrontación mediática contra lo que la crema y nata del conservadurismo de mucha gente en la ciudad de Potosí y algunos sectores de Bolivia, incluidas instituciones gubernamentales y departamentales, no se lo iba a perdonar. Al intentar ganar popularidad y rating, decidió montar un espectáculo sin prever las reacciones de indignación que sus palabras desafortunadas provocaron en el público. Este acto no solo afectó a sus seguidores, sino que también generó una ola de críticas y resentimiento entre muchas personas que se sintieron profundamente agraviadas.

La situación tomó un giro más serio cuando los medios de comunicación nacionales y locales en la ciudad de Potosí y en Bolivia comenzaron a cubrir el incidente extensamente. La cobertura no solo amplificó la controversia, sino que también fue utilizada con fines políticos, especialmente por algunos políticos, recuérdese que uno de los denunciantes fue un diputado nacional, tal vez buscando colarse de la fama pasajera del tiktoker. La maquinaria judicial se puso en marcha rápidamente, con gastos considerables en términos de procesos judiciales, transporte y otros recursos para llevar al acusado a declarar en Potosí, para satisfacción de la gente que pedía castigo por tan “imperdonable” acto tipificado por la justifica boliviana como incitación al racismo y la discriminación contra “la danza los mineritos”.

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La velocidad con la que se manejó este caso, resultó sorprendente si se compara con otros asuntos de mayor gravedad que afectan a la región. Por ejemplo, los efectos devastadores de la contaminación minera en la salud de las personas, con niveles alarmantes de plomo que causan daños irreversibles, que desafortunadamente no han recibido la misma celeridad judicial. Como tampoco los deslaves de colas mineras que invadieron viviendas en Cantumarca en la ciudad de Potosí, afectando el derecho a la vida de la población afectada, casos en los cuales no solo los medios de comunicación y políticos dejaron de hablar luego del día catastrófico, sino que la justicia también calló y olvidó.

Como es bien sabido, la justicia en Bolivia enfrenta una crisis de credibilidad, agravada por la percepción de corrupción. Y esto se ratifica nuevamente cuando casos tan peculiares e incluso tan poco sustanciales como el del tiktoker reciben toda la atención legal, mientras otros mucho más graves, como los anteriormente señalados o los problemas de siempre como los bloqueos de carreteras que violan derechos humanos fundamentales, pasan desapercibidos o se normalizan. Bloqueos; que, dicho sea de paso, no solo afectan el derecho a la libre circulación y al trabajo, sino que también han resultado en la pérdida de vidas, sin que los responsables enfrenten consecuencias legales o peor aún ni siquiera han sido identificados como tales.

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La actitud de los medios de comunicación y de los políticos también resulta contradictoria y sorprendente. Mientras que se apresuran a procesar al tiktoker, no muestran la misma diligencia frente a los bloqueadores o los responsables por los daños irreversibles a la salud de la población afectada por la contaminación minera. Esta disparidad en la aplicación de la justicia refleja claramente la intencionalidad y oportunismo político y que, de una manera o de otra, resulta en una justificación y normalización de otros actos ilegales de vulneración de derechos humanos fundamentales de las personas.

Por otra parte, esta controversia abre un debate sobre la libertad de expresión y el papel de la cultura en la sociedad boliviana y particularmente potosina. Al examinar las reacciones y consecuencias de este caso, surge la pregunta de si ahora se deberá evitar cualquier crítica a las tradiciones culturales, especialmente aquellas que, de manera directa o indirecta, evocan un pasado colonialista y esclavista lleno de sufrimiento, muerte e injusticia, como es el caso de la danza «los negritos». Una representación cultural que rememora la condición del esclavo afrodescendiente sometido al capataz y al patrón esclavista o colonialista, quien a punta de látigo debe bailar al son de los tambores. Este tipo de expresiones artísticas, aunque forman parte del patrimonio cultural, llevan consigo un trasfondo histórico doloroso. Si alguien se atreviera a cuestionar la sacralidad cultural de esta danza, ¿se enfrentaría también a una persecución mediática y judicial, utilizada oportunistamente por políticos para sus propios fines? La indignación de los conservadores podría ser exacerbada, y cualquier crítica podría ser vista como un ataque a las tradiciones que ellos consideran intocables.

Este escenario plantea el peligro de una posible dictadura conservadora, apoyada por intereses políticos oportunistas, donde la censura y el castigo se aplicarían de manera desproporcionada contra aquellos que se atrevan a cuestionar la cultura y el sacrosanto posicionamiento asumido por los conservadores. Estos grupos, ante el silencio y la incertidumbre de gran parte de la sociedad, podrían arrogarse el derecho de hablar en nombre de todos, dictando lo que se puede o no se puede decir sobre las tradiciones culturales.

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La posibilidad de que estemos entrando en una nueva etapa de censura y represión contra los transgresores culturales es factible y con posibilidades de recrudecer, por los antecedentes del caso del tiktoker. Las leyes, al ser interpretadas por quienes detentan el poder social y político, pueden convertirse en herramientas peligrosas para silenciar cualquier disidencia. Más allá de los motivos frívolos del tiktoker, su caso sienta un precedente que podría instaurar el miedo a cuestionar lo sagrado, bajo la amenaza de cárcel, censura y marginación social. Este tipo de represión podría derivar fácilmente en una forma de «muerte civil», donde el castigo podría poco apoco ir allá de lo legal y restringir, vía censura y miedo al terrorismo judicial, la libertad individual y la diversidad de pensamiento.

El debate sobre la libertad de expresión y la protección de las tradiciones culturales tiene una complejidad que de por sí resulta problemático. Si bien es fundamental respetar y valorar el patrimonio cultural, también es crucial permitir un espacio para el cuestionamiento y la reflexión crítica. De lo contrario, se corre el riesgo de perpetuar injusticias históricas y de silenciar voces que buscan una sociedad más democrática, libre, inclusiva y justa.

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LA VULNERACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS EN BOLIVIA Y LA SOCAVACIÓN DEL ESTADO DE DERECHO POR LA CULTURA ACEPTADA Y PERMITIDA DE LOS BLOQUEOS DE CARRETERAS Y CAMINOS.

Por: Nulfo Yala

El bloqueo de carreteras, lejos de ser una herramienta legítima de protesta, se ha convertido en un símbolo de la dictadura de sectores sociales que priorizan sus intereses particulares sobre el bien común. Esta práctica no solo interrumpe el comercio y afecta la economía, sino que también restringe la libre circulación de las personas, viola el derecho a la salud, la educación y la seguridad, y genera un ambiente de violencia y desorden. El estado al permitir estos bloqueos, ya sea por omisión o por acción directa, da una señal clara de un sistema que prioriza la conveniencia política sobre la justicia y los derechos humanos.

El cierre de carreteras en Bolivia ha vulnerado y sigue vulnerando los derechos de los ciudadanos bolivianos. Esta medida, lejos de estar constituida como un derecho, se tipifica como un delito. Enfrentarse a tales acciones permite la implementación de acciones populares y penales, dirigidas a identificar y procesar a los autores materiales e intelectuales. Sin embargo, el problema se profundiza cuando, en nombre de una interpretación errónea de los derechos de protesta y el populismo político, se conculcan los derechos fundamentales de la libre locomoción de las personas.

Hace casi dos décadas, Evo Morales, líder del Movimiento al Socialismo (MAS), utilizó los bloqueos de caminos como una herramienta crucial para ascender al poder. Esta medida, sumada a la ineficacia de los gobiernos anteriores y el cansancio de la población ante los conflictos, facilitó que el MAS consolidara su dominio político en Bolivia. Sin embargo, las consecuencias de esta práctica han sido profundas y variadas, afectando gravemente los derechos humanos.

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Uno de los derechos más afectados ha sido el derecho a la libre circulación. Impedir el libre desplazamiento de las personas no solo afecta su capacidad para trabajar y estudiar, sino también para recibir atención médica y realizar otras actividades esenciales.

Además, los bloqueos han dado lugar a violencia y enfrentamientos. Las confrontaciones entre manifestantes, fuerzas de seguridad y otras personas afectadas han resultado en lesiones y, en algunos casos, muertes. La gravedad del asunto es palpable, con personas fallecidas en puntos de bloqueo o en terminales de autobuses sin que, hasta la fecha, se haya procesado a los responsables. Existe una alarmante impunidad en Bolivia, donde el proteccionismo estatal favorece la vulneración de derechos humanos con tal de mantener la popularidad política.

El derecho a la salud también ha sido severamente comprometido. Obstaculizar el tránsito impide que las personas lleguen a centros de salud, afectando tanto la atención de emergencia como los tratamientos continuos. La escasez de alimentos y agua, resultado de la interrupción del suministro de bienes esenciales, pone en riesgo la salud y la vida de la población, violando el derecho a la alimentación y al agua.

Asimismo, el derecho al trabajo se ve afectado cuando las personas no pueden llegar a sus lugares de empleo, derivando en pérdida de ingresos y empleo, lo que impacta directamente en su derecho a un sustento digno. La educación también sufre interrupciones, impidiendo que estudiantes y profesores lleguen a las instituciones educativas, afectando gravemente el derecho a la educación.

La inseguridad y violencia generada por los bloqueos crea un ambiente de conflicto y desorden, aumentando los riesgos de criminalidad y afectando el derecho a la seguridad. Las condiciones creadas por los bloqueos afectan en las personas, el derecho a una vida digna y segura. La destrucción o daño a propiedades públicas (véase el caso de las carreteras deterioradas por el constante movimiento de piedas y tierra con maquinarias pesadas) y privadas, consecuencia directa de los bloqueos, viola el derecho de las personas a la protección de sus bienes.

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Este permanente cierre de carreteras en Bolivia, más allá de las transgresiones a los derechos humanos, ha tenido profundas consecuencias económicas que han afectado gravemente la estabilidad y el desarrollo del país. Los bloqueos de caminos han interrumpido el comercio y el transporte, impactando el flujo de bienes y servicios. Esta interrupción no solo ha provocado una escasez de productos esenciales, sino que también ha resultado en un aumento de precios, exacerbando la inflación y afectando el poder adquisitivo de la población.

Las empresas, especialmente aquellas que dependen del transporte de mercancías, han enfrentado pérdidas significativas debido a la interrupción de sus cadenas de suministro. La incapacidad de mover productos de manera eficiente ha llevado a la pérdida de ingresos, afectando la viabilidad económica de muchas empresas. Además, las compañías se han visto obligadas a incurrir en mayores costos operativos al buscar rutas alternativas o gestionar la logística en un entorno incierto, aumentando sus gastos y reduciendo sus márgenes de beneficio.

La inestabilidad y la incertidumbre generadas por los bloqueos han tenido un efecto desalentador sobre la inversión. Tanto la inversión extranjera como la local se han visto afectadas, ya que los inversores son reacios a comprometer capital en un entorno económico impredecible y conflictivo. Esta reducción de la inversión tiene implicaciones a largo plazo para el desarrollo económico, limitando el crecimiento y la creación de empleo, y sumiendo y agravando la crisis económica en Bolivia, en la que lamentablemente, se encuentra el país actualmente.

El impacto en el turismo ha sido igualmente significativo. Las áreas afectadas por los bloqueos han experimentado una disminución en la llegada de turistas, privando a muchas comunidades de una fuente vital de ingresos. El turismo, que a menudo es un pilar económico en diversas regiones del país, ha sufrido debido a la percepción de inseguridad y la dificultad de acceso a destinos turísticos.

Esta medida de intransigencia es producto,  en muchos casos de la suerte de la dictadura de sectores sociales en Bolivia, a las que se ha acostumbrado con políticas permisivas de intolerancia por parte del gobierno, utilizando el bloqueo de carreteras como una herramienta para imponer intereses de grupo bajo la bandera de la democracia. En tiempos recientes, esta práctica ha alcanzado niveles absurdos, donde incluso empresas mineras privadas recurren a los bloqueos para exigir reivindicaciones particulares, perjudicando a la población que necesita movilizarse.

El estado boliviano ha mostrado un doble rasero alarmante en la judicialización de estas causas. Mientras que algunas acciones son perseguidas por conveniencia política, otras son ignoradas con una tolerancia que raya en la complicidad. Esta actitud no solo mina la credibilidad del sistema judicial, sino que también fomenta una cultura de impunidad en el estado Boliviano, dejando a la población en un estado de indefensión y vulnerabilidad.

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Esta política de conveniencia ha tenido un impacto devastador en la credibilidad internacional del país. La percepción de Bolivia en el escenario global ha sido erosionada, con observadores internacionales cuestionando la seriedad del gobierno en la protección de los derechos humanos y el mantenimiento del estado de derecho. La falta de acciones contundentes contra los bloqueos, independientemente de quienes los ejecuten, socava la confianza en las instituciones del país y en su capacidad para gobernar de manera justa y efectiva.

Además, la permisividad hacia los bloqueos ha encaminado a Bolivia hacia un estado fallido. El estado de derecho se ve gravemente afectado cuando las leyes se aplican de manera selectiva y las violaciones de los derechos humanos se toleran por cálculos políticos. La incapacidad o falta de voluntad para enfrentar y resolver estos problemas amenaza con desintegrar las estructuras básicas de gobernanza y orden social.

El bloqueo de carreteras, lejos de ser una herramienta legítima de protesta, se ha convertido en un símbolo de la dictadura de sectores sociales que priorizan sus intereses particulares sobre el bien común. Esta práctica no solo interrumpe el comercio y afecta la economía, sino que también restringe la libre circulación de las personas, viola el derecho a la salud, la educación y la seguridad, y genera un ambiente de violencia y desorden. La complicidad del estado en permitir estos bloqueos, ya sea por omisión o por acción directa, es una señal clara de un sistema que prioriza la conveniencia política sobre la justicia y los derechos humanos.

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EL PELIGRO DEL AVANCE DE LA ULTRADERECHA FASCISTA EN BOLIVIA

Por Nulfo Yala:

La posibilidad de que Bolivia caiga nuevamente en un régimen dictatorial es una amenaza real. La historia ha demostrado que tales regímenes suelen imponerse a costa de grandes sacrificios humanos, con derramamiento de sangre y la pérdida de libertades fundamentales. En cada golpe de estado, el pueblo boliviano ha mostrado su disposición a luchar por la democracia, pero también ha sufrido enormemente en el proceso. Esta resistencia, aunque heroica, destaca la urgencia de prevenir que se repita un escenario similar.

En estos últimos tiempos, la ultraderecha ha avanzado peligrosamente en América Latina, promoviendo ideologías basadas en el odio y la explotación brutal de los recursos naturales. Estas doctrinas, disfrazadas bajo la excusa de la generación de riqueza, en realidad benefician a una pequeña élite de ultraricos, dejando a la mayoría de la población en una situación precaria y vulnerable.

En varios países de la región, las políticas de la ultraderecha se han alineado estrechamente con los intereses del neoliberalismo, otorgando privilegios desmedidos a los grupos de poder económico. Un ejemplo emblemático de esta tendencia es Javier Milei en Argentina, quien no oculta su admiración y sometimiento a figuras como Elon Musk y políticos de ultraderecha como Jair Bolsonaro. Milei, conocido por su retórica incendiaria y su rechazo a las instituciones democráticas tradicionales, ha adoptado una postura que favorece a los ultraricos a expensas del bienestar general. Esta idolatría no es meramente simbólica; refleja una ideología que valora la acumulación de riqueza por encima de los derechos humanos y la justicia social. La benevolencia hacia los ultraricos se traduce en políticas fiscales regresivas, reducción de impuestos a las grandes empresas y la desregulación del mercado, profundizando la desigualdad y la pobreza.

Milei representa un caso extremo de subordinación a poderes imperiales como Estados Unidos. En su búsqueda de aprobación y legitimidad, ha mostrado una disposición a sacrificar la independencia y soberanía de su propio país, promoviendo políticas que podrían llevar a la destrucción del estado argentino. Su postura incondicional hacia los intereses estadounidenses y su falta de consideración por las necesidades nacionales ilustran un peligroso camino de dependencia y pérdida de autonomía.

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La influencia de la ultraderecha en América Latina también se manifiesta en la explotación de los recursos naturales. Bajo la justificación de impulsar el desarrollo económico, estos gobiernos permiten la extracción intensiva de minerales, petróleo y otros recursos, con poco o ningún respeto por las consecuencias ambientales y sociales. Este enfoque no solo enriquece a una minoría ya privilegiada, sino que también destruye ecosistemas y desplaza a comunidades indígenas y campesinas.

La retórica de odio promovida por la ultraderecha fomenta la división social y la discriminación. En varios países, se ha observado un aumento en los discursos xenófobos, racistas y misóginos, que buscan polarizar aún más a la sociedad. Este clima de hostilidad y exclusión no solo afecta a las minorías y los más vulnerables, sino que también erosiona la cohesión social y amenaza la estabilidad democrática.

En América Latina, el avance de la ultraderecha trae consigo una serie de características preocupantes que amplifican las desigualdades sociales y erosionan las bases democráticas. Los discursos de odio se han convertido en una herramienta central para estos movimientos, promoviendo un nacionalismo extremo que fomenta la xenofobia y el racismo. Esta retórica polarizadora no solo alimenta la división social, sino que también legitima la discriminación y la violencia contra grupos minoritarios y extranjeros.

Las políticas de migración restrictivas son una manifestación directa de estos discursos de odio. En varios países, principalmente europeos y cuando no Estados Unidos, se han implementado medidas draconianas para limitar la inmigración y deportar a inmigrantes, presentándolos como una amenaza a la seguridad y la identidad nacional. Estas políticas no solo deshumanizan a las personas que buscan un mejor futuro, sino que también ignoran las contribuciones positivas que los migrantes pueden hacer a las sociedades de acogida.

La privatización de servicios públicos es otra característica destacada de la agenda de la ultraderecha en la región. La venta de empresas y servicios públicos esenciales a empresas privadas, bajo el pretexto de mejorar la eficiencia y reducir costos, a menudo resulta en la exclusión de los más pobres. El acceso a servicios básicos como agua, electricidad, educación y salud se convierte en un privilegio para aquellos que pueden pagar, dejando a las comunidades más vulnerables en una situación de precariedad extrema.

La desregulación económica, promovida con la promesa de estimular el crecimiento y atraer inversiones, suele favorecer desproporcionadamente a las grandes corporaciones. La reducción de regulaciones que protegen los derechos laborales y el medio ambiente pone en riesgo a los trabajadores y degrada los recursos naturales, nuevamente sirva de ejemplo los descomunales despidos que viene realizado el régimen de Milei en Argentina. Este enfoque, centrado en maximizar las ganancias a corto plazo, ignora las consecuencias a largo plazo para la sociedad y el entorno.

La restricción de la libertad de prensa es una táctica común entre los gobiernos de ultraderecha para consolidar su poder. El acoso y cierre de medios de comunicación críticos al gobierno crean un ambiente de censura y miedo, donde la disidencia se suprime y la información se controla estrictamente. Esto no solo limita el derecho de los ciudadanos a estar informados, sino que también socava uno de los pilares fundamentales de una democracia saludable.

En Bolivia, el periodo de gobierno interino de Jeanine Áñez (2019-2020) sirve como un ejemplo claro del peligroso avance de la ultraderecha en América Latina. Durante este tiempo, se reportaron episodios de represión violenta de protestas, dirigidas especialmente contra comunidades indígenas y partidarios del Movimiento al Socialismo (MAS). Esta represión no solo exacerbó las tensiones sociales, sino que también evidenció un uso desproporcionado de la fuerza por parte del Estado, que contó inclusive con la legalización de la represión desde el ejecutivo.

El nacionalismo y el racismo fueron elementos recurrentes en los discursos y políticas de este periodo. Acusaciones de racismo y discriminación hacia la población indígena surgieron con frecuencia, reflejando una visión excluyente y elitista que se aleja de los principios de igualdad y justicia social. Estos discursos no solo marginaron a una gran parte de la población, sino que también fomentaron un clima de división y hostilidad.

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En el ámbito económico, se observaron intentos de revertir las nacionalizaciones y políticas de redistribución implementadas durante los gobiernos de Evo Morales. Estas medidas buscaron desmantelar los avances en justicia social y equidad económica, favoreciendo nuevamente a los sectores más privilegiados y dejando a los más vulnerables en una situación aún más precaria.

El escenario actual en Bolivia es igualmente preocupante, con discursos de odio irreconciliables provenientes de grupos de ultraderecha. Estos grupos, muchas veces disfrazados sutilmente como de centro derecha, derecha moderada o incluso centro izquierda, utilizan la retórica del odio para incitar a la crisis política y la polarización. Las declaraciones de los voceros políticos de estos partidos o agrupaciones, incluyendo segmentos del partido MAS liderado por Evo Morales, contribuyen a un clima de odio y descontento.

La infiltración de estos grupos en comités cívicos, que se han convertido en instrumentos políticos para desestabilizar el gobierno democrático, es una estrategia alarmante. Estos comités, que en teoría deberían ser espacios de participación ciudadana y defensa de los derechos cívicos, han sido instrumentalizados, por caudillos aventureros fascistas (recuérdese a Camacho en Santa Cruz) para fomentar la polarización política, organizar revueltas populares e incluso incitar al descontento militar. La organización de grupos paramilitares, como se vio en el golpe de estado de 2019, es un claro indicio de la gravedad de la situación.

La ultraderecha en Bolivia obtiene financiamiento de sectores empresariales y posiblemente apoyo externo, lo que le permite establecer planes logísticos para tomar el control de puntos estratégicos en el país. Medios de comunicación, sedes gubernamentales y centros de transporte son objetivos clave en esta estrategia de poder, que busca consolidar su influencia y neutralizar la oposición.

Las consecuencias sociales de este avance son profundas. La violencia y represión resultantes de esta polarización pueden llevar a violaciones masivas de derechos humanos, con abusos generalizados contra la población civil. La sociedad se encuentra cada vez más dividida, con conflictos constantes que dificultan cualquier intento de reconciliación y progreso.

En el ámbito económico, la inestabilidad política y la represión desincentivan la inversión, lo que puede desencadenar una crisis económica, como viene precisamente sucediendo a partir del último fallido golpe de estado del 26 de junio del 2024. La incertidumbre generada disminuyó la confianza en las instituciones y en la capacidad económica del país, erosionando la confianza de los cuidadanos.

En el panorama actual, la ultraderecha fascista ha demostrado una notable evolución, adaptando sus estrategias para utilizar la democracia como un medio para tomar el poder y desplegar su tecnología política autoritaria. Estos movimientos han sofisticado sus métodos, instalando en la mente de sus seguidores la idea de que son la única solución viable, frente a la supuesta catástrofe generada por el gobierno, para mejorar las condiciones de vida de un país. Mediante una combinación de retórica persuasiva y muchas veces a partir de doctrinas ultranacionalistas, buscan convencer a las masas de que están salvando a la patria de amenazas percibidas como el socialismo o el comunismo. Este enfoque es frecuentemente ejemplificado en los discursos de figuras como Javier Milei, quien constantemente alude a la necesidad de combatir estas ideologías para proteger a su país.

Bolivia se encuentra en una situación particularmente delicada, habiendo recientemente emergido de un intento fallido de golpe de estado. Los patrones observados en este contexto reflejan muchos de los aspectos previamente analizados, como la represión violenta, el nacionalismo excluyente y los discursos de odio. Sin embargo, lo más alarmante es que este proceso de desestabilización aún no ha concluido. El golpe de estado continúa su curso, habiendo transitado a manos de actores cívicos y políticos de oposición que intensifican sus ataques para rearticularse y resucitar el descontento dentro de las fuerzas armadas y policiales. Estos actores buscan, como en el pasado, provocar un golpe final que les permita imponer hacerse del poder, en contubernio con las fuerzas militares, policiales, cívicas y partidos o agrupaciones políticas.

La historia de Bolivia está marcada por una serie de golpes de estado, una realidad que ha dejado profundas cicatrices en su tejido social y político. El riesgo actual es que este ciclo de inestabilidad se repita, con consecuencias devastadoras para la democracia y la paz social. Las tácticas de la ultraderecha fascista, que incluyen el uso de propaganda sofisticada y la manipulación de la opinión pública, buscan crear un clima de miedo y desconfianza, presentándose como los salvadores frente a un enemigo que debe ser destruido, llámese “izquierdosos” por Milei o Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia.

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En este contexto, los discursos nacionalistas se utilizan para polarizar a la población, dividiéndola entre patriotas y traidores, y justificando medidas autoritarias bajo el pretexto de proteger la nación. Esta narrativa no solo erosiona la cohesión social, sino que también socava las bases mismas de la democracia, fomentando un ambiente de violencia y represión. Los seguidores de estos movimientos, convencidos de estar luchando por una causa justa, a menudo participan en actos de violencia y discriminación, agravando aún más la situación.

La posibilidad de que Bolivia caiga nuevamente en un régimen dictatorial es una amenaza real. La historia ha demostrado que tales regímenes suelen imponerse a costa de grandes sacrificios humanos, con derramamiento de sangre y la pérdida de libertades fundamentales. En cada golpe de estado, el pueblo boliviano ha mostrado su disposición a luchar por la democracia, pero también ha sufrido enormemente en el proceso. Esta resistencia, aunque heroica, destaca la urgencia de prevenir que se repita un escenario similar.

Bajo este escenario es imperativo y crucial que se fortalezcan las instituciones democráticas. Solo a través de un compromiso genuino con los valores democráticos y la justicia social se puede contrarrestar el avance de la ultraderecha fascista y evitar que Bolivia vuelva a caer en un ciclo de violencia y represión. La historia reciente y pasada del país subraya la importancia de esta lucha, recordándonos que la democracia no debe darse por sentada y que su defensa requiere de un esfuerzo constante y decidido por parte de todos los sectores y actores de la sociedad.

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OTRA VEZ LOS MILITARES. REFLEXIONES ACERCA DEL FALLIDO INTENTO DE GOLPE DE ESTADO MILITAR EN BOLIVIA

Por: Nulfo Yala

La corrupción y las ambiciones de poder entre los altos mandos militares constituyen una amenaza permanente para el orden democrático. En cualquier momento, si las circunstancias lo permiten, podrían resurgir regímenes cruentos y violentos, como los de antaño. La historia de Bolivia está marcada por la intervención militar directa, con dictadores militares que han asumido el poder, o indirectamente, apoyando a grupos de poder cívicos fascistas y fuerzas geopolíticas imperiales externas. El golpe de estado de 2019 es un claro ejemplo de cómo estas fuerzas pueden desestabilizar la democracia y causar un sufrimiento considerable a la población.

El miércoles por la tarde del fatídico 26 de junio del 2024, fecha que quedará grabada en la historia de Bolivia, la calma habitual de la principal plaza política del país se vio rota por un despliegue militar inesperado. Juan José Zúñiga, quien hasta la noche anterior ostentaba el cargo de comandante general del ejército, lideraba la intentona golpista. Este acto de sublevación no solo conmocionó a la nación, sino que también evidenció las profundas tensiones y desconfianzas que subyacen en la relación entre el gobierno y las fuerzas armadas.

Todo comenzó con unas declaraciones televisivas de Zúñiga, en las que afirmaba que Evo Morales no debía volver a ser presidente y sugería que los militares se asegurarían de que así fuera. Estas palabras provocaron su inmediata destitución por el presidente Luis Arce, un movimiento que cambió radicalmente la dinámica de confianza que hasta entonces había prevalecido entre ambos. Zúñiga, que había sido el hombre de mayor confianza de Arce dentro de las Fuerzas Armadas, se convirtió de la noche a la mañana en su mayor adversario.

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A las tres de la tarde del día siguiente, Zúñiga apareció en la plaza acompañado de los jefes de la marina y la fuerza aérea, junto con decenas de soldados. La Casa Grande del Pueblo, que alberga tanto el palacio presidencial como importantes oficinas gubernamentales, se encontraba bajo un inusual asedio. Arce, junto a su ministra de la Presidencia, María Nela Prada, observaban desde el interior con incredulidad cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Con determinación, el presidente, vestido con una chaqueta negra acolchada y gafas, se dirigió hacia la plaza. A su lado, Prada intentaba mantener la calma mientras la tensión aumentaba. Rodeados por una multitud de policías militares, se acercaron a Zúñiga, que vestía su uniforme verde y un chaleco de camuflaje resistente a las balas.

“¡Éste es su capitán!” gritó Prada, señalando a Arce. La respuesta de los partidarios de Zúñiga no se hizo esperar. “No podemos retroceder”, exclamó uno de ellos. Arce, en un intento por reestablecer el orden, ordenó al general que se retirara. La negativa de Zúñiga fue rotunda.

En ese momento crítico, el jefe de las fuerzas aéreas, reconsiderando su posición, decidió retirar su apoyo al golpe. La policía también se negó a unirse a los insurgentes, y el nuevo comandante general del ejército ordenó la retirada de tanques y soldados. La tensión comenzaba a disiparse, pero no sin dejar una estela de violencia. Al menos doce personas resultaron heridas por armas de fuego durante la refriega, y diecisiete, incluido Zúñiga, fueron detenidas. En total, unos doscientos militares participaron en este intento de golpe.

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La historia de Bolivia está marcada por una serie de golpes de estado, y el de 2019 todavía resuena dolorosamente en la memoria colectiva. En aquella ocasión, los militares traicionaron al gobierno, lo que resultó en una ruptura del orden constitucional y en la trágica muerte de más de treinta personas en Sacaba y Senkata, víctimas de la represión militar. Este reciente intento de golpe subraya una lección que el gobierno parece no terminar de aprender: no se puede confiar plenamente en los militares. La sombra de la deslealtad y la intervención armada sigue acechando, recordándole al país las heridas aún abiertas de su pasado reciente.

La ingenuidad y ambición política de los gobernantes en Bolivia los llevan a buscar alianzas con cuadros aparentemente leales del ejército para mantener la gobernabilidad. Sin embargo, estas alianzas a menudo terminan en traición, como se evidenció en el último intento de golpe de estado. A pesar de esta peligrosa tendencia, el gobierno continúa con políticas que buscan armar más al ejército y otorgarle privilegios significativos, como la jubilación con un sueldo del 100% y otros beneficios. Estas políticas representan un alto costo para la distribución de recursos del estado, destinados a la manutención de las fuerzas armadas.

La corrupción y las ambiciones de poder entre los altos mandos militares constituyen una amenaza permanente para el orden democrático. En cualquier momento, si las circunstancias lo permiten, podrían resurgir regímenes cruentos y violentos, como los de antaño. La historia de Bolivia está marcada por la intervención militar directa, con dictadores militares que han asumido el poder, o indirectamente, apoyando a grupos de poder cívicos fascistas y fuerzas geopolíticas imperiales externas. El golpe de estado de 2019 es un claro ejemplo de cómo estas fuerzas pueden desestabilizar la democracia y causar un sufrimiento considerable a la población.

Frente a esta realidad, se plantea la necesidad de un amplio debate dentro del estado boliviano sobre el papel efectivo que deben cumplir las fuerzas armadas en el país. Este debate debe ser profundo y considerar la pertinencia de los altos gastos destinados a las fuerzas armadas, comparándolos con lo que realmente aportan al país, especialmente en el contexto del siglo XXI. La intervención política de los militares ha provocado cruentos golpes de estado, como el de 2019, que interrumpió un largo período democrático, y el reciente intento fallido del 26 de junio de 2024, que dejó varios heridos y desató una crisis social y económica.

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Este debate debería también considerar experiencias de otros países que han reducido o incluso prescindido de fuerzas armadas, como es el caso de Costa Rica, que desde hace más de 75 años no cuenta con un ejército. Analizar modelos alternativos podría ofrecer soluciones viables para Bolivia, minimizando la influencia militar en la política y promoviendo una distribución más equitativa de los recursos del estado.

El reciente intento de golpe de estado reveló las verdaderas intenciones de muchos políticos. Estos individuos, movidos por el oportunismo, guardaron un silencio estratégico durante los momentos más críticos y, una vez que el golpe fracasó, utilizaron su veneno para minimizar los hechos. Calificaron lo ocurrido como un autogolpe, burlándose y despreciando el valor de los ciudadanos que enfrentaron a militares armados hasta los dientes. Estos valientes bolivianos alzaron sus voces, exigieron que los militares abandonaran el golpe y regresaran a sus cuarteles. Sin embargo, la reacción de ciertos políticos dejó en evidencia su peligrosa y nociva influencia en la Asamblea Legislativa, donde se encuentran al mando de uno de los poderes del estado.

El cobarde silencio de estos políticos durante las horas cruentas que vivió el pueblo boliviano no pasó desapercibido. Aunque afortunadamente no hubo muertes, la memoria colectiva guarda el recuerdo de aquellos que, con su indiferencia, demostraron que no les importaría ver la democracia destruida o el país bajo una nueva dictadura militar, siempre y cuando sus enemigos políticos fueran aniquilados. Están dispuestos a sacrificar al pueblo con tal de consumar su profundo odio hacia sus adversarios.

Este intento de golpe también sacó a la luz a los fascistas ocultos en la sociedad. Vecinos, compañeros de trabajo, amigos en grupos de WhatsApp, e incluso algunos familiares, no dudaron en mostrar su enfermiza alegría al vitorear al ejército por intentar derrocar al gobierno. Un odio profundo y sordo emergió en este trágico evento, evidenciando una división social que va más allá de la política.

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La realidad del país se presenta como una crisis de odio, corrupción, inestabilidad y vulnerabilidad. Las armas están cargadas, listas para ser usadas por malos militares en cualquier momento propicio. En una próxima oportunidad, que se espera no llegue, estos actores podrían lograr consumar un golpe de estado mortal, silenciando a aquellos que se oponen al fascismo. Este peligro no es lejano ni abstracto; está más cerca de lo que se cree y sigue creciendo, amenazando con desestabilizar la nación y acallar las voces de quienes defienden la democracia.

La necesidad de redefinir el papel de las fuerzas armadas en Bolivia es urgente. El país no puede permitirse seguir invirtiendo en un sector que, históricamente, ha demostrado ser una fuente de inestabilidad y traición. La lección que se debe aprender es clara: la confianza ciega en los militares es un error que el país no puede seguir cometiendo. Es imperativo buscar nuevas formas de garantizar la seguridad nacional sin sacrificar la democracia ni los recursos destinados al desarrollo social y económico.

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A LAS PUERTAS DE UNA NUEVA GUERRA MUNDIAL: PERSPECTIVAS EN EL CONFLICTO OTAN-UCRANIA Y RUSIA

Por: Nulfo Yala

En medio de este panorama desolador, la voz de la razón y la cordura parece ahogarse en el estruendo de los tambores de guerra. La opinión pública en Europa y el resto del mundo clama por la paz y la negociación, pero los poderes que manejan las palancas del poder militar parecen sordos a estas súplicas. La carrera armamentista y las demostraciones de fuerza son el nuevo lenguaje diplomático, mientras el mundo observa con temor y desesperación, consciente de que cada paso en falso puede precipitar un abismo del cual no hay retorno.

El conflicto entre Rusia y Ucrania ha escalado a un punto crítico, un punto de no retorno que pone en vilo y temor a millones alrededor del globo. Las sombras de antiguas rivalidades y ambiciones geopolíticas se proyectan ominosamente sobre el escenario internacional.

Desde las capitales occidentales, las voces de la OTAN y Estados Unidos resuenan con una retórica de defensa de los valores democráticos y la libertad, mientras buscan mantener su hegemonía en un mundo que cada vez más desafía el orden unipolar que han tratado de establecer. Ambiciones imperiales, disfrazadas de altruismo y justicia global, se mezclan con estrategias políticas y militares que amenazan con arrastrar al mundo hacia una espiral de confrontación y sufrimiento humano.

Sin embargo, detrás de las máscaras de la retórica y las justificaciones geopolíticas, yace la cruda realidad de la historia: ningún imperialismo es benigno. La historia nos ha enseñado, repetidamente, que el poder concentrado en manos de unas pocas naciones o alianzas casi siempre se traduce en opresión, injusticia y sufrimiento para aquellos que se encuentran en la periferia de ese poder.

Es crucial considerar que la desconcentración del poder podría ser un paso hacia un mundo más equitativo y pacífico. Mientras las hegemonías pierden su agarre y la multipolaridad emerge como una posibilidad tangible, existe la esperanza de que ningún bloque de naciones pueda imponer su voluntad sobre otros sin consecuencias significativas. La historia nos recuerda que los imperios, por su propia naturaleza, han explotado y subyugado en nombre de intereses egoístas disfrazados de civilización y progreso.

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No es difícil ver cómo el poder, cuando se ejerce sin límites ni escrúpulos, puede desencadenar el peor lado de la humanidad. Estados Unidos, una potencia mundial indiscutible, ha dejado un rastro de intervenciones y conflictos que manchan su historia. Desde las devastadoras bombas nucleares lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki hasta el respaldo a regímenes autoritarios y golpes de estado alrededor del mundo, su papel en la escena internacional ha sido cuestionado y temido por muchos.

El reciente genocidio en Gaza, perpetrado por Israel con el apoyo implícito de Estados Unidos, es otro capítulo oscuro en este relato de poder y hegemonía. La justificación de intereses estratégicos y geopolíticos parece prevalecer sobre los principios éticos más básicos, mientras la voz de los oprimidos se pierde entre las explosiones y los gritos de dolor.

Lo que intensifica aún más esta narrativa son las nuevas potencias y sus ansias por afirmarse en el escenario mundial. Rusia, con su arsenal nuclear y una historia de resistencia demostrada en la segunda guerra mundial, por ejemplo, no duda en recordar al mundo su capacidad de respuesta ante cualquier amenaza percibida. El conflicto en Ucrania, alimentado por las ambiciones de la OTAN y Estados Unidos, es un recordatorio vívido de cómo los juegos de poder y las estrategias geopolíticas pueden llevar a naciones enteras al borde del desastre.

Ucrania, en medio de esta tormenta, se convierte en un peón en el tablero de la política global. Seducida por promesas de apoyo militar y la perspectiva de una integración europea, su gobierno antes de buscar una negociación realista, se aventuró bajo las promesas de la OTAN a intensificar el conflicto militar con Rusia, creyendo quizás ingenuamente en la posibilidad de una victoria y en una entrada triunfal en la OTAN. La realidad, sin embargo, ha sido brutal y dolorosa, dejando a su pueblo atrapado entre las garras de dos gigantes que luchan por el control y la influencia en una región estratégica.

El telón de fondo de la política global se tiñe cada vez más con los colores sombríos de la guerra y la confrontación. Ucrania, una nación en la encrucijada entre el este y el oeste, se convierte en el epicentro de tensiones que podrían desencadenar consecuencias catastróficas a escala mundial. Desde la caída de la Unión Soviética, el acercamiento de Ucrania a la OTAN ha sido visto como un movimiento estratégico para debilitar la influencia rusa y consolidar el dominio occidental en el tablero geopolítico del siglo XXI.

Sin embargo, detrás de las estrategias y alianzas, se despliega una tragedia humana desgarradora. Las vidas perdidas, tanto de ucranianos como de rusos, en los conflictos armados son cifras frías que no capturan el verdadero costo del sufrimiento humano. Lo que comenzó como un cálculo político ha mutado en una espiral fuera de control, donde los actores globales se aferran a sus agendas con una determinación ciega, ignorando las advertencias de un posible desastre nuclear.

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Rusia, con su búsqueda de alianzas en un mundo que ansía la multipolaridad, añade combustible al fuego de la incertidumbre y la preparación para una guerra de consecuencias impensables. El escenario apocalíptico de una guerra mundial nuclear se cierne sobre nosotros, mientras los líderes europeos y estadounidenses parecen encaminarse hacia un precipicio sin retorno. La retórica belicosa alimenta la maquinaria de la guerra, creando una dinámica donde la subestimación y la sobreestimación de capacidades pueden desencadenar el holocausto final que borrará la civilización tal como la conocemos.

En medio de este panorama desolador, la voz de la razón y la cordura parece ahogarse en el estruendo de los tambores de guerra. La opinión pública en Europa y el resto del mundo clama por la paz y la negociación, pero los poderes que manejan las palancas del poder militar parecen sordos a estas súplicas. La carrera armamentista y las demostraciones de fuerza son el nuevo lenguaje diplomático, mientras el mundo observa con temor y desesperación, consciente de que cada paso en falso puede precipitar un abismo del cual no hay retorno.

Nos encontramos en un momento crucial de la historia contemporánea, donde la sombra de una guerra catastrófica se cierne ominosamente sobre el mundo. La escalada de tensiones entre la OTAN y Rusia ha llegado a un punto crítico, donde la amenaza de un conflicto directo y el uso de armas nucleares ya no son meras especulaciones, sino una realidad palpable que podría llevar a la aniquilación de poblaciones enteras en cuestión de minutos.

La urgencia de una negociación realista y efectiva se hace cada vez más evidente. Sin embargo, los esfuerzos por encontrar una salida pacífica han sido obstaculizados por intereses geopolíticos y la falta de voluntad para comprometerse en un diálogo verdaderamente constructivo. En abril de 2022, un acuerdo entre Rusia y Ucrania estuvo al borde de la concreción, pero fue frustrado por la interferencia de potencias externas que buscaban imponer sus condiciones sin considerar las preocupaciones legítimas de ambas partes.

En la actualidad, las demandas han evolucionado y se han vuelto aún más complicadas. El continuo suministro de armas por parte de la OTAN y Estados Unidos solo han exacerbado las tensiones, subestimando la determinación de Rusia de proteger sus intereses vitales y su propia soberanía. Las palabras recientes de Putin reflejan una advertencia clara de que Rusia no se retirará ante la presión externa, sino que está dispuesta a llevar el conflicto hasta sus últimas consecuencias.

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En este contexto, la estrategia de la OTAN de buscar la rendición de Rusia es no solo irracional, sino extremadamente peligrosa. Si detrás de esta postura hay una intención de desgastar a Rusia antes de un enfrentamiento directo, el riesgo de una respuesta asimétrica por parte de Rusia es inminente. Esto podría desencadenar un ciclo de destrucción mutua total, un escenario apocalíptico del cual la humanidad estaría condenada a la aniquilación.

Es imperativo que los líderes mundiales actúen con sensatez, sentido común y responsabilidad hacia sus propios pueblos y hacia el mundo en general. La desescalada y la búsqueda de soluciones diplomáticas realistas son la única vía para evitar una catástrofe de proporciones globales. El orden mundial está cambiando y la redistribución del poder es una realidad innegable que debe ser aceptada y gestionada de manera equitativa.

Si aún existe algún tipo de racionalidad, sentido común y responsabilidad para con sus mismos pueblos, urge la desescalada y la negociación diplomática, reconociendo que el mundo ha cambiado. La realidad evidencia que existen otras potencias emergentes, el poder debe redistribuirse como es natural. Y entender que a veces se debe perder para ganar. Es hora de que la diplomacia prevalezca sobre la retórica belicista y que los líderes demuestren su capacidad para resolver conflictos de manera pacífica y constructiva. El futuro de la humanidad depende de las decisiones que se tomen hoy y de la voluntad de todos los actores involucrados de priorizar la vida y la paz por encima de cualquier otra consideración.

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LA SOMBRA DE MORALES: CÓMO LA AMBICIÓN DESMEDIDA SOCAVA LA LUCHA DE LA IZQUIERDA Y FACILITA EL ASCENSO DE LA DERECHA FASCISTA EN BOLIVIA

Por Nulfo Yala

Hoy, la ambición desmedida de Morales continúa siendo una amenaza para Bolivia. En su afán por recuperar el poder, ha adoptado una postura que busca debilitar el gobierno de Luis Arce, democráticamente elegido. Morales, en su ingenuidad o tal vez en su arrogancia, cree que puede volver al poder como el salvador del país. Sin embargo, la realidad es que su figura se ha convertido en nefasta en la memoria del pueblo boliviano.

La figura de Evo Morales ha sido una presencia dominante en la política boliviana, reflejando características típicas de un caudillo con una sed insaciable de poder. Su carrera y su conducta política sugieren que su ambición por el poder es una fuerza interna que lo impulsa de manera irresistible hacia la presidencia vitalicia de Bolivia. Se percibe a sí mismo como el único capaz de guiar el destino del país, un destino que ha estado marcado históricamente por el caudillismo y la explotación inhumana.

La resistencia de Morales a abandonar el poder, a pesar del rechazo explícito de la población a la reelección indefinida en el referéndum de 2016, es una clara manifestación de su megalomanía. Este evento electoral, que debía ser un proceso democrático transparente, se vio obstaculizado por las maniobras de Morales, quien no aceptó el NO rotundo de los bolivianos. Desde entonces, la ley prohíbe la reelección indefinida, pero a Morales, como a muchos con tendencias dictadoras, no le importa la decisión popular. Su deseo de ser reelegido es inamovible, una muestra de su síndrome de hubris, esa arrogancia y confianza excesiva que a menudo acompaña a los líderes con poder absoluto.

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El resultado del referéndum le importó y le importa muy poco; lo que cuenta es su voluntad de seguir jugando con el poder, incluso si eso significa ignorar las normas constitucionales y los deseos del pueblo. Esta actitud encierra una clara muestra de narcisismo, un rasgo que se entrelaza con su megalomanía, donde su visión grandiosa de sí mismo eclipsa la realidad y las necesidades del país.

El empeño de Morales por mantenerse en el poder ha generado violencia y caos, no solo en el ámbito político, sino también en su propio partido, el Movimiento al Socialismo (MAS). La destrucción del MAS, que alguna vez fue un movimiento robusto que aparentemente luchaba por las causas de los marginados, es un precio que Morales parece dispuesto a pagar. En su afán de mantener el control, no le importa destrozar la causa y a la gente por la que supuestamente luchó, lo que evidencia un egoísmo extremo.

El mito del hombre bueno, indígena y campesino, que Morales personificó, ha sido desmontado por sus acciones. Su procedencia no lo exime de los males universales como el egoísmo, la maldad y el deseo desenfrenado de poder. Morales ha demostrado que, independientemente de sus orígenes, los seres humanos son igualmente capaces de grandes virtudes y grandes defectos. En su caso, su ambición desmedida ha puesto en peligro no solo su legado, sino también la estabilidad y el futuro de Bolivia.

La figura de Evo Morales, una vez emblemática en la lucha de la izquierda y las clases humildes en Bolivia, se ha transformado en una sombra oscura que amenaza con hundir esas mismas causas que alguna vez defendió. La ansia desmedida de poder de Morales ha debilitado y socavado las bases de la histórica lucha de la izquierda, permitiendo el ascenso de la derecha fascista encabezada por Luis Fernando Camacho y sus alianzas político-militares, policiales y empresariales. Este proceso culminó en el golpe de estado de 2019, un golpe que no solo derrocó a Morales, sino que fracturó profundamente el tejido social y político de Bolivia.

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El golpe de estado de 2019, facilitado por el desgaste político y la polarización generada durante el mandato de Morales, marcó un punto de inflexión en la historia reciente de Bolivia. La derecha fascista, con Camacho a la cabeza, aprovechó la oportunidad creada por la insistencia de Morales en mantenerse en el poder a toda costa. La alianza entre sectores militares, policiales, mineros y las clases económicas pudientes fue crucial para consumar el golpe. Este escenario fue, en gran medida, una consecuencia directa de la obstinación de Morales en perpetuar su gobierno, incluso después de la clara decisión popular en el referéndum de 2016 que rechazaba la reelección indefinida.

Hoy, la ambición desmedida de Morales continúa siendo una amenaza para Bolivia. En su afán por recuperar el poder, ha adoptado una postura que busca debilitar el gobierno de Luis Arce, democráticamente elegido. Morales, en su ingenuidad o tal vez en su arrogancia, cree que puede volver al poder como el salvador del país. Sin embargo, la realidad es que su figura se ha convertido en nefasta en la memoria del pueblo boliviano. Su cobardía al huir del país en un momento crítico, cuando se necesitaba valor para defender la democracia, ha dejado una mancha indeleble en su legado.

La actitud de Morales no solo revela su enfermiza necesidad de poder, sino también su disposición a destruir su propio país para satisfacer sus ambiciones personales. Sus seguidores, igualmente cegados por la sed de poder, no dudan en hacer alianzas incluso con aquellos que propiciaron el golpe de estado en 2019. En este proceso, han pisoteado la memoria de los verdaderos mártires que ofrecieron sus vidas en Sacaba y Senkata, luchando por una democracia que se perdió debido a la falta de liderazgo y valor de Morales.

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El impacto de las acciones de Morales no se limita a la esfera política; ha erosionado la confianza de la población en las instituciones democráticas y ha fragmentado el movimiento de izquierda. La histórica lucha de las clases humildes y de la izquierda, que una vez tuvo un fuerte bastión en el MAS, se ve ahora comprometida por las divisiones internas y la falta de una dirección clara y unida.

Evo Morales, en su búsqueda insaciable de poder, ha dejado de ser el líder visionario que alguna vez fue. Su legado ahora está marcado por la traición a los ideales que decía defender y por el daño irreparable que ha causado a su propio movimiento y a la nación boliviana. En lugar de ser recordado como el lider de los oprimidos, Morales se ha convertido en un símbolo de la corrupción del poder y de cómo la megalomanía puede destruir las causas más nobles. La lucha por la justicia social y la equidad en Bolivia ha sido profundamente debilitada, y la sombra de la derecha fascista que resurgió gracias a los errores de Morales continúa amenazando el futuro del país.

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